Gatsby, ¿cuál Gatsby?

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Conocer bien un libro y enfrentar la lectura que el cine ha hecho del mismo, en ocasiones, resulta una experiencia incómoda. Cuando el alma de un relato se diluye en la pantalla, es momento de volver a las páginas, en este caso, al “Gran Gatsby” de Francis Scott Fitzgerald. La crítica de María José Navia a la adaptación de Baz Luhrmanm. 

Gatsby, ¿cuál Gatsby?

Fotografía: www.alfaguara.com

En un momento crucial de la novela de Fitzgerald, The Great Gatsby, una sorprendida Daisy pregunta a su primo, Nick Carraway: “¿Gatsby?, ¿cuál Gatsby?” La pregunta, que en el momento, parece absolutamente inocente, adquiere ramificaciones que se extienden en el tiempo y que tienen consecuencias tremendas en el futuro de esta bellísima historia. Porque Gatsby es una presencia misteriosa, tardamos en llegar a él en el relato de Carroway, se escabulle entre la multitud que desborda sus múltiples fiestas, se diluye en los innumerables rumores que rodean su figura, pero luego esa cortina de humo cae y lo vemos, en toda su inmensidad, ambición y obsesión avasalladora y, por sobre todo, en su enorme dolor.

El Gran Gatsby es una historia de amor. Una historia de amor gigante. Una historia de decepción, de mentiras y las muchas víctimas que esa velocidad de la vida va dejando en su camino.

Todo eso es la novela de Fitzgerald.

Pero al ver la adaptación de Baz Luhrmanm, lo que queda en la cabeza es aquella primera pregunta de Daisy: “¿Gatsby?, ¿cuál Gatsby?”

Fotografía: www.lesdoit.com

Porque el Gran Gatsby no está aquí, en ninguna parte. No es que se pierda en el espectáculo (que ciertamente podría haber sido una posibilidad con Luhrmann) sino que, simplemente, no está. Lo que hay, en su lugar, es un payaso. Un Leonardo Di Caprio que parece congelarse cual figura de cera cada vez que dice “old sport”, la muletilla de su personaje. Lo que en Gatsby hay de natural, con su sonrisa fascinante y esa manera de mirar que es justo lo que uno necesita, en Di Caprio lo hay de impostura, de disfraz mal puesto, de maquillaje.

Dentro del desastre que es esta película, hay dos escenas francamente lamentables. En una, el marido de Daisy se escapa con su amante a un apartamento y hacen una fiesta que debió ser terrible y desaforada, como en el libro, pero que, en la película, es un mal digerido kitsch. La segunda, y más grave, es el primer encuentro, o reencuentro luego de cinco años, entre Daisy y Gatsby; el nerviosismo y la tensión que impregna estas páginas de la novela se vuelven parodia en el film; los espectadores se ríen (al menos fue mi experiencia en el cine) en uno de los momentos más tensos y maravillosos de la novela.

Me detengo un segundo para hacer una aclaración: yo fui a ver The Great Gatsby con todas las mejores intenciones del mundo. Me gustó mucho el trailer y pensé siempre que Luhrmann sería capaz de transmitir toda esa voracidad de las fiestas de Gatsby, ese monumento de carta de amor que construye para Daisy con los años. Pero ni siquiera queda eso. Las fiestas ni siquiera son todo lo espectaculares que deberían; las actuaciones son malas (Di Caprio, sobreactuado, Tobey Maguire, como Peter Parker otra vez, Carey Mullagan como una triste y muy débil Daisy), y los trucos simplones (con el uso del texto en pantalla) o el usar un sanatorio (que no está en la novela original) como escenario de la remembranza de Carroway, no alcanzan a cuajar del todo.

Quiero creer que la película, al menos, dejará la inquietud en el espectador. Que logrará adivinar, detrás de todos esos fuegos de artificio -que no logran nunca concretar un verdadero espectáculo- la maravilla de novela que es El Gran Gatsby. Y que correrá a leerla.

El autor:

María José Navia (Santiago, 1982) | Lectora y cinéfila compulsiva; escritora en proceso de aprendizaje. Publicó su primera novela SANT (Incubarte Eds.) en 2010 y espera publicar su segunda novela, Lost and Found/ Objetos Perdidos, a fines de este año. Sus cuentos han aparecido en diversas antologías. Twitter: @mjnavia Blog: ticketdecambio

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