Clochard/Dos

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Este manuscrito llegó a nuestra redacción firmado por el Clochard, profesor jubilado arrojado a la ciudad, errante vagabundo que con sus últimos ahorros optó por un viaje a la India en busca de libros e historias. Conocer a los intocables, quizá, le daría luces de cómo continuar al regreso a Chile. 

Clochard, el vago buscalibros (II)

Ilustración: Ena Cortés | /www.flickr.com/photos/lasrtasinestesica/

De tanto andar se encuentran los libros. El verano recién pasado, accediendo a los ahorros de una vida de p & p (privaciones y pellejerías), llegué al fin al aeropuerto de Pudahuel, iba a decir Pablo Neruda, el nombre que el parlamento chileno se farreó, con mi maleta de cartón y, como es habitual, enlutado. Tras 26 horas de vuelo y transbordos, zarandeos de los aeroplanos, jirones de nubes estancadas en las ventanillas (en una de ellas vi el rostro de una muchacha), aterricé en Delhi. El policía de aduana me preguntó:

-¿A qué viene?

-A buscar algo y a dejar algo, contesté. Estuvieron a punto de activarse las alarmas.

-¿Se trata de algún paquetito… de algo?

-En absoluto. Todo está aquí, y señalé cierta parte de mi pecho inclinada hacia el lado izquierdo.

-Es lo que me queda, comenté. Y entré en el misterio, en la densidad telúrica y espiritual de una tierra inmensa, un subcontinente, el país de Tagore y Gandhi; el de Ravi Shankar; el de Nehru y el del maharishi, el santón chanta de los Beatles.

Los días pasados, un mes, por tierras de brahmanes y de intocables, de hombres y de animales sagrados, santones alucinados y mujeres como sombras; de vacas sagradas en las calles, de triciclos a tracción humana y motocicletas veloces, los tuc tucs, fueron una estadía en el infierno y en el paraíso.

No hallé libros botados en las calles, repletas de seres miserables, basuras y ratas, con un tránsito caótico y ensordecedor, sólo me acompañaban mis recuerdos de las tiradas de versos del Ramayana y el Mahabarata, leídos en mis días de estudiante del curso Indagaciones Épicas de don Eleazar Huerta, en el Pedagógico de Macul. Los repetía como mantras en mis paseos nocturnos por Agra, Jaipur, Rajhastán, Varanasi, y mi sacrificial navegación por el Ganga river.

Floté en una barca sobre la  superficie sin oleaje del  Ganges, mientras el sol, una enorme esfera de colores carmesí, olivo y malva, surgía desde el confín del río. El barquero remaba y se oía el susurro de los remos al hundirse en el agua transparente. Deposité una ofrenda de flores amarillas, con una vela encendida en su centro, y la vi deslizarse río abajo, con la lentitud de toda la sobrecogedora escena. En el muelle cientos de seres se sumergían en el agua para limpiar sus cuerpos y entrar en la próxima vida desprovistos de impurezas. A un costado, casi tocando la ribera, en una pira de troncos incineraban cadáveres y arrojaban al río puñados de cenizas. No había sonidos ni olores. Todo fluía hacia algún lugar. Me tendí de espaldas en la barca y navegué mirando las nubes; después de boca, tratando de traspasar con mis ojos las tablas del bote, para ver si la ceniza de los muertos llegaba al fondo.

De vuelta, en el supermercado Santa Isabel de mi barrio, cuando la cajera me vuelve a preguntar:

-¿Acumula puntos? Respondo:

-No, sólo imágenes del gran libro de  la India

El autor:

Adriano Mazzei Labanca | domicilio desconocido

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