Lazarillo de Tormes

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¿Qué hace a un libro un clásico? ¿Qué lectura podríamos hacer de una obra del siglo XVI a comienzos del XXI? Karen Mariangel recomienda el “Lazarillo de Tormes”, un espejo antiguo que todavía se burla, a carcajadas, de lo peor de lo nuestro.

Lazarillo de Tormes

Estampilla conmemorativa | http://letras-littera.blogspot.com

Muchos de quienes gustan de la literatura, por lo general escriben sobre el libro que les cambió la vida, que les abrió el tercer ojo literario o que, por cualquier tipo de razón emocional, es importante. Pienso en reseñas de Mi planta de naranja lima, Pregúntale a Alicia, Los ojos del perro siberiano… No me malentiendan, cualquier libro puede, efectivamente, cambiarnos la vida (independientemente de su -discutible- calidad). El punto es que no esperen encontrar en estas líneas una reseña sobre uno de esos importantes eventos literarios que nos marcan.

Al contrario: me dispongo a contarles sobre un libro que, casi invariablemente, la gente encuentra fome cuando le toca leerlo en el colegio. Algunos incluso lo detestan cuando se lo encuentran en sus años universitarios, y quién puede culparlos: escrito en el español circumbirúmbico del siglo XVI, con alusiones a un contexto desconocido, para burlarse de referentes que difícilmente podríamos encontrar en el mundo actual (¿alguien conoce algún buldero?).

Da la impresión de que pocos somos los ñoños que lo leemos por gusto. ¡Oh, wait!. Yo acabo de leerlo de nuevo, aunque debo decir que la cosa partió por obligación. ¿Les conté que soy profesora de Lenguaje? Bueno, ya, de Castellano.

Ocurre que mis alumnos están leyendo el Lazarillo de Tormes. No me referiré al descriterio pedagógico detrás de esta decisión, porque eso da para una entrada completamente distinta, en un blog que algún día actualizaré. La cosa es que igual están obligados, como tantos otros, a leerlo y, lo que es peor, responder una serie de preguntas respecto a él.

Ilustración: www.grisoalex.wordpress.com

Como cada vez que debo aplicar un control de lectura, releí el famoso Lazarillo, y me reencontré con ese personaje despreciablemente adorable, a quien es muy fácil odiar y también perdonar. Imaginé cómo sería Lázaro en nuestros días: feliz en el casting de Diamantes en Bruto, haciendo el Pepito Paga Doble en el centro, o como protagonista de un comercial de jugos.

Para los que no sean unos ñoños irremediables como la autora de estas líneas, les cuento que el Lazarillo de Tormes se publica en 1554. Hace rato ya. Es una novela picaresca, género revolucionario para la época. La novelita en cuestión tiene como protagonista -oh, sorpresa- a Lázaro, un joven inocente que se va corrompiendo al encontrarse con mentirosillos, estafadores y otras joyitas en el camino. Transita de amo en amo, aprendiendo nuevas pillerías: vive con un ciego, un clérigo, un escudero, un alguacil y algunos otros. Cada uno de ellos encarna costumbres, por lo bajo, cuestionables.

La cosa es que uno de grande entiende eso de que los clásicos lo son porque se mantienen vigentes por los siglos de los siglos amén. Lázaro y sus amos rondan el imaginario colectivo. Pienso en la posibilidad de encontrarse con el (escudero) Pepe Pato enfermo de la facha pero muerto de hambre, paseando por el mall con el último IPhone sin saldo, con la deuda de la Smart TVque ocupa su living entero pesando sobre la billetera. Me imagino al ciego estafador, igual entonces que ahora, vendiendo sanaciones falsas, creando mundos donde siempre sale mal parado para inspirar la lástima del pópulum, o sencillamente ciego falso, de esos que piden con bastón, pero que miran la hora en el reloj que se deja ver piolita bajo su manga. A lo mejor ese ciego cruza caminos con el curita mentirosillo, tacaño, charlatán, como el cura falso de Peñaflor, ese que hacía misa y no era ni cura. ¿Se acuerdan? ¿Ese que pedía plata para las buenas obras y que clavó a la mala un crucifijo preparándose para Semana Santa? Un chanta, pues. Un pícaro… claro que pícaro suena harto mejor.

Leí por ahí que el pícaro pertenece al hampa, pero no es un delincuente. Y claro, eso porque el pícaro (Lázaro, Pepito Paga Doble, Falso Cura, Enfermo De la Facha) no tiene malas intenciones. Solo satisface sus necesidades: dinero, objetos, aprobación, estatus. Y si pensamos en que la novela picaresca (y aquí se me sale lo profe) tenía como una de sus características el mofarse de los defectos de una sociedad, bueno, entonces riámonos con Lázaro de nuestro propio relativismo moral, de nuestro arribismo, del hecho de que somos capaces de hacer cualquier cosa con tal de comprar la zapatilla de marca, la Tablet (que permanecerá, invariablemente, subutilizada y llena de juegos), el mueble de moda, la bicicleta hipster, el último Smartphone o lo que sea que nos haga sentir un poco menos proleta, algo más empoderados, en una sociedad donde importa más el qué dirán, tener más que el vecino o manejar un auto más grande/caro/moderno, que ser mejores seres humanos, más francos, honrados, solidarios, amables, cordiales y educados.

"El lazarillo de Tormes" de Luis Santamaría Pizarro (documentado entre 1884 y 1912). Óleo sobre lienzo | Museo del Prado | www.cvc.cervantes.es

El autor:

Karen Mariangel | Profesora en constante crisis vocacional, mamá, amante de la reinvención, dueña de Wabi Librería & Bazar. Soñadora empedernida. Lectora a ratos, víctima de postgrado inconcluso.

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