Clochard, el vago buscalibros

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Por las calles de Santiago se le ha visto. Es el clochard Adriano Mazzei, un vagabundo enmarcado en el tiempo vacío del jubilado, afanado en buscar libros inútiles por la ciudad. Sentado a la vera del camino, despojado de títulos y deberes, gana vida en cada página que lee. De vez en cuando envía manuscritos para Terminal. Ena Cortés los ilustra. 

Clochard, el vago buscalibros

Ilustración: Ena Cortés | /www.flickr.com/photos/lasrtasinestesica/

De flaneur a clochard. Basta que te arrastren las aguas del destino. No requiere gran esfuerzo. El flaneur era, en las décadas doradas de París, el vagabundo, o vagamundo, con aire y look inequívocamente intelectuales, un desocupado con glamour, alguien no necesitado de trabajar para ganarse la vida, sino, más bien, la muerte. ¿Lo mantenía una cortesana, una vieja dama, una cocotte? Es probable. Un flaneur como Alberto Rojas Giménez, el amigo delirante de la época de la bohemia nerudiana, muerto en una madrugada capitalina tras  dejar en prenda su abrigo al dueño de un bar, por alcoholes impagos.

Destino, o fátum en el sentido griego, el mío. Cincuenta años en las aulas, ahora el jubileo y toda la ciudad, al fin, para mí. Recorrerla de norte a sur; de extremo a extremo; de día y  de noche. Horas ganadas en las calles de Santiago, mi patria, junto a la nostalgia y la melancolía.

Flaneur fui, entonces, cuando estaba vigente el gran sueldo de académico. Ahora debo conformarme con el jornal de jubilado y descender, ¿o ascender?, un peldaño: pasar al estado de clochard. El homeless, el linyera, el viejo del saco, un vago tan metafísico como físico, de hecho arrastro una  maleta de cartón, como el equipaje de los poetas errantes, los rapsodas, los ciegos de callejón. Literario, arquitectónico, ecologista, vegetariano y donjuanesco.

Un recolector de graffities y carteles anacrónicos, con copiosas libretas de apuntes para anotarlos; un coleccionista de calles empedradas y huellas de tranvías, tanto como de los buses del Transantiago y auditor al paso de la gente que habla por celular.

Cuando lleguen el otoño y el invierno, para pasar las inclementes noches santiaguinas, espero no requerir aún de las hospederías del Hogar de Cristo, cuya limosna doy escrupulosamente en los supermercados Santa Isabel. No, no y no. Tal vez recurra a ellas cuando pierda mi vieja casa con forma de pajarera, cuyo abismo de libros y maravillas fue adorado y repudiado por varias examadas. Y deba juntar las monedas del avaro para pagar la cama de la hospedería y no dormir al aire libre en lo que resta de la mítica caleta Chuck Norris, alumbrado por las estrellas y acunado por los gatos mapochinos.

A propósito del supermercado Santa Isabel, cada vez que, al momento de pagar la compra, la cajera me pregunta: -¿Acumula puntos?, yo respondo: -No, miss, acumulo sólo libros inútiles y amores fracasados.

Y no me atrevo a agregar: también papelería borrascosa en mi escritorio y sangre reseca, de tanto golpe, en mi corazón; manchas de vino en el cubrecama y cartas que nunca quise enviar.

Así voy por calles y calles de un Santiago amable o fantasmal, dependiendo de cómo la luz descienda sobre sus barrios, detrás de  algo, eso que busco siempre donde vaya: libros, quimeras, hojas secas, gatos extraviados, bicicletas abandonadas, boletos de metro usados, cartillas del hipódromo, mujeres arcangélicas o endemoniadas…

El autor:

Adriano Mazzei Labanca | domicilio desconocido

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