El carácter de Bolaño (segunda parte)

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Esta semana recordamos a Bolaño, a 10 años de su muerte. Hoy, la segunda entrega y final de “El carácter de Bolaño”, capítulo del libro “Bolaño infra”, de Montserrat Madariaga Caro. 

El carácter de Bolaño (segunda parte)

Ilustración: Consuelo Tardones | http://www.flickr.com/photos/bachaca

El lado histriónico que lo hacía llamar la atención y querer llevar la batuta tenía su reverso, uno necesario para la construcción de tantas historias. Su entusiasmo venía de una gran sensibilidad que lo hacía fluctuar entre el asombro y la melancolía. Como dice Juan Pascoe, era como una vasta esponja que se fijaba en todo[1]. Para el joven Bolaño la vida tomaba forma de aventura y no dejaba tiempo para pestañear. Rippey comparte esta impresión: “todo era importante, todo le afectaba”[2]. Y a pesar de que la mayoría de las veces se mostraba enérgico y feliz, Rippey y Pascoe presenciaron su faceta más introvertida, casi triste, en un viaje que hicieron a la vieja casona de campo de los Pascoe en Michoacán. “A medida que nos íbamos alejando de la ciudad de México, Roberto se ponía más callado, desinteresado y deprimido”[3], dice Pascoe.

“Cuando llegamos al campo era como un trapo”, cuenta Rippey por su lado. Durante la estadía –la tarde, noche y mañana siguiente- Bolaño seguía como en estado vegetal, apenas dando signos de vitalidad. Incluso Pascoe no cree que se haya cambiado de sitio, una vez sentado. Ya cuando emprendieron el regreso a la ciudad “se fue poco a poco saliendo de su estado depresivo. Al entrar al Distrito Federal, era de nuevo el mismo Roberto Bolaño de siempre. Por supuesto no se intentó llevarlo a pasear de nuevo”[4], dice Pascoe. Para Rippey todo ello fue muy extraño y años después le comentó el episodio por carta, sacando en limpio que no le gustaba el campo, a lo que Bolaño le respondió que estaba equivocada pues él era de pueblo chico, y por eso vivía en Blanes[5].

Con el paso del tiempo, Rippey concluyó que Bolaño simplemente era muy sensible: “reaccionaba muy fuerte a todo lo que pasaba. Tengo la impresión de que todo lo estaba procesando, que lo absorbía y luego reciclaba”.[6]

Las sospechas de Rippey no fueron desatinadas: Bolaño fue una especie de cronista de la vida de sus amigos. Lo que hicieran los infras era registrado con letra chica y apretada en sus cuadernos. De eso da cuenta Rubén Medina:

– Roberto apuntaba todo lo que pasaba, todo lo que hacíamos, ya que luego se enteraba por alguno del grupo. Iba atando historias, creando sus leyendas, específicamente escribiendo la cronología del movimiento. También leía ferozmente, indagaba poesía, una amplísima cultura literaria, era inteligente. Pero no se ensuciaba las manos (luego lo haría con su escritura). Una cosa más: sus cuadernos contienen una escritura espontánea, filtrada por el descubrimiento asombroso del otro (de los infras), contienen mucha complicidad, y una visión más compleja del movimiento y de cada uno de los miembros del grupo [en comparación con Los detectives salvajes]. En un viaje que hicimos a Mazatlán y nos quedamos en casa de mi tío Roberto me leyó muchos de los pasajes que escribía sobre mí, pero eso no aparece en su novela[7].

Bajo este mismo prisma, para Guadalupe Ochoa era un voyeur. Lo recuerda sentado en los camiones (micros) escribiendo lo que el resto conversaba en el trayecto. Hoy lo asocia con el personaje Bernard en Las olas de Virginia Woolf, quien pasaba el tiempo redactando nuevas historias que contar. Voy a anotar esta observación en mi libreta para futuras referencias –decía el personaje de la inglesa-. Cuando sea grande, llevaré siempre conmigo una libreta muy gruesa, provista de muchas hojas y de un índice alfabético para clasificar mis frases[8].

“La verdad es que la imagen más clara de Roberto es registrándolo todo, era impresionante”[9], dice Ochoa. Bruno Montané, en cambio, no lo calificaría de voyeur, sino de un detective literario altamente aprensivo, razón por la cual “tenía buen oído y buen ojo, y no se le escapa casi nada que de verdad le interesara”[10].

Fotografía: www.lecturalia.com

Pero las notas eran sólo la mitad del proceso. “A partir de cierta hora de la noche se encerraba a leer y a escribir con ese impulso de si soy escritor, entonces escribo (…). Mientras los demás seguían en el reventón, Roberto religiosamente se iba a su casa”[11], cuenta Ochoa. Esto denota que la escritura para él más que un asunto de musas inspiradoras, era cuestión de metodología, al menos en lo que respecta al paso inaugural, pues implicaba estar siempre con un pie fuera de la escena y privilegiar la escritura por sobre la propia experiencia. Aunque es muy probable que Bolaño sintiera que su “estar ahí” no podía ser de otra forma, siendo su método de escritura su manera de ser; arte y vida fusionados. Dos décadas después le preguntarían en una entrevista si cree en la inspiración o en la constancia, a lo que responde: “En la constancia. Pero cuando llega la inspiración te das cuenta de que la constancia es una verdadera mierda. Lo que hay que hacer es provocar la inspiración, y para hacerlo hay que ser constante”[12].

Ramón Méndez recuerda que Bolaño tenía una rutina diaria: “se torna escritor de las cuatro a las ocho de la mañana. Después de que se ducha y toma desayuno se torna gestor de relaciones públicas con medios editoriales y suplementos, y para la tarde se torna estudiante y crítico, con otros amigos, de las novedades que van saliendo”[13]. En cambio, Méndez era más bien de la vieja escuela de los poetas malditos, en que el mismo reventón haría surgir una vida poética y, en consecuencia, poemas. Inevitablemente chocaron. Un poco antes de que Bolaño se fuera a España, Méndez le hizo saber su pensamiento: “discutimos por cuestiones estéticas y por la orientación del movimiento. Yo le dije: ¡Qué artista vas a ser tú, Roberto! ¡Eres un burócrata de las letras! Fue lo peor que le pude haber dicho[14].

Coincidentemente o no, el personaje/narrador Juan García Madero de Los detectives salvajes, era una especie de diccionario humano, conocedor de todas las figuras literarias, sediento de libros, casi obsesivo, pero, cuidado, también ávido de aventuras y poéticamente arrojado. ¿Habrá sido ésta una especie de respuesta a la acusación de su compañero? Sea como sea, Méndez está seguro de que la discusión le costó estar fuera de la antología Pájaro de calor. Pesaba la opinión de Bolaño, dice, y argumenta: “Cuauhtémoc y yo éramos borrachos, marihuaneros y vagos. Roberto era una persona sobria. Fumaba pero no marihuana. Tenía más credibilidad que nosotros”[15].

Fotografía: www,lecturalia.blogspot.com

Lo cierto es que Méndez no se equivocaba en el interés que Bolaño tenía por publicar, de ahí sus paseos por las editoriales, y las revistas donde logró hacerlo eran parte del stablishment. Esto representaba un grado de contradicción para algunos infras. “Él era el único empeñado en publicar. Él era el que buscaba al editor, él hábil que era capaz de negociar y no sentirse mal por hacer negocios”, dice Guadalupe Ochoa. En su opinión, Bolaño estaba preocupado por obtener reconocimiento mientras el resto optaba por un trabajo colectivo[16].

Generalmente sus poesías eran publicadas en antologías. Por ejemplo, en 1974 la Revista mexicana de cultura (periódico El Nacional) publicó “Poesía joven inédita en Chile”; con nota y selección de Bruno Montané. O la antología infrarrealista en Plural, hecha por Mario Santiago (mencionada en el capítulo anterior). Lo más probable es que Bolaño hiciera los contactos para lograr estas publicaciones, pero no denotan un protagonismo de su parte.

También publicó como periodista en Plural (post- Paz) entrevistando a Poli Délano y a los estridentistas Maples Arce, List Arzubide y Arquéles Vela. Éstos últimos en la novela también son interrogados para la misma revista pero por Belano y Lima juntos, y sería la forma en que se enteran de la existencia de Cesárea Tinajero (según Piel Divina)[17]. Además participó como crítico literario junto a Jorge Alejandro Boccanera [quién puede homologarse a Fabio Ernesto Logiacomo, un argentino a quien invitan los fundadores del Infrarrealismo a participar de un diálogo internacional sobre la salud de la nueva poesía latinoamericana, y que terminan haciendo solamente él y Belano[18]]. El artículo tiene por título: “La nueva poesía latinoamericana, ¿crisis o renacimiento?”. Allí, taxativo como hasta sus últimos días, declara:

– Creo una cosa: si bien ahora el panorama general de la nueva poesía latinoamericana es un cincuenta por ciento clandestino, dentro de poco tiempo lo será en un cien por ciento. En una época de crisis, el poeta se lanza a los caminos. De esta inmersión obligatoria en mundos nuevos renace la poesía, la verdadera poesía, o se va todo al carajo[19].

A pesar de ese sombrío pronóstico Bolaño era obstinado en su escritura. De hecho publicó su primer poemario en México en 1976. Éste se llama Reinventar el amor y es en realidad un único largo poema de nueve partes. Fue creado en la imprenta artesanal de Juan Pascoe, Taller Martín Pescador, y Carla Rippey hizo el trabajo de arte de la portada. De ese primer libro publicado se extraen los siguientes versos:

En el borde de una cama de latón

una muchacha rubia se pinta las uñas de azul

mientras las luces de la madrugada entibian

los vidrios sucios de su única ventana.

El agua corre en el baño

y su mesa de noche es una naturaleza muerta

de algún primitivista neoyorkino.

Mientras en el radio tocan una marcha fúnebre

ella se sienta frente al espejo (…).[20]

Lo singular de su estilo es que si quitáramos el uso del verso libre y juntáramos las frases, tendríamos el comienzo de una narración descriptiva. La crítica y los mismos infrarrealistas[21] indican que los poemas de Bolaño son muy narrativos. Y vistos desde la perspectiva de su trayectoria, vienen a significar la médula de sus obras en prosa.

Fotografía: http://garciamadero.blogspot.com

Por la forma en que están redactados muchos de sus poemas podrían ser notas en sus cuadernos. Bolaño escribe sobre sus vivencias durante los años que pasa en México, incluido el viaje por América y Chile en el 73, y las transforma en material para sus poemas, cuentos y novelas, como si reciclara constantemente aquellos viejos apuntes. En su poemaSentados en los muelles debajo de las grúas” de 1976, dice: “No me explico a la vieja Lillian vendiendo las pinturas/ de su hijo el invisible y diciendo poemas/ cuyos protagonistas aman y mueren en la época/ de Maximiliano y Juárez o bien son vacas y gatos (…)”[22]. La mujer de la que habla, Lillian Serpas, como ya se ha dicho, era parte de su cotidianidad en el café La Habana, y es la misma que después aparece en la novela Amuleto.

De ese mismo diario vivir, en el poema “Notas para componer un espacio”, describe a las mujeres de la clase media-alta que acostumbran ir a la Casadel Lago. Con un lenguaje sencillo y directo otorga una imagen nítida como si en realidad escribiera una crónica muy personal: “Las mujeres que llegan a la Casadel Lago/con sus automóviles y sus hijos/ de un año o tres o cuatro/ me observan soñolientas/ Ellas son rubias y gustan pasearse por las galerías/ donde se pudren cuadros hechos por muchachos decentes”[23].

En definitiva, sus poemas son parte de un todo orgánico, quizás la cosmogonía de su universo, puesto que muchas de sus temáticas tienen eco en su prosa y en sus dichos. Esto es incluso más factible si consideramos que Bolaño escribió todas sus novelas teniendo un solo esquema en la cabeza, ya lo decía en el 2003: “la estructura de mi narrativa está trazada desde hace más de veinte años y allí no entra nada que no se sepa la contraseña”[24].

 


[1] Juan Pascoe, cuestionario de Felipe Ossandón.

[2] Entrevista a Carla Rippey, México D.F., febrero del 2006.

[3] Juan Pascoe, cuestionario de Felipe Ossandón.

[4] Ibidem.

[5] Entrevista a Carla Rippey, México D.F., febrero del 2006.

[6] Ibidem.

[7] Entrevista vía mail a Rubén Medina, mayo del 2006.

[8] Woolf, Virginia. Las olas. Santiago, 1967. Ercilla, 3ª edición, p. 32.

[9] Entrevista a Guadalupe Ochoa, México D.F., febrero del 2006.

[10] Entrevista vía mail a Bruno Montané, junio del 2006.

[11] Entrevista a Guadalupe Ochoa, México D.F., febrero del 2006.

[12] Bolaño por sí mismo, entrevistas escogidas, p.  55 (López, Oscar. “Claro: necesito fumar”).

[13] Entrevista a Ramón Méndez, Morelia, México, febrero del 2006.

[14] Ibidem.

[15] Entrevista a Ramón Méndez, Morelia, México, febrero del 2006.

[16] Entrevista a Guadalupe Ochoa, México D.F., febrero del 2006.

[17] Los detectives salvajes, p. 352.

[18] Ibidem, p. 149.

[19] “La nueva poesía latinoamericana, ¿crisis o renacimiento?”, p. 43.

[20] Bolaño, Roberto. Reinventar el amor. Ciudad de México, 1976. Taller Martín Pescador, 1ª edición, p. 9.

[21] Guadalupe Ochoa, Ramón Méndez y Juan Villoro.

[22] Bolaño, Roberto. “Sentados en los muelles debajo de las grúas”. Punto de partida. Nº 47-48. 1976. P. 34.

[23] Bolaño, Roberto. Muchachos desnudos bajo el arcoíris de fuego. Once jóvenes poetas latinoamericanos. México, 1979. Ed. Extemporáneos, 1ª edición, p. 142.

[24] Bolaño por sí mismo, entrevistas escogidas, p. 84 (Pinto, Rodrigo. “Nunca creí que llegaría a ser tan viejo”).

El autor:

Montserrat Madariaga Caro | (Viña del Mar,1982). Periodista freelance. Autora del libro Bolaño Infra: 1975-1977. Los años que inspiraron Los detectives salvajes (RIL, 2010). Vive en Quilpué con su familia: el Picolino, el Bou y Juanjo Sometimes.

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