Armando Uribe Arce, el intelectual

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Sebastián Arena recomienda la obra epistolar y política de Armando Uribe, poeta chileno, abogado, exdiplomático y Premio Nacional de Literatura 2004. ¿Por qué hoy en particular acudir a la obra de Uribe? Aquí las razones.  

Armando Uribe Arce, el intelectual

Fotografía: http://descontexto.blogspot.com

Una teoría del poder que incluye no solo aspectos geopolíticos, sino también aquellos psicológicos del proceso de transformación del capitalismo global a su fase actual de mercado desregulado, sin control suficiente por parte de ningún Estado, por un lado, y el entendimiento de la apariencia sobrevenida imposición de un calculado ímpetu democrático para enmascarar el tránsito de la dictadura a lo otro, que ya no es dictadura pero tampoco democracia, junto con el inmenso trabajo ideológico que este fin demanda, son a mi juicio razones suficientes para leer hoy con más atención que nunca la obra de Armando Uribe.

La primera de estas razones tiene que ver con la  imposición de una nueva forma de soberanía, que no es propiamente estatal, sino  imperial, en el sentido histórico estricto del término. La imposición del imperio norteamericano, regulador del caos y renuente a tomar verdaderas responsabilidades con sus vasallos, ha sido un acontecimiento que tanto la academia como los medios de comunicación se han encargado con éxito de mantener a distancia de una ciudadanía conformista, embaucada por el efecto simplificador de lo material. Muy en sintonía con ese propósito, nos han pintado un Uribe muy conveniente, algo así como un excéntrico amargado, obsesionado con la muerte, y si bien puede que aquella obsesión tenga asidero en su obra poética, este rasgo es más accesorio que esencial: la esencia del pensamiento de Uribe conjuga a la perfección lo que antes de la tiranía del mercado se identificaba con una simple palabra, dada por muerta en nombre de la globalización: la política.

La segunda razón para leer a Uribe está en su entendimiento acerca del relato del Chile actual y su posición en un contexto de encubierta  ideología, totalitaria y universal. En nuestro país, mediáticamente y no sin altas cuotas de respaldo académico, se nos enseña la globalización como un fenómeno reciente y de cierta forma irreversible. Poco se dice respecto de su potencial totalitario, se evita hablar de un sistema mundial antiguo nacido ya en el siglo XVI y se busca dotar de ribetes de novedad los viejos vicios del capitalismo, suspendiendo de esta forma el tiempo. La ignorancia predomina en el análisis, se mistifica y glorifica la supuesta obra política de los nuevos padres de la patria, se nos dice respecto de Patricio Aylwin que fue una figura clave exactamente en el sentido inverso que lo fue, se dice de Pinochet que se le debe reconocer la obra económica de su gobierno, no se toca a Agustín Edwards ni a su Mercurio, para, a falta de justicia y verdad, terminar inventando una fabula que concluye con la moraleja de un país que decidió vivir sin idea para, según una muy pobre visión de la realidad, alejarse del problema de las ideologías. Nada menos sensato que creer que la prueba de que una ideología funciona tiene que ver con el grado de conocimiento consciente de aquella. Al contrario, mientras más invisible, mientras menos es tomada una ideología como ideología sino como el sentido común o la verdad objetiva, un sistema de ideas funciona mejor y más libremente.

Acá en Chile, pese a ciertos avances, la justicia no ha dejado de ser “en la medida de lo posible” y las explicaciones que debiesen ser marcadamente históricas y políticas se han dejado en boca de ingenieros comerciales, “cientístas políticos” (el autocorrector me dice: ¡cuentistas!) y abiertamente a charlatanes, que pasan por expertos en temas internacionales, que sí pueden hablar de la CIA y elucubrar falsas conspiraciones, en fin, mentir con las ropas de la verdad.

Fotografía: www.mercadolibre.com

Chile y su triste lugar dentro de la segunda mitad del siglo XX, como un fascismo con síntomas del fascismo europeo (las operaciones del tipo nacht und nebel[1]), la gravedad sin precedentes de la Operación Cóndor, el anticomunismo visceral, Chile como paradigma de la intervención norteamericana sin desembarco de marines, Chile como cuna del Neoliberalismo, Chile como advertencia para aquellos gobiernos que se decidieran por la emancipación del sistema norteamericano y luego, país laboratorio del mercado. Un Chile que quienes hoy manejan la ciencia y las comunicaciones se han preocupado de mistificar como país de éxito, modelo a seguir, “los hombres públicos y militares, como el empresariado: tecnócratas de provincia con disfraz de doctorados, maestrías, licencias y uniformes de porteros de hotel de mala muerte, su hotel es global” (Armando Uribe, “Carta abierta a Patricio Aylwin”, p.102).

Dentro de este contexto, pesimista según la ignorancia programada, debe insistirse en que Uribe ha pertenecido a lo largo de su vida a distintas generaciones epistolares – libros lanzados como solicitudes voluminosas y remotas de amistad,  dice Sloterdijk – leyendo en psicoanálisis a Freud, Jung, Lacan, Matte Blanco y otros. Contemporáneo de Derrida, con quien compartió lugar en Los Estados Generales del Psicoanálisis a comienzos del año dos mil en un evento que congregó a más de mil psicoanalistas e intelectuales de todo el mundo en la Sorbona;  contemporáneo de Chomsky, a quien recuerda junto a Cortázar en sus memorias en alguna sesión para escuchar los primeros testimonios de torturados políticos que lograron salir vivos de Chile. Eso es Uribe, ahí es donde hay que ponerlo. Su escritura es por tanto parte no solo de la memoria política y diplomática, sino parte de la memoria intelectual en un sentido muy amplio del siglo XX mundial y chileno. En nuestro país, se sabe, fue cercano a Neruda, al mismo doctor Matte Blanco, a Juan Luis Martínez, eso dentro del terreno de las letras, en la pintura a Nemesio Antúnez y en el cine a Raúl Ruiz. En el arte, su esposa Cecilia Echeverría no gozó de menor prestigio.

Fotografía: www.premioaltazor.cl

Tomando en cuenta parte de esa línea intelectual, es muy difícil que Uribe hubiese tenido alguna razón para obviar al psicoanálisis como instrumento de comprensión del comportamiento político. Lo múltiple, lo ilógico y lo en apariencia irracional del comportamiento humano en sus manifestaciones incluso más atroces, como sucedió en el caso del fascismo en Chile, deben ser estudiadas desde distintas ramas de las humanidades y las ciencias que conciernen al hombre (y no diré sociales, puesto que lo que se conoce hoy como ciencias sociales en Chile son conocimientos que, salvo excepciones, no constituyen otra cosa que el sustento cultural de la política económica neoliberal, y son por regla general un amasijo de mentiras teóricas dolosas destinadas a mantener el funcionamiento normal del injusto sistema imperante, administradores de la crisis).

Y a quien le parezca apresurado o inútil lo teórico, y dentro de lo teórico lo psicológico,  debemos advertir que nuestros amigos liberales se han adelantado a nosotros, como buenos ex revolucionarios, en este entendimiento. Son ellos los que explotan de mejor forma esta “nueva” forma de ingeniería social pormenorizada y especializada en lo que Chomsky ha llamado la industria de la creación del consentimiento, que consiste en una suerte de psicología de masas tendiente no solo a crear y justificar necesidades respaldadas teóricamente como infinitas, sino vender con ello las soluciones. Soluciones ficticias para problemas ficticios, que van desde cuestiones de consumo superfluo hasta tremendas campañas políticas para elegir a los candidatos que el poder nos ha designado como los aptos, para Uribe, con ironía: ¡Los mejores!

Astucias y pillerías, redes de contactos y grupos sociales en donde el fracaso no es posible. Desprecio por la labor intelectual, incluso en la academia o más bien dicho, sobre todo en la Academia; la curiosa convergencia de los medios de comunicación supuestamente opuestos, diarios progresistas como The Clinic que empiezan de a poco a parecerse a la sección internacional del Mercurio, exhibiendo una nueva fiebre Macartista a nivel latinoamericano.

Todo esto debiese contrastarse con el giro totalitario que empieza a exhibir la democracia en su extensión planetaria, a nivel local uno de estos síntomas es por supuesto la criminalización de los movimientos de protestas, el devenir de la antigua guerra armamentística no se detuvo y ha derivado en una industria sofisticada en la producción y solución de conflictos internos: “La carrera armamentística responde hoy a la carrera por las explosiones sociales. A pesar del fin de la guerra fría y la ausencia de guerras entre estados, los grandes estados pacificos, industriales y ricos perfeccionan incesantemente sus armamentos y sus ejércitos sin enemigos designados” (El imperio del Caos, Alain Joxe: página 202).

La sensación de inseguridad la aportan los medios de comunicación, y ese sea quizás  el nicho definitivo de estos en la producción de la subjetividad de masas.

“Fíjese que tanto me molesta que encuentro una injusticia el estar mirando lo que ocurre “en vivo” en otra parte cuando hay sufrimiento. He llegado muy pronto a decirme a mí mismo que la televisión debería transmitir a aquellos que miran, los sufrimientos de los que están “en vivo…” (Conversaciones en privado, con Miguel Vicuña y Eduardo Vasallo, Armando Uribe: página 104).

Fotografía: scribd.com

Quizás haya llegado el momento de enfrentar, con todas las consecuencias que eso traerá, el estado actual de las cosas. Para eso, el examen de la obra política de Uribe es fundamental,  porque la clave de sus libros ha sido la del análisis de los sucesos traumáticos o momentos críticos que la institucionalidad chilena ha enfrentado aceleradamente desde los sucesos de 1973 en adelante. El “Libro Negro de la Intervención Norteamericana en Chile” entrega una documentación indispensable, de primera fuente, respecto al estudio de las relaciones chileno – norteamericanas y las formas en que derivó el plan de acción propuesto por Nixon a Kissinger para encargarse del asunto chileno. De esta crisis en particular, nace otro episodio al que Uribe dedicará “Carta Abierta a Agustín Edwards”, en la que acusa a este último, con pruebas testimoniales y documentales, de ser el principal promotor chileno de la intervención norteamericana a la vez que asset[2] o recurso principal de la CIA en Chile para controlar mediante el periódico El Mercurio, de su propiedad, la agenda y los ánimos nacionales e incitar abiertamente a la violencia contra el gobierno legitimo. El libro “Carta abierta a Patricio Aylwin” muestra las inestabilidades somatizadas como toques al Estado en los albores de lo que equívocamente se ha denominado retorno a la democracia o transición a la democracia. La cuestión de poner nombre a los procesos históricos en marcha ha demostrado no ser el fuerte del conglomerado hegemónico, al igual que la defensa de los derechos básicos y de forma prominente, al haber inclusive boicoteado de forma decisiva la aplicación de justicia por los hechos cometidos durante la dictadura.

El “Accidente Pinochet” es quizá el cierre definitivo de la tesis de Uribe respecto a que el control del país está siendo llevado por personas de muy mediocre formación en conjunto con un inquietante poder financiero internacional, que incluye principalmente al norteamericano,  dispuesto a regular el conflicto según sean sus necesidades estratégicas. La defensa transversal a Pinochet durante su detención en Londres delató una suerte de arco único que incluye a todos los sectores que han venido interpretando los papeles de  gobierno u oposición durante las últimas décadas. La defensa miserable de un enemigo del género humano no pudo sino revelar a los ojos de Uribe rasgos de profundo desprecio por la justicia y la nula identificación con la historia del país en la psique de quienes mantienen el control de lo político. Por su formato de entrevista/dialogo con las interesantes anotaciones de Miguel Vicuña y sobre todo por ahondar en los aspectos psicológicos profundos que significa el arquetipo de Pinochet,  las pulsiones que genera, y los entes que danzan como ratas a su alrededor, este libro sea quizás el más indispensable de los que he mencionado.


[1] Decreto “Noche y niebla”, nombre dado a las hitlerianas “Directivas para la persecución de las infracciones cometidas contra el Reich o las Fuerzas de Ocupación en los Territorios Ocupados” instituidas para, en la práctica, aplicar la desaparición forzada de personas en medio de la noche y la niebla. Cfr: Armando Uribe: “El accidente Pinochet”, pagina 73.

[2] “El asset no es un “agente” ni funcionario del servicio de inteligencia. Mucho menos es remunerado regularmente. Se trata de un contacto superior de la agencia, disponible para ella y consciente de sus vínculos especiales con ella. En numerosos libros y documentos de casos pasados se revela que esos “assets” han sido presidentes de sus países, jefes de gobierno y estado, y algunas grandes personalidades” (Carta abierta a Agustín Edwards, Armando Uribe, página 31)

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