¿Quién le teme a Raúl Ruiz?

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Mario Valdovinos recuerda a Raúl Ruiz, rescatando su postura ética y estética como artista visual, un chileno de película, un creador universal y desmesurado. Se calculan en más de 120 sus películas filmadas. Difundir su obra es un desafío nacional, frente al cual Mario se pregunta:  

¿Quién le teme a Raúl Ruiz?

Fotografía: www.nytimes.com

A la hora de la ética de un artista, la tentativa de Raúl Ruiz, desmesurada por donde se le mire, es inobjetable: un hombres consagrado en cuerpo y alma a la pasión del cine; al momento de la estética (otra forma de ética), Ruiz resulta polémico. Sus ideas, aplicadas sistemáticamente en sus copiosos filmes, van desde la abolición de la teoría del conflicto central, de origen aristotélico, a la ruptura de la linealidad de las historias, reemplazándola por la simultaneidad y, en definitiva, por la postulación de  un cine chamánico, de complejo entendimiento, una fusión de cine de poesía, onirismo, rituales y poética utópica. Ruiz ironizó siempre sobre la progresión del relato y sobre la historia única, también en torno a la actuación  emocional, en suma, descreyó de todos los estereotipos que ha impuesto la industria no sólo hollywoodense y se mantuvo con tenacidad montado en su caballo Clavileño, el de los sueños y los desvaríos que registró con su cámara como un obseso. La casa de Ruiz tenía puertas y ventanas, pero no era fácil ingresar a ella, pues en su interior vivía un niño y después un hombre que siguió anclado en la infancia, ensismismado y con una energía compulsiva por proyectar historias e imágenes.

Un cineasta así, único, tiene su lugar en el panteón de los artistas heroicos, pero no queda claro si un sitio en el corazón de los cinéfilos. Como Godard prefirió filmar a destajo y ocupar cualquier formato y alternativa de producción en vez de caer en  depresiones al no poder iniciar o terminar proyectos que abortaban por algún lado, productores, actores disidentes, obstáculos del mercado y de la distribución. Tal fue el dramático caso de Welles y de Kurosawa, no el de Ruiz.

Fotografía: www.prensa.ucv.cl (docencia en la UCV entre 1966 y 1972)

El artista genial es quien llega a todos, desde el erudito al ignaro, pasando por el vanguardista y el iconoclasta, cada cual encuentra una brecha por donde acceder a la órbita del cineasta  e  integrarse a ella. No es el caso de Ruiz, su cine, con frecuencia, genera la culpa de no entenderlo, de dormirse, de aburrirse, de no estar a la altura de los signos (des)ordenados en la pantalla por el creador, que parece querer despistarlo y desafiarlo a un juego de acertijos  que exige demasiados conocimientos, contextos, referencias, guiños, chistes, gags, lecturas. La emoción, y el cine es un arte masivo y  emocional, queda de lado. Cuando leemos una novela que desafía la ley de gravedad y se va al suelo con el lector adormecido, ese relato se olvida a menudo, el entretenimiento y la amenidad no son fines en sí mismos, pero sí espléndidos medios para acceder a la captura y la seducción del lector/espectador.

Cortázar/Ruiz.

El único personaje que me interesa es el lector, señaló Cortázar en Rayuela, a través de su alter ego, el escritor Morelli, y Ruiz, ante la reiterada opinión de que sus filmes los espectadores no los entendían, expresó con ironía e ingenio: Deben persistir en no entenderlos. Así, sus torrenciales filmes, algunos hechos con el prisma de lo inacabado y lo fragmentario, no sólo en su desenlace sino en su comienzo, como episodios de un todo mayor que de un filme a otro parecía escapársele, quedaban confinados a etiquetas paralizantes, sin que hubiera mala intención en adjudicárselas: Experimentales, vanguardistas, aun surrealistas y oníricos, cine arte. ¿Por qué no hace una película normal? ¿Por qué no se ciñe a una historia y se disgrega en varias sin definir ninguna?, eran preguntas constantes.

He visto cerca de veinte. Hay en ellas secuencias hipnóticas,  puesta en cámara, dirección de arte, forma de encuadrar y componer la imagen, pictórica y personal, incomparables; iluminación deslumbrante,  humor que toma la seriedad para la risa y la risa con seriedad, espectros tenaces que vuelven sin cesar, la figura de Joaquín Edwards Bello, los marineros vivos/muertos, los fantasmas que habitan las sentinas de los buques de carga y una historia, o un sinnúmero de historias, imbricadas, enmarcadas, facilitadoras de otras múltiples. La nostalgia del niño que fue, tal vez la recuperación de un país del que se exilió

Fotografía: www.cinechile.cl

Asombran aún Tres Tristes Tigres, Las Tres coronas del marinero, La vocación suspendida, La hipótesis del cuadro robado, la audacia para enfrentar el último volumen de la saga de Proust, El tiempo recobrado, ¡nada menos que en Francia¡, Días de campo, La noche de enfrente, junto a  decenas de obras herméticas, cansadoras, reiterativas, cuando era deseable el silencio de filmar, el privilegio que alcanzan algunos escritores de quedarse callados, la alegría de enmudecer. Nada, Ruiz, seguía barroco, desmesurado, torrencial, como Lope de Vega, como Víctor Hugo, como Picasso. La economía no era su fuerte,  ni la síntesis, tampoco la contención.

La etapa chilena, la etapa europea y el regreso a Chile.

Tras varios cortos y largometrajes iniciáticos, su etapa chilena, que dura hasta la hora de su exilio, en 1973, dejó una huella de imágenes que ahondaban en lo que se daba en llamar el cine de indagación antropológica, siempre de autor y ajustado a cánones de producción alternativos. Ahí están Tres Tristes Tigres, La expropiación, Palomita blanca, La colonia penal, Nadie dijo nada, El realismo socialista. Pero el grueso de su obra fue desarrollado en Europa, Holanda, Portugal, Francia, y cuanto espacio ofreciera ventajas para filmar. A lo lejos se integraba a la gran producción y a la industria, participaba en festivales como Cannes, Venecia, Berlín, donde fue premiado con justicia pero sin pasión, y volvía a las andadas  que le acomodaban. Continuaba, imparable, hasta traspasar las cien obras, como hizo en el teatro Jorge Díaz. El  público parecía divorciado de sus propuestas, un eco lejano, al que de vez en cuando parecía recordar como quien envía un saludo de cumpleaños a una amada remota. Regresaba a Chile periódicamente, o tal vez nunca se fue, pues por alguna imagen o escena permitía que el país, el horroroso Chile del poeta Lihn, se filtrara en sus películas, aunque fuera por la vía del humor negro. En su último filme, La noche de enfrente, desliza un chiste antológico. Un personaje dice a otro: –Un día Dios lo va a castigar y el amenazado responde: –Ya me castigó, me hizo chileno. El mismo humor de su amado Edwards Bello que afirmaba sobre el chileno: Es el hombre  equivocado en el lugar equivocado.

La televisión abierta exhibió, en horarios de insomnes, que probablemente se curaron de su mal, La recta provincia, Litoral y Cofralandes, rapsodia chilena.

Fotografía: www.spietati.it

A Ruiz no se le escaparon, como autor,  los géneros literarios de narrativa y teatro, la performance y el montaje teatral. Dirigió Infamante Electra, de Benjamín Galemiri, y era lo mismo, bostezos, inquietud en la platea, carrasperas, mucho movimiento del público que no lograba concentrarse. Síntomas de desasosiego. Suelen llamarla lata.

Ruiz da la impresión, por ejemplo en Días de Campo, de filmar la luz  y aun el acto de filmar. Un propósito bellísmo y destinado a la quimera, a la ancestral tentación artística de lo imposible. Suele salir airoso y resultan sus momentos hipnóticos, una antología de ellos, recorriendo su enorme producción, daría para una lección de cine. Todo  tributo a su desmesurada tarea como cazador de imágenes es merecido, pero, por sobre todo, la difusión, el conocimiento y la exploración de su universo.

En eso nuestro país tiene una deuda y un desafío.

El autor:

Mario Valdovinos | No nací en Valparaíso ni estudié en el Instituto Nacional, como me habría gustado, sino en Santiago y en el Liceo N. 6, Andrés Bello, de San Miguel. Tuve una infancia solitaria y feliz en las barriadas de la capital y, especialmente, en los cines. Allí me (de)formé: en la calle, en los rotativos y en la U. de Chile, donde estudié literatura y filosofía, vale decir, vocación temprana y eterna por lo inútil. Escribo hace rato narrativa y teatro, crónicas y crítica literaria, doy clases en colegios y universidades privados. ¿Privados de qué?.Vaya a saber. Soy acuariano hasta la muerte, dramaturgo y actor. Lo demás, espero que harto, se hace día a día.

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