Perfil Bolaño

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Esta semana en Terminal nos ha acompañado la figura de Roberto Bolaño. Se han cumplido ya diez años de su muerte. Hoy, Francisco Valdés nos ofrece un perfil del autor, perfil que enmarca una historia en desarrollo.

Perfil Bolaño

Ilustración: María Cristina Pacheco

Estoy en una fila y quedan tres personas aún para llegar a la ventanilla. En mis manos cargo un sobre amarillo lleno de documentos. La dirección que escribí en él y en un formulario que me entregó una poco sonriente funcionaria dice: Passeig de la Vall d’Hebron, Barcelona.

Cuando entrego el sobre en la ventanilla grabo en mi memoria una imagen y trato de imaginar qué pasará cuando llegue a su destino. Unas manos lo recibirán y verán lo mismo que yo en este instante: un sobre de color amarillo con letras escritas a mano en marcador permanente de color negro, letras temblorosas llenas de sueños y planes de futuro.

Debe ser esa imagen la que rondaba en mi cabeza hoy cuando leía un blog y, de pronto, vuelve a aparecer el nombre de la Vall d’Hebron frente a mí. Esta vez acompañada de “Hospital”. También acompañada de “Bolaño”.

Roberto Bolaño pasó sus últimos diez días en el Hospital Universitario de la Vall d’Hebrón, sumido en un coma del cual no despertó. Tenía 50 años, había publicado la gran novela de su vida hace 5. Tenía dos hijos, una exmujer y una nueva pareja. El último día que su hígado le dejó estar en pie lo gastó en una larga conversación con su editor Jorge Herralde, en las oficinas de Anagrama. Debía dejar todo en orden, como si supiera que no volvería jamás a ese lugar.

Bolaño no es un autor que naciera en el seno de una familia de buenos lectores, gente ligada a algún círculo intelectual ni nada por el estilo. Más bien todo lo contrario. Sus padres fueron personas de esfuerzo: una profesora y un camionero pertenecientes a esa tan característica familia chilena: la clase media-baja.

Tampoco vivió en el extranjero por lujos familiares o por el exilio. Su madre tomó la decisión de buscar un futuro más auspicioso en el DF mexicano y se instalaron allí desde 1968. Antes de eso, el joven Roberto no había tenido contacto alguno con el mundo literario.

Puede haber sido su decisión de dejar el colegio a partir de los 16 años y dedicarse sólo a leer y escribir la que lo volviera una de las figuras literarias más importantes de Latinoamérica. Lo cierto es que no pisó nunca más un aula, ni secundaria, ni universitaria. Se pasó muchos días en la biblioteca pública, acercándose a la literatura clásica y los thrillers policiales.

Su estadía en México tiene un punto de inflexión importante desde el momento en que debe volver al D.F. desde Chile, luego de visitar su país natal durante unos meses y encontrarse en pleno con el golpe de Estado al presidente Salvador Allende. A partir de ahí, Bolaño conoce un mundo más oscuro que el acostumbrado, se enfrenta a situaciones extremas que ponen en peligro su vida y aprecia la fragilidad humana de cerca.

A su regreso, en 1974, conocerá a Mario Santiago, un poeta mexicano, con quien fundará el grupo conocido como “Los infrarrealistas”, un colectivo poético que busca romper con la unanimidad literaria comandada por el escritor Octavio Paz, a quien criticó dura y abiertamente a lo largo de toda su vida.

Dejando a los infrarrealistas funcionando, con un manifiesto que les instaba a lanzarse a los caminos, Bolaño decide emigrar a Europa. En 1976 llega a Barcelona motivado, en parte, por visitar a su madre que vivía hace un tiempo en la ciudad catalana. En España y Francia trabajó desde recolector de basura hasta nochero de camping. Muchas experiencias de esta etapa se volvieron parte de las tramas que teje Bolaño en sus narraciones posteriores.

Mientras desempeña oficios insólitos, el escritor lee y escribe compulsivamente, desde el amanecer hasta el momento justo antes de dormirse. Sólo trabaja para costear una taza de café de vez en cuando y libros.  Cuando no tiene trabajo, simplemente deja el café de lado y obtiene lecturas de la manera más literaria que existe: los roba.

En Barcelona conoce a Carolina López, que será su mujer y la madre de sus dos hijos. El hecho de tener una compañera de vida trascenderá, sobre todo, en el aspecto financiero. Ella mantiene al escritor, le entrega un lugar donde vivir y trabajar y cuida de él. Se mudarán a Blanes, en la costa del Mediterráneo y vivirán allí desde 1986.

No será hasta entrados los años 90 que Bolaño publique su obra en editoriales importantes. Luego de ser premiado con el Ciudad de Alcalá de Henares, su novela La Pista de Hielo es editada en Editorial Planeta, en Chile. Desde allí, una carrera sostenida y silenciosa hasta el año 1998.

Ilustración: María Cristina Pacheco

Su vida en México, sus aventuras con su amigo Mario Santiago y la poesía violenta e irreverente de los infrarrealistas son llevadas al papel por Roberto Bolaño en Los Detectives Salvajes, una novela que sería premiada con el Rómulo Gallegos y el Herralde, entre otros galardones, y que llevaría al escritor a un reconocimiento que, no necesariamente, se tradujo en un mayor volumen de ventas, con lo cual mantendría su nivel austero de vida, alejado de cualquier comodidad.

Ese año también marcaría el regreso de Bolaño a Chile, luego de 25 años alejado de él. Vendrá invitado como jurado de un concurso literario. Su siguiente -y última- visita al país fue en 1999, como invitado a la Feria del Libro de Santiago. De esos viajes nacerá la motivación para su novela “Nocturno de Chile” donde muestra todas las emociones que mantiene con el país y sus representantes literarios.

Con un matrimonio ya terminado, con un hígado que, poco a poco, le va anunciando que su tiempo se extingue, Roberto Bolaño se convierte en un escritor sufriente. Va dejando su vida en cada página que termina de teclear en su computador. Su energía ya no le permite corregir sus manuscritos, por lo que revisa y borra muchas veces antes de pasar a la siguiente línea. Guarda escritos sin terminar en diskettes, imprime páginas para guardarlas. El futuro de sus hijos Lautaro y Alexandra está ahí, en sus manos, en lo que sale de su prodigiosa imaginación, en su talento de fabulador intrincado, de lector y escritor obsesivo.

Sus últimos meses los pasa sumido en una última y monumental obra que no alcanzaría a publicar en vida. 2666 era una pentalogía, pensada así por Bolaño para asegurar una estabilidad económica para Carolina y sus hijos, ante su inminente ausencia futura.

Así se lo hizo saber a Jorge Herralde aquel 30 de Junio de 2003, cuando además le entregó en un diskette lo que sería su volumen El Gaucho Insufrible. El mismo Herralde, junto a Ignacio Echevarría, su editor catalán, y Carolina López decidieron publicar 2666 como una sola gran novela en 2004.

Roberto Bolaño murió el 15 de Julio de 2003. Desde su muerte se ha erigido como uno de los escritores más importantes e influyentes de la literatura hispanoamericana de la segunda mitad del siglo XX. Su obra, tanto como su vida, están marcadas por su imagen, su carácter fascinante y oscuro, su marginalidad y su escritura urgente. Por su salvajismo e insolencia. Por su soledad.

El sobre que, espero, reciba una más sonriente funcionaria, a cuadras del lugar donde por última vez respiró el escritor, puede significar que quien escribe este perfil deje todo y se lance hacia esos caminos, los de Bolaño, al menos por un tiempo.

El autor:

31 años. Ya no fui Don DeLillo.

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