León Tolstói o el espejo de la realidad en la Rusia zarista

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Hoy recordamos a León Tolstoi, nacido en Rusia el 9 de septiembre de 1828. Es Joaquín Pérez quien nos ayuda en este ejercicio con su colaboración, retratando parte de la vida del escritor.

León Tolstói o el espejo de la realidad en la Rusia zarista

León Tolstói o el espejo de la realidad en la Rusia zarista

“Antes de dar al pueblo sacerdotes, soldados y maestros, sería oportuno saber si por ventura no se está muriendo de hambre”.

León Tolstói.

 “No hay grandeza donde faltan la sencillez, la bondad y la verdad”.

Guerra y Paz, León Tolstói.

Fotografía: www.despachoequis.com

Aunque parezca insólito, uno de los más grandes escritores del siglo XIX, León Tolstói, es a la vez uno de los peor conocidos, reseñados y conversados, incluso, dentro del mundo de la academia. Y a pesar de que su figura trasciende el horizonte clásico del escritor dedicado a su materia, el matiz fáctico de su existencia, la persona misma, ha sido completamente olvidada, siendo quizá, a juicio de muchos, mucho más relevante incluso que su misma obra literaria. Fue profesor –en el significado primitivo del concepto-, amante, lujurioso, pecador, pacifista y revolucionario, amante e infiel, marido y hombre solitario, y todo aquello ha sido dejado de lado por el rescate de su literatura –algo que tampoco significa ningún sacrificio-. Pero lo importante es que su literatura no podría entenderse sin comprender a la persona, y ésta última no es posible vivificarla sin considerar el tiempo en que Tolstói escribía. Por lo mismo, el rescate de su vida total, su contexto, su vida y su obra, permite degustar mejor los títulos que tanto maravillan al lector y que de tan buena manera engalanan una biblioteca casera.

La Rusia de Tolstói es la que clásicamente se entiende como la Rusia de los zares –o la Rusia Zarista-, que para el siglo XIX es dominada por la dinastía de los Romanov, la cual, desde 1613 corona al Estado más grande de la época. El fin de la dinastía es ampliamente conocido ya que fue el fruto de la primera revolución proletaria de orientación marxista de la historia; pero para estos efectos se debe entender que las condiciones que precipitaron la revolución fueron larvadas durante el siglo de Tolstói, y él, en tanto escritor, fue uno de los principales críticos a esa realidad.

Compuesta principalmente por campesinos, la Rusia zarista configuraba una nación principalmente agraria con gente ligada, excesivamente, a la tierra. Gran parte de su población para el año 1897, fecha del primer censo confiable, vivía en el campo -87% para ser precisos-, y se destacaba un régimen de servidumbre entre los campesinos pobres y los terratenientes que empobrecieron a gran parte de la población con altísimos impuestos. La situación trató de ser mejorada por Alejandro II, coronado zar en 1856, que intentó modernizar la situación agraria de la nación enfrentándose a la nobleza terrateniente que se resistía por sus privilegios de carácter feudal, consiguiendo un aumento en la exportación de cereales y una mayor productividad de los campos.  En términos amplios, estas reformas beneficiaron la macroeconomía del imperio, pero en el plano social las cosas no cambiaron en su antiguo orden, pagando este mismo zar con su vida -en 1881- la pésima situación en la que estaban los campesinos de Rusia.

Fotografía: http://24.media.tumblr.com/

Todo esto llevó a una gran parte de la sociedad rusa, los campesinos pobres por sobre todo, a un nivel de pauperismo notable, originado por la baja productividad de la tierra, los escasos lugares aptos para el desarrollo continuo de la agricultura y los altos impuestos que debían pagar a los terratenientes. Por lo tanto, existe un nivel de pobreza y miseria en los campos rusos importante, y va a ser la llamada intelligentsia la que conjeturará esta realidad insoportable.

Aunque el desarrollo de Rusia fue lento, sí se debe reconocer un crecimiento importante en la materia durante la segunda mitad del siglo, lo que permitió, entre otras cosas, un fuerte desarrollo de las universidades en el imperio. Estas entidades educativas albergaron a los jóvenes nobles que, ya para el siglo XIX, miraron con recelo esta ordenación social que imperaba en el país euroasiático, criticando, siendo inconformes con la política y buscando nuevos ideales que llenaran a esta vieja Rusia de nuevas esperanzas. A tal grupo se les puso por apelativo intelligentsia; eran la intelectualidad rusa, compuesta por jóvenes universitarios que comenzaron a interesarse por quienes no tenían nada más que su miseria, viendo en ellos el verdadero espíritu de Rusia, y convocándolos, muy someramente en un principio, a su propia liberación. Así es como nace una afinidad por la estética realista, heredada de los grandes escritores franceses del mismo género, como Balzac o Stendhal, para narrar aquello que no pertenece a las viejas costumbres y que se inserta dentro de lo que principalmente es la nación rusa.

Es a este contexto al que pertenece Lev Nikoláievich Tolstói, Conde de Tolstói, quien perteneció a una familia de nobles terratenientes que tenían a su haber muchos siervos para su trabajo agrícola. Huérfano desde muy joven por parte de ambos padres, fue criado principalmente por la familia paterna junto a sus otros hermanos dentro de las comodidades que le ofrecía su rango social, pero que Tolstói desde muy joven empezó a mirar al menos con cierta suspicacia, en especial a ver el tremendo contraste que tenía su mundo con el de aquellos que eran sus siervos.

Comenzó sus estudios universitarios a temprana edad, matriculándose en la facultad de letras de la universidad de Kazán, para luego cambiarse a la carrera de derecho. Terminado sus estudios, y como la gran mayoría de los jóvenes de su época, se enlistó en el ejército en donde participó de la guerra contra Crimea, teniendo contacto con los cosacos –tema de uno de sus futuros libros- y con la realidad entera de la Rusia zarista. Luego de tal experiencia, Tolstói abandona la vida pública para dedicarse completamente a la escritura; algunos argumentan que ésta se inició por una fuerte enfermedad de su esposa y otros por el sencillo hecho de dedicarse absolutamente a la escritura. Lo cierto es que desde su juventud Tolstói se dedico a escribir sus iniciales experiencias: ya a los veinticuatro años escribe una primera trilogía nacida de sus diarios de vida que siempre llevaba consigo. Luego de aquello, sus narraciones se centran en sus experiencias en la guerra, ya sea obras como Relatos de Sebastopol (1856) y Los cosacos (1863), habiendo por cierto, entremedio, algunas obras dedicadas a otros temas tan específicos como estos, pero que no tuvieron el impacto que tendrán sus dos obras más importantes: Guerra y Paz (1865-1869) y Anna Karénina (1877).

La primera de ellas nace, así como sus personajes, de manera trágica y accidental. Se cuenta que Tolstói se cayó de un caballo rompiéndose un brazo en esta actividad. En su convalecencia habría comenzado a escribir los primeros esbozos de esta obra que sorprendió a sus lectores desde sus inicios. Desde enero de 1865 comenzaron a publicarse sus escritos por entregas en El mensajero ruso –periódico de la época-, quedando impresa, de manera definitiva para el año 1869, siendo objeto de apasionamientos y censura. La obra cuenta las vicisitudes de dos familias nobles, los Bolkonski y los Rostov, quienes experimentan todo tipo de problemas en una Rusia que vive los conflictos bélicos más importantes del siglo, las campañas rusas en Prusia –con la famosa batalla de Austerlitz-, y la invasión napoleónica en Rusia –con la batalla de Borodin y el incendio de Moscú-. Más allá de la apariencia, lo que queda impregnado en las páginas de Guerra y Paz es una absoluta comprensión por parte del escritor de la realidad de su tiempo, identificando a su sociedad, con sus problemas, sus defectos y sus virtudes, ofreciendo al pueblo ruso de la época una clara descripción de su identidad nacional. La crítica en general ha considerado Guerra y Paz como la mayor obra narrativa de la literatura rusa y una de las mayores del siglo XIX europeo, pues se trata de la novela más representativa de la vida del país, proyectada en un plano tan humano que participa del patrimonio común de la civilización moderna. Incluso, con algo de fanatismo quizás, Roamin Rolland, un importante biógrafo de Tolstói, comenta que esta obra es la más vasta epopeya de nuestro tiempo, comparándola incluso con La Ilíada pero en versión moderna.

Posteriormente, Tolstói escribe dos obras que solamente terminan por consolidar a un escritor ya inmortalizado en la historia: tanto Anna Karénina como La muerte de Ivan Ilich (1886) son parte de sus increíbles obras que quedan para la posteridad. De todas maneras escribe varios otros libros, es un ávido escritor, y no pasan muchos años antes que aparezca una nueva obra de él en el mundo ruso, pero no tienen el impacto para sus lectores posteriores como sí lo tuvieron sus anteriores obras. Escribe además panfletos, cuentos para niños, cuentos populares y, en sus últimos años, se dedicó a la enseñanza de los más pobres y a la prédica de su credo.

Fotografía: http://commons.wikimedia.org/

Impactan estos últimos eventos de su vida. Ya convencido de que el arte no es suficiente para un mundo poblado de miseria, hambre y pobreza –es más, lo considera como la reproducción de una acción mecánica que carece de goce espiritual-, se inserta en aquel mundo de los campesinos de sus propias tierras para vivir como uno más de ellos. Por eso, en las fotografías menos antiguas se le puede ver vestido con una clásica camisa blanca, típica de los siervos de la época, transformándose de ser un noble conde a un humilde campesino agricultor. En sus propias tierras creó una escuela, enseñó todo lo que más sabía –literatura- y buscó ser el puntal de una igualdad utópica que permitiera salir del pauperismo que la gente vivía cada día.

Así como su vida, su muerte resultó un accidente. Escapándose de todo contacto anterior, y deseando vivir en la soledad absoluta, fuera de todo privilegio aristocrático y noble de su vida anterior, tomó la decisión de irse a un lugar donde nada de aquello fuera visible. Sin embargo, una neumonía fatal en una estación ferroviaria le quitaría la vida antes de que ésta se convirtiera en lo que siempre deseó que fuera. Fue en el año 1910, a la edad de 82 años.

Hemos visto, entonces, que Tolstói no es solamente el gran escritor; es eso y mucho más. Es el profesor, el militar, el conde, el terrateniente, el compasivo, el depresivo, solitario y angustiado hombre que no soportaba el contexto que le tocó vivir. Buscó el camino que llevara a la humanidad a ser más fraterna consigo misma, siendo el arte, y principalmente la literatura, la punta de lanza de su ataque; pero aborreció de este y lo abandonó cuando se dio cuenta de que se había transformado en una práctica burguesa, de explotación encubierta y elegante y que no cumplía con su fin último y primigenio. Por eso abandonó todo rastro de arte en su vida para vivir en una mejor situación espiritual. La muerte lo alcanzó primero y, vaya uno a saber si encontró, definitivamente, el lugar que porfiadamente siempre buscó.

El autor:

Joaquín Pérez | Estudiante de Pedagogía en Historia y Ciencias Sociales, Universidad Alberto Hurtado. Lector compulsivo en la medida que la universidad y mi salud me lo permiten. Profesor del Preuniversitario Popular “Agogé” en Quilicura e incipiente escritor de reseñas, columnas y cuentos.

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