Miguel San Miguel

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Mario Valdovinos nos ofrece su crítica al filme de Matías Cruz, “Miguel San Miguel”, estrenada este año 2012 (85 minutos). Blanco y negro para una época oscura, que no logró contener el surgimiento de “Los Prisioneros”, voces insólitas y necesarias del rock sudamericano made in Chile. 

Miguel San Miguel

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El filme de Matías Cruz reproduce una parte significativa de nuestra historia reciente: los ochenta, época de la dictadura pinochetista. La historia tiene carácter documental y se despliega a través de los datos biográficos de uno de los tres integrantes del grupo de rock Los Prisioneros, íconos de rebeldía y  de vanguardia musical de ese momento. Se trata de Miguel Tapia, el baterista, quien conduce el hilo narrativo, pero visto en todo momento desde fuera, como una narración en tercera persona, por una cámara con vocación realista, una cámara testigo semejante a los grandes momentos del cine de Patricio Guzmán. Véase al respecto “Nostalgia de la luz”. En el mismo sentido es coherente, en la fotografía,  la elección del blanco y negro, era un tiempo sin grandes matices, en bloque, a favor o en contra de la dictadura; comunista o milico. En el plano económico, emprendedor o perdedor; hiperempleado o cesante.

El director recrea con detalles el entorno, las calles y barriadas se ven como en esos años, un Chile reprimido e invadido por fuerzas de ocupación, rayados murales, paro laboral, tristeza urbana. En el interior de las viviendas de clase baja, como era propio del origen socioeconómico del grupo, cierta desolación, fealdad, oscuridad, negación de atmósferas felices, núcleos familiares disfuncionales y desdichados, cada cual a su modo, sin duda, pero también con infortunios compartidos: el miedo a perder el trabajo, el miedo a la represión policial, el miedo al futuro, el miedo al miedo.

En las fiestas se bebe Fanta y cerveza, pisco y vino; hay toque de queda, brutalidad por todas partes, discriminación. El joven músico, Tapia, recorre su barrio, en la Gran Avenida, y es más contemplativo que protagonista. Participa tangencialmente en las protestas y huelgas y no se horroriza demasiado con la muerte de un par de adolescentes, como él, abatidos cerca de su domicilio por las balas militares.

El formato musical reinante es el LP, el disco de vinilo, y los tocadiscos son un lujo en los domicilios. Los futuros prisioneros asisten sin gran entusiasmo al Liceo de Hombres N° 6, Andrés Bello, emblemático recinto educativo de San Miguel. En sus salas los profesores son todos patéticos, frustrados, amenazantes, y estimulan en sus alumnos la desesperanza. No se divisa ninguno con vocación ni chispa para enseñar, para avivar el conocimiento, la fantasía, la imaginación. Tienen ante sí a los futuros integrantes de la servidumbre social, como ocurrió con sus padres y como probablemente seguirá ocurriendo. En ese ambiente hostil germina un grupo musical insólito, casi un milagro social y artístico en los territorios de la precariedad. El rock del subdesarrollo, un ritmo y una postura lejanos de la música folclórica y de protesta. Su estilo es más universal y cosmopolita, más posmoderno. También se puede hablar de lo contingente sin tocar cuecas ni tonadas, sin barbas ni ponchos. Son rockeros sudamericanos, como lo cantarán brillantemente en uno de sus temas.

Deslavado aparece el conflicto en la formación, nominación  y biografía de Los Prisioneros. La personalidad soberbia y autoritaria de la primera voz, Jorge González; la neutralidad de Claudio Narea. Muy bien retratado el autodidactismo musical, sus preferencias individuales entre los grupos rockeros vigentes en la época: por encima de todos The Beatles, después Led Zeppelin, The Clash, al lado de la música de raíz social, Víctor Jara, Quilapayún, Inti Illimani, con carácter ideológico marcadamente antidictatorial.  Logradísimo ese retrato de época.

Miguel deambula por los barrios tomados, vigilados. Al mismo tiempo, se enamora de una chica tan ingenua como él, descubren ambos el secreto de la sexualidad, están a punto de ser padres sin quererlo. Así, en medio y en miedo de una realidad sórdida y amenazante se forman los juglares, los artistas audaces y transgresores que serán los intérpretes de la gente silenciada y aplastada por la bota milica.

El filme grafica toda esta dinámica, cruel y violenta, y descansa sobre una enorme elipsis: se abre y cierra con el grupo de rock en el umbral de la fama multitudinaria que llegó a tener, incluso continental, eran la voz de la disidencia a Pinochet. Sus letras, desenfadadas y vitriólicas, penetraron en el inconsciente y en el imaginario no sólo de los jóvenes, sino además de todos quienes anhelaban un cambio político y social. Veían en ellos la posibilidad de desencadenar a un país cautivo, bajo arresto domiciliario.

¿Por qué no incluyó, el director, por ejemplo, fragmentos de los innumerables registros visuales de la época con los recitales multitudinarios del grupo?

No se puede analizar una obra artística por lo que no es, por aquello que no quiere mostrar, dejándolo como espacio off o virtualidad, como referencia cercana o lejana. Por desgracia, en el caso de Miguel San Miguel esta opción, totalmente valida y respetable, genera en el espectador, por lo menos en quien  escribe este texto, una ansiedad que se frustra. ¿Hasta dónde llegaron estos muchachos en su tiempo? ¿Por qué sonaron tanto, siendo, además, de origen popular, sin redes de contactos, sin apellidos, sin provenir de grandes colegios?

Las actuaciones resultan básicas y toda la atmósfera que generan las imágenes no es sólo desvaída, sino escasamente estimulante para quienes no vivieron ese tiempo. No logra dar cuenta del fenómeno social y artístico de Los Prisioneros,  tampoco llega a ser un filme estéticamente relevante.

Hay un guiño muy eficaz en el relato. El momento en que el actor que interpreta a Tapia acude, por el aviso de un diario, a comprar una batería. El vendedor es el auténtico Miguel Tapia, tal como está ahora, cuando ralea su cabello en la coronilla y ya no es el prisionero que fue.

¿Qué queda de ellos, los Beatles chilenos, sanmiguelinos y ex alumnos del Liceo 6? Se separaron por la fama, el ego, el dinero, y encanecen alejados, sin haber llegado sus integrantes en solitario a ser tan exitosos como cuando integraban un conjunto, como les pasó a otros grupos.

Del Liceo N° 6 también salí yo, algo antes, claro está. Si bien era otra época, aún más marcadamente beatle, tuvimos, en la lotería docente, la suerte de enfrentarnos con maestros con sello de educadores, que estimularon en nosotros, sus discípulos, el amor por la lectura, el arte y por enfrentar la vida sin cadenas, es decir, nos educaron libres. También viví muchos años en la comuna de San Miguel, caminé por sus avenidas y parques y oí en cassettes el rock de Los Prisioneros, el rock libertario.

Nos anunciaba que la densidad de la noche dictatorial quedaba atrás.

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El autor:

Mario Valdovinos | No nací en Valparaíso ni estudié en el Instituto Nacional, como me habría gustado, sino en Santiago y en el Liceo N. 6, Andrés Bello, de San Miguel. Tuve una infancia solitaria y feliz en las barriadas de la capital y, especialmente, en los cines. Allí me (de)formé: en la calle, en los rotativos y en la U. de Chile, donde estudié literatura y filosofía, vale decir, vocación temprana y eterna por lo inútil. Escribo hace rato narrativa y teatro, crónicas y crítica literaria, doy clases en colegios y universidades privados. ¿Privados de qué?.Vaya a saber. Soy acuariano hasta la muerte, dramaturgo y actor. Lo demás, espero que harto, se hace día a día.

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