Mi Experiencia en Guadalajara

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Manuela Rojas nos relata su experiencia en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde Chile fue el país invitado. Su mirada nos permite conocer el rostro editorial de una fiesta sin IVA. 

En enero de 2012 mi jefe me comunicó que este año acompañaría al equipo de edición a la  FIL Guadalajara 2012. Yo apenas llevaba 6 meses como editora y me emocioné tanto como me asusté.

Había visto a mis compañeros preparar la feria anterior y sentía que sabía tan poco. La editorial en la que trabajo tiene casi 30 años de historia, han ido muchas veces a las principales ferias del libro del mundo y, la verdad, la de Guadalajara es por hoy una de las más importantes del mundo hispanohablante. Me explicaron que iba como aprendiz, tenía que ir a todas las reuniones como oyente, debía buscar libros que se acercaran a nuestra línea editorial y recorrer la feria a fondo.

Me puse a trabajar minuciosamente en el viaje, a definir el objetivo de mi estadía, a revisar el catálogo de las otras editoriales, distribuidores y libreros asistentes para proponer reuniones con ellos, a estudiar el derecho de autor. Mi idea era comprender el negocio para poder entender la compra y venta de derechos de libros de distintas partes del mundo; conocer el medio: quién es quién en la industria, etc.

http://www.fil.com.mx

Esta fue mi primera vez en México, mi primera gran feria del libro. Me impresionaron, por tanto, las mismas cosas que a cualquier turista que viaja por esos lados: la calidez de su gente, amables y simpáticos siempre; la comida deliciosa, aliñada y picante; los colores, el caos de sus calles, pero, por sobre todo, cómo Guadalajara giraba en torno a esta gran Feria del Libro.

Taxistas y vendedores nos preguntaban de dónde éramos y al responder, inmediatamente en todas partes nos daban la bienvenida como chilenos, los invitados de honor a la FIL.  Parecía que la ciudad completa estaba al tanto del evento.

A diferencia dela Feria del Libro de Santiago, ésta es una instancia enfocada en el negocio de la industria del libro, no en el público, sino en la cadena completa que le da vida a un libro: los editores, los escritores, ilustradores, distribuidores y bibliotecarios. Es un espacio de reunión para gestionar la compra y venta de derechos, para la elaboración de nuevos proyectos, para la difusión de la industria y sus nuevas tendencias. Por sobre todo, fue para mi un descubrimiento compartir con toda esa gente ligada a la industria del libro. Al final, entendí que uno va a esas instancias a conocer gente, a relacionarse y hacer contactos con Corea, con Francia, con Holanda, a pasear por México en compañía de editores de otras partes del mundo, a debatir sobre las políticas del libro, los impuestos, la bibliodiversidad, las transnacionales, a conocer nuevas tendencias en diseño y a las nuevas promesas de la literatura, a sacar ideas para refrescar el trabajo que uno hace en su propio país, a compartir información.

La FIL Guadalajara es una instancia social, un punto de encuentro donde los grupos se arman en función de sus intereses económicos, pero también, de una amistad forjada en años de trabajo contracorriente, al menos en Chile y al menos entre las editoriales independientes. Quedé con la grata sensación de haber dejado amigos en el ambiente, de haber aprendido esas cosas que no tienen que ver con la teoría sino con la práctica, todas esas conversaciones de pasillo, eso que no sale en la prensa y que tiene a la industria del libro en Chile, dividida.

En México, me quedó claro, la Feria del Libro es una instancia para posicionarse en el mercado internacional, para potenciar esa industria. La ciudad gasta millones en pagarnos a los asistentes noches de hotel, en fiestas para escritores, para editores, para periodistas, participan en las actividades las autoridades, le dan la máxima notoriedad al país invitado de honor, el mejor espacio.

Creo que quedé impresionada por la deferencia del trato mexicano hacia los editores chilenos. Por la importancia que tiene el libro para ellos y cómo parecen interesados en involucrar a todos los actores que forman parte de la cadena, preocupados no solo de los escritores, famosos o no, sino sobre todo, de quienes los ponen en circulación y  permiten diversificar y difundir la cultura. Eso se agradece.

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Para cerrar y no repetir lo que ya en distintos medios se ha comentado, solo diré una cosa: ese gran stand de Chile, esa mediagua de pino oregón hecha de ventanas y con sendos plasmas y letreros luminosos, en su interior estaba rellena de libros. Libros que se hicieron en Chile por editores chilenos. Editores independientes, muchos por amor al arte, que han dejado sus ojos sin pestañas y los bolsillos vacíos por publicar a un poeta mapuche, a una ilustradora infantil, a sociólogos, antropólogos o fotógrafos, aquellos a quienes  las transnacionales, por poco rentables, nunca darían espacio. A eso le llaman la bibliodiversidad.  Y esto, en medio de un mercado adverso, con uno de los impuestos más altos del mundo, con una población pequeña y poco dada a la lectura, sobreviviendo por décadas gracias (y peligrosamente) a la subvención estatal, a las compras del ministerio de educación o de cultura, a algún fondo concursable. Intentando posicionar un producto cultural con probados beneficios sociales, que debe competir en desventaja desde el principio.

Me sentí orgullosa de estar ahí, en esa feria, defendiendo mi trabajo, difundiéndolo, siendo respetada por ese país tan acogedor y loco que cuida a su industria del libro y le da el valor que se merece. Tenemos tanto que aprender, eso aprendí yo.

El autor:

Manuela Rojas | Cientista político y diplomada en Gestión Cultural. Su afición por los libros la llevó por el camino editorial. Hoy es editora, responsable de las colecciones de fotografía y ensayos en Pehuén Editores.

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