“El caballo perdido” cumple 70 años

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En 1943 se publicó por primera vez “El caballo perdido”, de Felisberto Hernández. Un clásico de la literatura uruguaya, que hoy recordamos de la mano de Augusto Munaro.  

“El caballo perdido” cumple 70 años

Hacia fines del siglo XIV, en su obra eclesial Confesiones, San Agustín cuestionó el tiempo, uno de los temas más indescifrables del hombre. “¿Qué es, en efecto, el tiempo? ¿quién sería capaz de explicarlo sencilla y brevemente? ¿Quién podría, para formularlo con palabras, aprehenderlo siquiera con el pensamiento?” (Libro XI, Cap. XI). Fue uno de los más tempranos y correctos intentos en revelar los misterios de la cuarta dimensión. Buscó adentrarse en la materia y pudo afirmar que había tres tiempos posibles: “presente de lo pasado (memoria),  presente del presente (lo que vemos) y el presente del futuro (la espera)”. Un buen inicio por tratarse de una cuestión tan compleja.

Fotografía: www.artishock.cl

Quizás nadie como Felisberto Hernández, uno de los escritores rioplatenses más originales, haya representado el drama del tempus fugit (tiempo fugitivo), de modo tan obsesivo. Al igual que Marcel Proust, un importante tramo de su existencia la dedicó a rememorar su pasado. Así dejó en tres libros -Por los tiempos de Clemente Collings, El caballo perdido y Tierras de la memoria– los recuerdos de sus años de infancia y juventud. No obstante, fue en El caballo perdido donde atravesó con su propuesta regiones inexploradas. Siguiendo los principios de San Agustín, el futuro para el autor uruguayo era una larga memoria del pasado.

Como se sabe, la dislocación temporal ha suscitado varias y perdurables conjeturas que fueron llevadas -con mayor o menor eficiencia-, al campo de la literatura. La más afamada quizás sea la idea de viajar en el tiempo. Recurso que explotó  H. G. Wells, con La máquina del tiempo; donde su protagonista viaja hasta el año 802.701 para hallar a la humanidad reducida a luchas maniqueas entre los morlocks y los elois. Algo más –aunque no mucho- sugiere el argumento sensiblero de Somewhere in Time, de Richard Matheson. Un joven estudiante, Richard Collier, se enamora de la actriz Elise McKenna, mejor dicho, de una fotografía de ella, dado que la intérprete había vivido hacía 75 años. Mediante un procedimiento harto ingenuo, el mero deseo potenciado por la poderosa evocación de Richard bastaron para suprimir las distancias (físicas y temporales) pudiendo así, trasladarse junto a su amada. Es evidente en este relato, la influencia de Théophile Gautier.

Más original resulta la olvidada novela de Leonard Cline, The Dark Chamber, allí, como asegura Lovecraft en El horror en la literatura: “un hombre trata de desafiar a la naturaleza y recuperar cada uno de sus momentos de su memoria pasada mediante el estímulo anormal de la memoria. Para ello utiliza interminables notas, escritos, objetos evocadores y retratos, y después olores, música y drogas exóticas”. De este modo, realizando ciertos ejercicios asociativos, podría cada uno de nosotros revivir el pasado detalladamente. Una obra que ofrece fundamentos y preceptos biológicos inquietantes, aunque el argumento sensiblero termine por entorpecer su desenlace. Para concluir con los más interesantes ejemplos, vale recomendar el ensayo An experiment with time, de J. W. Dunne.

Pero en El caballo perdido, el narrador prescinde de viajes hacia mundos paralelos. Tampoco se auxilia en tecnicismos científicos o frases metafísicas que compliquen su lectura. Felisberto Hernández se limita a confiar sólo en sus sensaciones –deparados por los cinco sentidos- para emprender su viaje a través del tiempo. Para él, toda percepción sensitiva ayuda a fortalecer este principio. Así, el brevísimo libro registra las clases de piano a las cuales éste asistía siendo niño en casa de su profesora Celina. Le vastó una sola y modesta apreciación de su infancia para postular su teoría del recuerdo.

Fotografía: www.mercadolibre.uy

Al comienzo, el libro describe distintos episodios de su pasado de modo convencional. Las páginas están condicionadas a las sensaciones que ciertos objetos, aromas e ideas despertaron en el narrador al modo de los memorialistas Cané, o Torres Villaroel. Pero pronto el hilo narrativo se fractura, se astilla. Del recuerdo se pasa a la “sensación” del recuerdo, hasta llegar al punto de inflexión donde escribe: “Ha ocurrido algo imprevisto y he tenido que interrumpir esta narración. (…) Sin querer había empezado a vivir hacia atrás y llegó un momento en que ni siquiera podía vivir muchos acontecimientos de aquel tiempo, sino que me detuve en unos pocos, tal vez en uno solo; y prefería pasar el día y la noche sentado o acostado.”  El texto se ahonda hasta la confesión más íntima y conmovedora. Prefiere vivir en el pasado antes que el presente. Es una elección nostálgica, melancólica.

Felisberto Hernández seleccionó su viviencia más querida, la de su maestra de piano. De ese único y aislado recuerdo volvió –nos lo dice a lo largo de El caballo perdido– innumerables veces en su vida. “Celina no siempre entra en el recuerdo como entraba por la puerta de su sala: a veces entra estando ya sentada al costado del piano o en el momento de encender la lámpara”. Guardó en su memoria una imagen junto a Celina y la manipuló hasta hacer del presente un pasado continuo, desnudando los propios mecanismos de la conciencia con notoria elocuencia. Así llegó mediante una estética personal del recuerdo, a su modo de viajar en el tiempo.

El caballo perdido sugiere una nueva forma de concebir el mundo. Lo que no es poco. Es un libro cuya misteriosa ambigüedad –desconocemos si es un poema amoroso en prosa, una autobiografía, o un opúsculo filosófico- es proporcional a su amena lectura.

El autor:

Augusto Munaro | Periodista cultural. Publicó los libros Ensoñaciones: Compendio de Enrique de Sousa (RyC editora, 2006), El cráneo de Miss Siddal (Editorial Pánico el Pánico, 2011), Recuerdos del soñador evasivo (Alción editora, 2011), Cul-de-sac (Ediciones La Carta de Oliver, 2012), Todo sea por la excepción (Editorial Letra Viva, 2013) y Gesta Cornú (Editorial Lisboa, 2013).

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