Milico, amigo, mi mente está contigo

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Que el título no confunda; de amistad nada. Esta “historia de lectura” hay que leerla hasta el final. Es un reflejo más de la tragedia que hoy cumple 40 años. La historia de lectura de Fresia Curihual Garrido.

Milico, amigo, mi mente está contigo

Ilustración: Sandra Rebolledo | Arrocito corazón https://www.facebook.com/amorcito.corazon.397?fref=ts

Cuando tenía cinco años aprendí a escribir. Me acuerdo perfectamente de mi primera palabra: “perreo”. Y no es que haya sido una visionaria de la música ni nada por el estilo, es sólo que mi amor por los quiltros (los amaba más que a los gatos porque todavía no me habían atacado en jauría) hizo que mi primera palabra se las dedicara a ellos.

Fui corriendo donde mis hermanos que estaban escuchando música afuera y les pregunté: “¿aquí dice algo, aquí dice algo, aquí dice algo?”. A lo que sin muchas ganas me dijeron que no, pero que si le sacaba la E decía PERRO.

No tengo más recuerdos sobre ese episodio, sólo que me sentí tan contenta que de pura felicidad se me borraron todos los recuerdos posteriores. Desde ese momento mi vida avanzó así, entre libros prestados por una vecina y mi carrete hardcore que era leerme todos los Patos Donalds en una tarde.

Mi papá contribuía a que eso pasara; se sentaba en silencio con un diario o las revistas sobre la Segunda Guerra Mundial, compradas todas las semanas por trescientos pesos.

Ya cuando fui más grande me pregunté por qué era más divertido leer que hacer otras cosas y, sin darme cuenta, un día me vi sentada preguntándole a mi papá por qué habían tantos libros en la casa.

Me miró y me dijo que todo había sido gracias a los milicos. “¿Gracias?”. Ahí, ya no estaba entendiendo nada: había crecido escuchando que lo único que hacían era matar gente, no veía cómo se les pudiera agradecer a esos tipos. Pero me callé y lo escuché hablar.

Me dijo que cuando vivían en ese sector el Estado había implementado un sistema de bibliotecas públicas. Y la biblioteca del barrio era casi una casucha en la que se colaba el frío y a la cual todos tenían acceso a instruirse, si así lo querían. Me contó también que era, como muchos, un lugar estratégico para que los intelectuales compartieran ideas y fueran creando lo que algunos llamaban “visión de futuro”. Me dijo también que era donde  -dentro de tanta miseria- se podían desahogar

Yo me lo iba imaginando todo: la gente, las reuniones, las ventanas y las veredas. Todo, menos a los milicos; aún no me calzaban en la historia.

-Ya, pero, a ver -le dije- ¿y los milicos cuándo aparecen?

-El 73.

Y me quedé callada, bajé la mirada. Fue lo único que atiné a hacer.

El ´73 es un número con una carga  emocional terrible para mucha gente; siempre asociado a muerte, violencia y un montón de cosas negativas. O sea, yo no me imaginaba qué de bueno y de “gracias” podía haber en ese entuerto de libros y  milicos.

– Lo que pasa es que ese fue el año en que nos dejaron sin libros. Los milicos llegaban a las poblaciones y se llevaban gente, aterrorizaban a los que quedaban y quemaban las bibliotecas.

Yo no lo podía creer. La única biblioteca que sabía había muerto quemada era la de Alejandría. Y si eso me había dado pena (en un sentido muy ñoño de mi existencia a los 7 años, claro está), peor había sido saber que frente a mi casa había una y le habían hecho lo mismo.

– ¡Pero cómo! – le dije – ¿Por qué?

– Porque eso hacían: te dejaban sin libros, sin espacios para agruparse, sin proyectos… sin identidad.

Y ahí finalmente caí.

Los milicos habían quemado la biblioteca y mi papá, en un acto de rebeldía contra ese terrible acto de cobardía, había recuperado los que habían quedado esparcidos en el suelo. Por eso mi casa se estaba llena de textos sobre el feminismo, las teorías de Marx y los postulados de Nietzche. Por eso era que ver una casa sin libros siempre me había dado esa impresión de “no hogar”.

Sin entender mucho, pero con la historia a cuestas, y un peso de consciencia enorme de tener lo que otros no pudieron, ya sea por suerte, miedo o porque sus papás simplemente no quisieron rescatar un pedazo de historia, me dediqué a leer  – unos menos, otros más- pedazos de vidas, de teorías que no entendía, de estrellas y de maldad.

Eso, sin siquiera darme cuenta que ese acto, ocurrido hace tanto tiempo, iba a marcar mi vida para siempre. Porque habrán sido maricones, pero, gracias a ellos (y no de las gracias más sinceras, sino de las gracias que se dan cuando es lo único que puedes sacar de una desgracia), ahora puedo dar fe de lo siguiente: los libros te pueden cambiar la vida.

Mucho, la vida.

Gracias, maricones.

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