Miercoles 21/11/2018

Testimonio

CrónicasPortada

A 40 años del Golpe Militar, Juan Moya, chileno, 63 años, nos invita a recordar su experiencia los días posteriores al 11 de septiembre de 1973. Como muchos, fue testigo de la tragedia, la muerte y la mentira oficial.

Testimonio

Fotografía: http://elsopazax.wordpress.com/

Es mi deseo relatar un acontecimiento que por años he tenido  guardado en algún recodo o vértice de esta memoria obstinada, que se resiste a olvidar un evento que me marcó a fuego. Ahora, que se conmemoran  40  años del Golpe, he decidido hacerlo público, para que las nuevas generaciones saquen sus propias conclusiones.

Explicar lo que voy a  narrar no es difícil. Recordarlo  y revivirlo es otra cosa.

En la  mañana del  17 de septiembre de 1973, mientras dormía, llegó a mi casa Anselmo, un amigo que había emigrado desde el sur a Santiago en busca de mejores expectativas. En  esos días aciagos, nuestra principal preocupación y objetivo  era lograr una mejor compra y distribución de artículos de primera necesidad  -en los meses previos al Golpe de Estado eran elementos difíciles de conseguir por los pobladores- y así lograr una buena interacción con almaceneros,  panaderías, carnicerías, etc. Esto era algo muy distinto a las Jap, de las que hablan algunos.

-¡Levántate!- grita Anselmo. -Dicen que hay unos  muertos por ahí en la calle, acompáñame a ver  si conocemos a alguien.

En un par de minutos  ya íbamos saliendo desde mi casa por la avenida José Pedro Alessandri  hacia la Villa Macul.  Luego de caminar unas pocas cuadras,  cruzamos la punta de diamante que une Macul con la calle Froilán Roa y, pasado el Liceo 21, nos encontramos con un cuerpo muerto, con evidentes heridas de balas. Pasaba mucha gente a esa hora por el lugar, algunos se detenían a mirar y muchos seguían su camino con una clara cara de asombro y terrorífico espanto. Yo le recuerdo a Anselmo que él me había pedido que fuéramos a ver si reconocíamos a alguien, por lo que lo miramos y lo examinamos muy bien coincidiendo en que no era del barrio.  Alguien nos informa que un poco más adelante hay más. Desde el Liceo 21 hasta Camino Agrícola (2 cuadras aproximadamente) había 7 cadáveres, todos con  heridas de bala y algunos maniatados. Sí, maniatados y asesinados a balazos. No era necesario ser un experto forense para darse cuenta  que habían sido asesinados en otro lugar y trasladados allí  con el solo propósito de amedrentar a la población.

-Esto es el fascismo -le digo en voz baja a Anselmo. Él me mira con cara de incredulidad.

Habíamos leído algo sobre el nazismo, la Guerra Civil Española. Yo había visto algunos documentales sobre las torturas en Brasil, pero estas escenas nunca tuvieron cabida en nuestras mentes.  Nos llamó  profundamente la atención lo que había frente a la segunda panadería, la más cercana a calle Camino Agrícola: eran dos  hombres,  maniatados y amarrados entre sí, con alambres (claramente no habían caído en un enfrentamiento, como se “informaba” en los bandos militares), y vestían el típico overol de  mezclilla azul, muy usado por los obreros de la época. Este overol  llevaba el logo de la empresa  a la cual pertenecían: ELECMETAL.  Años después sabríamos que el empresario Ricardo Claro (dueño de Elecmetal) prestó una amplia colaboración a los golpistas con el único compromiso de que le “limpiaran” sus empresas.

Aquella mañana nos sirvió para darnos cuenta que lo del Golpe Militar, iba a ser mucho más fuerte de lo que jamás imaginamos. Acordamos que lo primero que teníamos que hacer era resguardar nuestras propias vidas, para después poder contar la historia. Sé que esta escena la presenciaron muchas personas porque años después he conversado con gente del sector, y todos la recuerdan. Es probable que muchos se lo hayan contado a sus hijos, por lo que debe estar  en la memoria colectiva de muchos habitantes de la Villa Macul y sus alrededores.

Algunos días más tarde yo presenciaría otros cuerpos más cerca de la rotonda de Departamental, y  también escucharía los noticieros oficiales que informaban las “calumnias” del  “marxismo internacional” al hablar de cadáveres en la calles de Santiago; nosotros lo estábamos constatando: había cadáveres en las calles de Santiago  y no precisamente caídos en enfrentamientos.

Fotografía: www.diadia.com.ar

Como dije,  Anselmo había llegado a Santiago desde el sur, de un pueblito cercano a Puerto Montt; no tenía muchos contactos  en la gran ciudad, por lo que le complicaba mucho dejar el sector de Lomas de Macul, donde vivía. Él estaba muy desorientado, arrendaba una pieza con pensión y le era muy difícil cambiarse. Tenía la opción de volver al sur, pero hacerlo solo, según nosotros, era altamente riesgoso. Por ahí salió, no sé de dónde, la fuerza de mi hermana:

-No te preocupes –le dijo. -Yo esta misma tarde voy a sacar los pasajes y te voy a dejar al sur, donde tus padres, yo voy a hablar con ellos…

Mi hermana volvió unos días después, con la misión cumplida. Yo nunca más lo he vuelto a ver.

Mientras tanto mi madre,  quien ya tenía claro que yo debía desaparecer raudo de la casa, me daba algunas ideas a dónde me podía ir. “Te puedes ir donde mi hermana allá, o donde mi otra hermana acá, o a acompañar a tu padre que está en el campo”. (Ninguno de nosotros sabía que él estaba con arresto domiciliario). Yo, por mi parte,  trate de memorizar todos los lugares indicados para no ir a ninguno de ellos. Al final me acordé de una amiga de juventud de mi madre, que vivía por allá, al final de Independencia,  y  por ahí estuve viviendo creo que hasta fines de enero  de 1974.

Fotografía: www.diario.latercera.com

El autor:

Juan Moya | Contador auditor, Magister en Administración de Empresas, agnóstico, padre de Carolina, Viviana y Francisca.

Dejanos tu comentario