Tarantino tiene nombre de vaquero

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Cuenta regresiva para la entrega de los Oscar. Django desencadenado, de Quentin Tarantino, está en competencia. La película se defiende a punta de trama, balas, sangre y actores de peso. Diego Vargas Gaete nos ofrece su crítica a la última de vaqueros. 

Tarantino tiene nombre de vaquero

Crítica a “Django desencadenado”

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Lo bautizaron como Quentin en honor al personaje de una serie de vaqueros (“La ley del revólver”) y en tal gesto quizás le grabaron el amor por la desmesura en la frente. Pasaron los años y Tarantino se lo tomó tan a pecho que terminó filmando un western: “Django desencadenado” (2012).

El Western es la más antigua manifestación del cine de género estadounidense. Un cine cuya premisa fundamental es establecer códigos que -como las miguitas de pan de Hansel y Grethel- permiten que el espectador no se desoriente. Así, en el caso de las películas del Viejo Oeste, siempre encontraremos un villano, una damisela en apuros y/o una injusticia que debe remediarse, y al tipo duro, que en una sociedad aún en pañales, se ve obligado a empuñar las armas.

En esta oportunidad el protagonista es Django (Jamie Foxx), esclavo que poco antes del comienzo de la “Guerra de Secesión” es liberado por un caza recompensas, quien terminará enseñándole el oficio, curtiéndole el pellejo, sin que Django pierda jamás su objetivo: rescatar a su esposa que ha sido vendida para trabajar de sirvienta en “Candyland”, la plantación de un cruel hacendado interpretado por Leonardo Di Caprio.

Ya lo hizo Clint  Eastwood en “Sin Perdón” (1992) donde por primera vez vimos a un vaquero con remordimientos antes de apretar el gatillo y convertir a un hombre en cadáver. Ahora, Tarantino también avanza en la cancha rayada del cine del Oeste. Primero: el protagonista es un afroamericano y eso, aunque estemos en pleno siglo XXI, suena a osadía en el mundo del Western. Segundo: desde ahora, al impactar una bala en un ser vivo, la sangre ya no corre, pero si explota y vuelan las vísceras en un espectáculo que logra fusionar el gore con una fotografía de insolente calidad. Tercero: siguiendo la senda de “El Bueno, el feo y el malo” (1966), Tarantino apuesta al largometraje en su máxima expresión. Dos horas y cuarenta y cinco minutos. Con el fin de sostener tamaña cantidad de tiempo, el director echa mano a actuaciones impecables (Samuel L. Jackson está enorme en el papel de mayordomo negro a favor del esclavismo), a cuotas de humor en un género con tendencia a la seriedad y a una banda sonora que salta desde la música de Ennio Morricone al hip hop. De esta forma, alcanza uno de los objetivos primordiales y más difíciles de lograr en el cine: hipnotizar al espectador a fin de que permanezca sin aliento frente a la pantalla.

Fotografía: static.guim.co.uk

La historia que “Django desencadenado” nos cuenta es la formación de un héroe. Un tipo que debe aprender a toda costa a defender lo que es suyo, a controlar sus impulsos vengativos en un entorno donde impera el racismo. En las espaldas de Django, quiéralo o no, se posa el futuro de todos los esclavos.

La apuesta olía demasiado bien. Sin embargo, al llegar al último tramo, el director y guionista se traiciona y todo lo que resultaban vueltas de tuerca originales terminan en una escena de alta intensidad y despliegue de balas que perfectamente podría haber coronado el clímax de la película y dar paso a la bajada de créditos. Pero no. A continuación el relato se embarca en veinte minutos que dan rienda suelta a lo inverosímil y gana en explosiones y muertes. Un bloque que desequilibra lo narrado y la posibilidad de gestar un film de esos que marcan época. Faltó pulso y –curiosamente- un apego a las reglas del género que se nota, por ejemplo, en el enfrentamiento final donde no hay un villano a la altura de las circunstancias. Quentin apostó otra vez por el exceso. Nada extraño. A veces es difícil luchar contra lo que somos.

El autor:

Diego Vargas Gaete es escritor y guionista. Fue becario de la Fundación Pablo Neruda y de la Escuela de Escritores del Centro Cultural Ricardo Rojas en Buenos Aires, Argentina. Ha sido galardonado en más de diez concursos literarios.

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