Por qué leo

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Leer como mirarse al espejo, leer como abrazar a los ancestros, leer como sumergirse en la humanidad. En su historia de lectura, Cristóbal Hasbun nos cuenta las razones profundas que, aprendidas leyendo, le han dado razón y sentido personal al acto de leer. 

Por qué leo

Ilustración: "El libro del cuadrado Sator", de Felipe Cooper | Fotomontaje digital | http://www.felipecooper.com/

Hace algunos días un amigo y una amiga me preguntaron por qué leo y me sugirieron publicar una columna al respecto. Sin saber mucho qué responder, les he quedado agradecido por hacerme una de aquellas inquisiciones tan hondas y agudas que a veces uno piensa que ya sólo saben hacer los niños.  En la medida de lo posible, quise intentar una respuesta.

Aprendí como todos que para adquirir conocimiento de los acontecimientos del pasado debía recurrir a la historiografía, una disciplina  que busca explicar lo pretérito a la luz del presente reinterpretándose persistentemente. Aprendí también que la historia del pensamiento humano correspondía a la filosofía; los griegos, la política y la ética, los tomistas, los contractualistas, los fenomenólogos… La matemática es aquella ciencia formal, aquel lenguaje que nos lleva a lo exacto y termina o comienza en la metafísica; la teología aparecía ante mí como aquel estudio de las sagradas escrituras de una hermenéutica insondable que busca dotarnos de trascendencia y salvarnos los unos a los otros. Pero no me resultaba claro el sentido de la literatura. Su hoja me era oscura, ininteligible.

Aprendí, o creo que aprendí, con el tiempo, que la literatura es la historia de la sensibilidad humana -colectiva, individual- que transcurre en un presente inamovible aunque muchas veces nos lleve al pasado o en prospectiva. Las letras son lo que hemos sido y lo que somos como individuos febles que componemos el tejido de una humanidad de la que, aun cuando intentamos huir, nos sentimos arraigados. En los libros está nuestra intimidad desprotegida de certezas, silogismos, tesis e interpretaciones de coyunturas históricas. Cuando leo, entonces, pienso en la humanidad que fuimos en la antigua Persia o en la Rusia zarista del s. XIX. Y si leo a un comediante del s. XIII me asombro de la energía vital que teníamos entonces y siento nuestro pesar cuando un escritor polaco relata el dolor y las tinieblas de los esclavos en el Congo. Nosotros somos todo eso y la lectura es un hilo de agua ininterrumpido vertido bajo un roquerío portentoso de los ancestros de nuestros ancestros, que me produce admiración y respeto. Me parece que leo, entonces, para sentir la tranquilidad de que esa agua sigue corriendo.

Me gusta leer porque soy un convencido de que no existe ninguna diferencia conceptual entre estar escuchando a Sócrates discutir con Fedro en el comedor de la casa y leer sus diálogos en El Banquete en una tarde de otoño. Podemos, con un esfuerzo imaginativo, hacer que no haya disimilitud entre presenciar el montaje de El Rinoceronte en Rumania y leer a Ionesco en una estación del Metro. Pese a la no existencia física de cada uno de los personajes, para los efectos estéticos, del intercambio de ideas y estados mentales, la diferencia no es significativa. Leo porque soy un convencido, por ejemplo, de que puedo conocer más a Neruda leyendo Confieso que he vivido que a mis vecinos en cinco o diez reuniones sociales. Conozco la relación de Kafka con su padre  de manera más profunda que la de mis amigos con los suyos. En el plano del intercambio de sentido lingüísticamente mediado no estamos tan lejos de nuestros excepcionales ancestros. Más bien creo que estamos muy cerca. Leo para acercarme a ellos lo más que pueda.

Leo también para conocerme, si acaso eso es posible. Porque lo importante es nunca dejar de hacerse preguntas y lo que no me ha enseñado la vida me lo han ido enseñando los libros. Porque a veces encuentro personajes o escenas que repercuten en mi interior y su sentido reverbera y decanta;  entonces a medida que los años van pasando y releo ciertos libros me puedo dar cuenta -como si me mirase el alma al espejo- que pese a que cada día cambian mis células existe algo que me hace ser el mismo. Me parece que leo para nutrir mi propia búsqueda, para compartir ideas con mi sombra.

No leo por mi zodíaco ni porque estuviese obligado a hacerlo. Sé en el fondo de mí que esta actividad al final de los días en nada se diferencia a caminar, jugar fútbol, ir al cine o compartir con los amigos. Al final de los días seremos examinados por nuestra capacidad de amar y no por lo leído, lo acumulado o lo triunfado. Seremos examinados por lo que no pudimos dejar de ser. Y yo, hasta ahora, no he podido dejar de leer.

Leo, finalmente, porque me gusta sentirme parte de aquel hilo de agua que mana de las altas rocas de lo que hemos sido. Siento paz de pertenecer a lo humano y ser cómplice de la tradición de nuestros milenios. Escribo esto porque un amigo y una amiga me lo pidieron y sigo muy agradecido de su pregunta. Escribo, candorosamente acaso, para al menos intentar dejar una hoja junto a este inabarcable otoño, bajo estos bosques de páginas en cuyo valle se refugia la sensibilidad entrañable de nuestra humanidad entera.

El autor:

Cristóbal Hasbun | Abogado, Investigador en derecho penal, U.Mayor.

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