A través del espejo y lo que Alicia encontró allí

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Este libro lo leí de niño. Lo leí varias veces. Es la secuela al más famoso libro de Lewis Carroll, “Alicia en el país de las maravillas”. Lo volví a leer ahora, y todavía me deja preguntas, nuevas preguntas y nuevas pistas, y también ganas de leerlo otra vez.

Editorial ACME, 1986

“A través del espejo y lo que Alicia encontró allí” es la traducción literal del título original inglés, publicado en 1871. La versión que yo tengo, argentina y fruto del esfuerzo de la Editorial ACME (tal cual) es del año 1986, y lleva por nombre Alicia en el País del Espejo, título deliberadamente elegido (quizá) para hacer evidente el lazo con el primer viaje de Alicia a un mundo de fantasía, y reclamar así la atención de los jóvenes lectores de la colección Robin Hood.

Este fue un libro que busqué mucho con mi viejo. Tenía que tenerme paciencia y quererme mucho, entiendo ahora, para aguantar que, cada cierto tiempo, me obsesionara con algún libro y le pidiera insistentemente ir a buscarlo a San Diego el fin de semana. La búsqueda de estos se volvía tan interesante -para mí- como leerlos. En ocasiones se necesitaban varias visitas para encontrar el libro perseguido. “La señal de los cuatro”, de Conan Doyle, una versión de “Narraciones Extraordinarias” de Poe, publicada por Salvat y que había perdido por prestarlo -aprendizajes para la vida-, y “Ogú y los Piratas” fueron, en su momento, algunos de los títulos con que asaltaba a preguntas a los libreros. Nunca encontré el cómic de Ogú, hasta el día de hoy pregunto por él. Pero sí encontré “Alicia en el País del Espejo”. Fue en la Librería chilena, que está en Alameda, cerca de la Iglesia de San Francisco; me acuerdo hasta del estante. Imagino el alivio de mi padre. Yo tendría 9 años.

Fueron películas las que me llevaron a los libros de Carroll: la de Disney, que vi en el cine, y otra versión, casi un musical, que daban seguido en “Cine en su Casa”, en canal 13. Años después grabé esa película en VHS, parando en las pausas, cortando los comerciales. Alguien -nunca se asumen estos daños- borró luego el inicio con un insulso capítulo de “Viva el lunes”. En esa película del 85, como dato, actuaba Ringo Starr bailando como tortuga llorona. Youtube lo tiene.

Por cierto, luego de leer los libros y ver las películas, me quedo con la prosa del británico Carroll, quien nació el 27 de enero de 1832 con el nombre de Charles Lutwidge Dodgson. El pseudónimo lo utilizó por primera vez en 1856, y con él alcanzaría fama mundial, principalmente por sus libros protagonizados por Alicia.

Lewis Carroll estructura lo absurdo como nadie, toma de la mano al lector y lo conduce, con naturalidad, por escenarios volátiles, pasando de un tren a un prado en medio de un bosque en dos líneas, sin que explicaciones o causas sean necesarias.

Ilustración edición 1986

El caballo, que había sacado la cabeza por la ventanilla, serenamente la volvió adentro y dijo:

-No es nada más que un arroyito que tenemos que saltar-

Todos parecieron satisfechos con la noticia, aunque Alicia se sintió un poco nerviosa ante la idea de que un tren tuviese que saltar cualquier cosa.

-Sin embargo, el salto nos llevará al cuarto casillero, y eso no deja de ser un consuelo-, se dijo a sí misma.

Al momento, sintió que el vagón se levantaba en el aire y en medio del susto se aferró a la primera cosa que tuvo a mano, que no era otra que la barba de la cabra.

Pero la barba pareció disolverse en el aire apenas la tocó, y Alicia se encontró sentada tranquilamente bajo unos árboles…

Los cambios y giros tienen sentido dentro de las reglas que va creando Carroll junto con el avance del relato. Desde el momento en que pasamos del “mundo real” al plano onírico del País de las Maravillas o al País del Espejo, concedemos fidelidad al texto y confiamos en el narrador que, de vez en cuando, se dirige directamente a su audiencia:

¡No creo que jamás haya ocurrido antes esto de que alguien se haya tenido que hacer cargo de dos reinas dormidas al mismo tiempo! No [pensó Alicia]. No en la Historia de Inglaterra… no puede ser, ya lo saben ustedes, porque nunca hubo más de una Reina al mismo tiempo. 

Lewis Carroll, con esos guiños, da señas de que no ha perdido el juicio en medio del caos de insectos, torpes ejércitos, animales parlantes e incluso piernas de cordero y pasteles de ciruela que se presentan antes de ser devorados, y que, obviamente, una vez presentados, no pueden ser comidos, como bien informa la Reina Roja a Alicia: es faltar a la etiqueta el cortar a alguien a quien se ha sido presentada.

Ilustración edición 1986

Podemos confiar en el autor, sabemos que no está loco y, por lo mismo, nos esforzamos en buscar algún sentido al relato. En el caso de A través del espejo, Alicia tiene una misión clara que da estructura a la aventura y sentido al absurdo circundante: recorrer ocho casilleros, cual peón en un tablero de ajedrez, para convertirse en reina. Esta misión es anunciada al inicio del viaje por la Reina Roja:

-Un peón avanza dos casilleros en su primer movimiento, ya lo sabes. De modo que pasarás muy rápidamente por encima del tercer casillero… por ferrocarril diría… y te encontrarás en el cuarto casillero sin darte cuenta. Bueno, ese cuadrado pertenece a Tuideldún y a Tuideldín… El quinto casillero es casi todo agua… El sexto pertenece a Humpty Dumpty. Pero, ¿es que no tienes nada que decir?

-Yo… yo… no sabía que tenía que decir algo… ahora… o…- tartamudeó Alicia.

-Tú tenías que decir -continuó la Reina en tono de grave reproche-: “Es extremadamente bondadoso de su parte, decirme todo esto”… sin embargo, vamos a suponer que lo dijiste… El séptimo casillero es todo bosque… Sin embargo, uno de los caballos te podrá mostrar el camino… ¡y en el octavo casillero, las dos seremos Reinas, y todo será fiesta y diversiones!

En cierto modo, estos últimos párrafos resumen el libro. Pero conocer el mapa no es lo mismo que recorrer el territorio. Y en este caso, vale la pena conocer cada uno de los casilleros que despliega Carroll en el tablero.

 

El autor:

Gonzalo Gallardo. Psicólogo educacional y profe. Hay días en que quiero escribir. Los más, me dedico a leer, disfrutar y aprender.

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