El carácter de Bolaño (primera parte)

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Hoy, 15 de julio de 2013, se cumplen 10 años de la partida de Roberto Bolaño. Esta semana, en Terminal recordamos al autor y su obra. Comenzamos con “El carácter de Bolaño”, primera entrega de un capítulo íntegro del libro “Bolaño infra”, de Montserrat Madariaga Caro. 

El carácter de Bolaño (1a parte)

Ilustración: gentileza de Alen Lauzan (http://alen-lauzan.blogspot.com/)

“Nos habíamos conocido en 1976 en una premiación de la revista Punto de partida. El tenía 23 y yo 20. Hubo un cóctel en los jardines de Ciudad Universitaria y me detuve a hablar con Poli Délano, jurado de cuento. Roberto había leído a Poli y se acercó a hablar con nosotros. Llevaba anteojos de Groucho Marx y el pelo agitado por un viento imaginario que conservaría dos décadas después.”[1] Quién relata es Villoro, el que conoció a Bolaño como uno de los jóvenes del D.F. que, como él, querían escribir. Supo que era poeta, o al menos lo intentaba, y se sorprendió de su carisma, rara entre sus pares: “Imposible olvidar sus locuras, el entusiasmo, el disparate, su vitalidad para provocar conversaciones increíbles. A mí me deslumbró, me pareció una persona notable”[2].

Délano le comentaba a Villoro que su cuento tenía mucha influencia del primer Antonio Skármeta, el de Desnudo en el tejado, cuando el extraño poeta se intercaló opinando sobre la literatura chilena, diciendo lo mucho que le gustaban los cuentos de Skármeta y del mismo Délano: habían logrado algo semejante a lo que Chéjov y Dostoyevski habían hecho por el alma rusa, Villoro recuerda que dijo, y agrega: “Roberto siempre fue muy exagerado y muy elocuente; sus elogios se disparaban hasta el cielo y sus críticas te llevaban al séptimo círculo del infierno, donde están los asesinos.”[3]

El Bolaño de ese entonces ni se imaginaba que veinte y dos años después, la prensa chilena estaría regocijándose con sus comentarios impiadosos sobre Skármeta y la “nueva narrativa”. En la segunda década de su vida era un voraz lector que gozaba con las sagas urbanas y bohemias de los cuentistas chilenos. Una vez Villoro y Rodrigo Fresán, ya cuando Bolaño era adulto, le dijeron que la misma persona pudo haber escrito en su juventud los primeros cuentos de Skármeta y años después Los detectives salvajes, por tener la misma raíz estilística y cultural, comentario que no fue bien recibido. Fue un enojo afectuoso, concluye Villoro, quien aclara que “ahora Skármeta y Roberto representan dos tendencias distintas, pero en aquel tiempo Roberto tenía una gran devoción por la literatura que narraba las vidas en el camino. Esa es una temática muy típica de la época y de lo que después serían Los detectives salvajes.[4]

Sin embargo, Bolaño no sólo era fustigador con los demás, sino también consigo mismo. Villoro da cuenta de ello en el diálogo que tuvieron aquella vez en la premiación: “Supo que yo había quedado segundo en cuento y dijo: yo apenas quedé tercero en poesía, aunque en realidad merecía una amonestación.[5]

Dentro de esos poemas, por los que, según él, debían tirarle de las orejas, está “Carlos Pezoa Véliz escritor chileno”, una figura que Bolaño usa para decirnos lo que piensa de la literatura chilena.

Fotografía: http://caravanaderecuerdos.blogspot.com

Pezoa Véliz fue un poeta pobre, como muchos de sus pares. Vivió de 1879 a1908, y durante todo ese tiempo nunca publicó un libro, sus poemas estuvieron desperdigados por diarios y revistas. Trabajó como periodista y al final de sus días fue Secretario Municipal de Viña del Mar, quizás en un último esfuerzo por ser una persona convencional. Cuatro años después de muerto fue compilado por Ernesto Montenegro. Con el tiempo algunos críticos han llegado a decir que es el antecesor de Nicanor Parra por su lenguaje coloquial y temple de parodia, por retratar la vida del campesino pobre, de los relegados, de los humillados, y también las costumbres de las ciudades dejando un registro del chilenismo.[6] Sin embargo, los que hoy leen sus poemas son minoría. “Entienda./ Voy a quedar inválido./ Voy a morir./ Y Nicanor Parra será el antipoeta, no yo.”[7] Dice Pezoa Véliz en el poema de Bolaño.

Esto demuestra que ya en 1976 Bolaño disfrutaba sacando a luz a poetas que estaban apolillados en los anaqueles. “Nuestras experiencias, entre ellas el acto de escribir desesperadamente en un callejón sin salida, nos han orillado a rencontrar [sic] antiguos totems, largo tiempo ocultos (ninguneados o manipulados por la tradición oficial) y a tomar de ellos lo más corrosivo, lo más fresco”[8], escribiría él mismo un año después.

El hurgar en el pasado y desenterrar tesoros fue algo que continuó haciendo durante toda su vida y que se nota en su columna “Entre paréntesis”, donde está constantemente recordándonos que no sólo existen los clásicos, que está bien leer a Victor Hugo pero también a Alphonse Daudet; o a André Breton pero también a Sophie Podolski. Sus inventarios poéticos incluyen a escritores latinoamericanos y es especialmente crítico en el caso de Chile: “cuantas mitades de genios chilenos/ se nos quedaron en las manos,/ ah patria de amargos pajeros./ Déme un pisco por favor.”[9] Dice el hablante lírico de “Carlos Pezoa Véliz escritor chileno”. Y luego: Me dan ganas de decir Carlos Pezoa Véliz es Chile./ En la cordillera vive./ Es buzo, vive en el mar./ Vuela como un angelito de esas despedidas de angelitos de Violeta Parra./ Pero no es verdad./ A estas alturas de Pezoa sólo quedan poemas y cuentos/ y puentes que dan a otros puentes/ “Gran Encrucijada De La Literatura Chilena”[10].

Desde los veintiséis años, o tal vez antes, que Bolaño tenía un criterio formado sobre la literatura en Chile, la patria de amargos pajeros. Y lo sorprendente es que mantuvo exacto su juicio a través del tiempo. En su última entrevista antes de morir, Mónica Maristain de la revista Playboy en México le pregunta qué es la literatura chilena, a lo que Bolaño responde: “Probablemente las pesadillas del poeta más resentido y gris y acaso el más cobarde de los poetas chilenos: Carlos Pezoa Véliz, muerto a principios del siglo veinte, y autor de sólo dos poemas memorables, pero, eso sí, verdaderamente memorables, y que nos sigue soñando y sufriendo”[11].

Opiniones abismales como aquella hay por montones en los registros que dejó a la prensa. Si hay algo que lo caracterizó desde el principio fue su ironía y su sinceridad, muchas veces ofensiva para algunos. Era un provocador. Pero supo combinar, probablemente de manera inconsciente, su veta polémica con su capacidad para encantar a la gente. Bolaño tenía carisma, como lo constató Villoro apenas lo conoció, y también Guadalupe Ochoa:

Fotografía: www.dirac.minrel.gov.cl

–      Él era muy seductor, muy simpático, de verdad que era bello, tenía esa sonrisa a medio lado que aparece en todas las fotos. Roberto era muy convincente, aún más leyendo. O sea la historia como la platicaba, te quedabas como encantada. Era así como el flautista de Hamelin”[12].

En el grupo Bolaño era el que relataba lo que había pasado en la última fiesta, el que reconstruía los hechos y sazonaba con cuotas de imaginación. Con las palabras en vez de una flauta iba creando notas que muchos querían escuchar. Villoro en el prólogo de Bolaño por sí mismo, describe esta costumbre:

–      Como conversador era menos enfático [que en sus juicios], pero su temperamento dependía de las exageraciones, y los exagerados dominan la plática. Hacía muchas preguntas, mostraba genuina curiosidad por los datos más nimios de los otros, las travesuras que habían hecho los niños, cualquier cosa que le contaran las mujeres, y luego recuperaba el hilo de una historia larguísima, animada por la contundencia de los adjetivos, que podía ser sórdida hasta el disparate. Hablaba con un exaltado afán de veracidad, como si los detalles precisos fueran cuestión de honor. Lo oí referirse con idéntico sentido de la apropiación a asesinos seriales, estrellas porno, trovadores merovingios, poetas perdidos en el México del siglo XIX[13].

Carlos Chimal también lo recuerda contando historias locas, siempre con juegos de palabras e inventando cosas[14]. Para Carla Rippey, era un entusiasta, incluso lo considera como una de las personas más divertidas que ha conocido[15]. Peguero concuerda con Rippey en que era cómico, adjetivo que inmediatamente lo lleva a recordar el fanatismo de Bolaño por la banda de rock Kiss[16].

Ese mismo carácter extrovertido lo hace buscar el trato con escritores y poetas ya mayores, tal es el caso de Hugo Gutiérrez Vega, a quien Bolaño visitaba en su oficina del Departamento de Difusión Cultural de la UNAMpara conversar de literatura y otros temas en general. “Le interesaba mucho la historia de México, era uno de sus temas predilectos, particularmente el siglo XIX”[17], dice Gutiérrez, quien a su vez, era un ex lector de la revista chilena El Peneca, y que vio en el joven poeta su oportunidad para rememorar aquel comic. Rubén Medina fue testigo de ésta práctica y recuerda que Bolaño: “buscaba su amistad [de los mayores] y sobretodo dialogar sobre cuestiones estéticas y políticas, y más específicamente sobre la actividad de escribir. En ese contexto tuvo una relación cercana con Efraín [Huerta] y también con otros escritores chilenos entonces exiliados o viviendo en México como Poli Délano y Hernán Lavín Cerda. Y también con Miguel Donoso Pareja (…)”[18].

Pero otros como José Vicente Anaya vieron en Bolaño una faceta que ya no trataba sólo de una efervescente personalidad, sino de un afán por ser el líder de los infrarrealistas. Como ejemplo de ello, Anaya relata la vez que les tocaba hacer el texto que los definiría como un grupo de vanguardia: “Yo hablaba de participación colectiva; él decía que había que hacer un solo manifiesto que todos firmaran y que él escribiría. Y yo plantee que eso era incorrecto, que cada uno debía hacer un manifiesto, dar un voto de confianza y, sin leer los de los otros, estar de acuerdo con lo que se escribiría porque compartíamos la misma inquietud”[19]. Finalmente se hicieron tres: el de Bolaño, de Mario Santiago y de Anaya. Pero sólo el primero fue publicado en la revista del grupo, Correspondencia infra.

Anaya veía en Bolaño una actitud caudillista, mientras que él creía profundamente en los colectivos sin jerarquías. Había en el chileno una tendencia a imponer cosas, según Anaya, que lo llevó a tener pleitos con algunos como él mismo y Harrington. Incluso en el momento de despedida, cuando Bolaño estaba por partir a Europa, contrastaron sus criterios, aunque en plan afectuoso:

–      cuando Bolaño se despidió de mí, me dijo literalmente: bueno, ya que te quedas tú aquí estás al mando de los infrarrealistas. Y yo le dije: siempre he estado en desacuerdo con que haya un mando, de ninguna manera acepto esto. Lo que pasa es que tú te crees el André Breton de los infrarrealistas. No –me dice- lo que pasa es que tú te crees el Antonin Artaud[20].

Rubén Medina reconoce que Bolaño a menudo actuaba como líder, pero también aclara que “era un movimiento en el que todos opinaban, proponían, hacían y deshacían”[21]. No como en Los detectives salvajes, donde Belano tenía a los realvisceralistas arrinconados de susto por su inesperado espíritu purgatorio. De la nada, y entre las sombras, porque nadie sabía el paradero de Lima y Belano, éste comienza a expulsar poetas. Ocasión que Bolaño aprovecha para incluir la opinión de Anaya en voz de Jacinto Requena: Belano se cree Breton. En realidad todos los capo di famiglia de la poesía mexicana se creen Breton[22]. Fuera la intención de éste ser el líder del grupo o no, queda claro que tenía una personalidad fuerte. No dudaba de su talento ni perdía oportunidad de mostrarlo. Pero esto era algo muy propio de los infrarrealistas, después de todo, había que tener una dosis de arrogancia para ir en contra de la corriente.



[1] Bolaño por sí mismo, entrevistas escogidas, p. 16.

[2] Entrevista a Juan Villoro, México D.F., febrero del 2006.

[3] Ibidem.

[4] Entrevista a Juan Villoro, México D.F., febrero del 2006.

[5] Bolaño por sí mismo, entrevistas escogidas, p. 16.

[6] http://www.memoriachilena.cl/mchilena01/temas/index.asp?id_ut=carlospezoaveliz(1879-1908)

[7] Bolaño, Roberto. “Carlos Pezoa Véliz escritor chileno”. Punto de Partida. Nº 49-50. 1976. P. 32.

[8] Bolaño, Roberto y Boccanera, Jorge Alejandro. “La nueva poesía latinoamericana, ¿crisis o renacimiento?” Plural. Nº 68. 1977. P. 46.

[9] “Carlos Pezoa Véliz escritor chileno”, p. 33.

[10] Ibidem.

[11] Bolaño por sí mismo, entrevistas escogidas, p. 63 (Maristain, Mónica. “El mundo está vivo y nada vivo tiene remedio”).

[12] Entrevista a Guadalupe Ochoa, México D.F., febrero del 2006.

[13] Bolaño por sí mismo, p. 11-12.

[14] Entrevista a Carlos Chimal, México D.F., febrero del 2006.

[15] Entrevista a Carla Rippey, México D.F., febrero del 2006.

[16] Entrevista a José Peguero, México D.F., febrero del 2006.

[17] Entrevista a Hugo Gutiérrez Vega, México D.F., febrero del 2006.

[18] Entrevista vía mail a Rubén Medina, mayo del 2006.

[19] Entrevista a José Vicente Anaya, México D.F., febrero del 2006.

[20] Ibidem.

[21] Entrevista vía mail a Rubén Medina, mayo del 2006.

[22] Los detectives salvajes, p. 101.

El autor:

Montserrat Madariaga Caro | (Viña del Mar,1982). Periodista freelance. Autora del libro Bolaño Infra: 1975-1977. Los años que inspiraron Los detectives salvajes (RIL, 2010). Vive en Quilpué con su familia: el Picolino, el Bou y Juanjo Sometimes.

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