Los de acá y los de más allá

Había más de una vezPortada

Esta última entrega de la sección “Había más de Una Vez”, que comenzó con el cuento Frasco de luz, tuvo como tema central… ¡la ausencia de temática! El desacuerdo acordado brindó libertad creativa a las autoras. Hoy llega la segunda patita de esta esperada entrega, con el cuento Los de acá y los de más allá, de Irene Goldfeder. La ilustración es de Seba Burecovics y la edición del audio cuento -que ya escuchan de fondo… y si no, ¡a encender los parlantes!- estuvo a cargo de Alejandro Baradit.

Los de acá y los de más allá

Ilustración: Sebastián Burecovics

Había una vez dos pueblos hermanos: el pueblo de Acá y el pueblo de más Allá.

En los dos vivían campesinas, panaderos, niños, vacas y perros.

En los dos se desayunaba al levantarse, después se almorzaba  y la última comida  era la cena.

Tanto en el pueblo de Acá como en el de Más allá llovía de vez en cuando, en verano hacía calor y en invierno mucho frío.

Casi se podía decir que eran dos pueblos gemelos si no fuera por una pequeña diferencia.

En el pueblo de Acá todos se despertaban muy temprano, ya que estaban convencidos que “al que madruga Dios lo ayuda”.

Le habían solicitado al sol, por esa razón, comenzar su jornada apenas cantara al gallo, a las cinco y dos minutos de la madrugada. Era muy importante que él iluminara desde temprano ya que  no había luz eléctrica.

El mismo sol debía retirarse a las seis en punto invitando de esta manera a las campesinas, a los panaderos, a los niños, a las vacas y a los perros a irse derechito a la cama y evitar así desbarajustes.

Mientras tanto, en el pueblo de Más allá  dormían hasta  tarde. Pensaban fervientemente que no por mucho madrugar se amanece  más temprano.

Al principio aprovechaban algunas horas de luz, pero como se despertaban tan tarde no les servían de nada. Así  que decidieron exigirle al sol trabajar horas extras y asegurarse de esa manera la iluminación que tanto necesitaban.

El sol aceptó, un poco porque el pueblo de Acá y el de Más allá le caían igual de bien, y otro poco porque no se daba cuenta que casi no le quedaría tiempo para descansar.

Comenzó a levantarse todos los días a las cinco menos veinte de la madrugaba, para tomar un café bien cargado, y  ponerse a iluminar, de corrido, hasta la medianoche.

El nuevo horario era agotador y para colmo tenía que escuchar al Pueblo de Acá que se quejaba constantemente de que con tanta luz era imposible irse a la cama a  horas decentes.

A esa queja se sumaba la del pueblo de Más Allá  que decía que por su culpa se tenían que levantar  muy temprano.

No había día en que los de Acá no discutieran con los de Más Allá. Hasta que se pusieron de acuerdo entre los dos pueblo en armar una gran competencia. El pueblo ganador decidiría la hora para despertarse y el mejor momento para irse a la cama.

La primera prueba fue una competencia entre campesinas

-Las que junten más tomates seran las vencedoras- determinaron.

Luego una batalla entre panaderos.

-Ganará el pan más gigante- propusieron.

Después realizaron un concurso de vacas.

-Las más pesadas serán las triunfadoras- impusieron.

Y por último le tocó el turno a los perros y los niños. Ganaban los que cantaban y ladraban más fuerte.

Pero como los habitantes de  Acá era tan parecido a los de  Más Allá, empataron en todo.

Mientras tanto el sol, de tan cansado que estaba, apagó sus rayos y no hubo manera de despertarlo.

Los dos pueblos quedaron a oscuras y sus habitantes caminaron por un buen rato chocándose entre ellos. Como no se veía nada, guardaban  los zapatos en el baño, los huevos de gallinas bajo la mesa o barrían el techo.

Los niños se equivocaban de familias, las panaderos de panadería y los campesinas de vacas.

Ya nadie cocinaba, es que era imposible seguir las recetas al pie de la letra.

Pasaban las semanas y lo único que hacían Los de Acá y los de Más Allá era gritar de un pueblo a otro hechándose la culpa de tanta oscuridad. Hasta  que en el momento menos esperados se escuchó el murmullo de la luna, que en secreto ofrecía iluminarlos por las noches.

-A mí no me cuesta nada, prefiero dormir de día- dijo.

A los de Acá y los de más Allá la propuesta les pareció preciosa y con la ayuda de la luna  despertaron al sol.

-¡Qué buena idea!- comentó mientras  encendía sus rayos.

Desde esa misma mañana el sol se levantaba a las ocho y se retiraba a descansar a las seis de la tarde.

Así fue que los de  Acá y los de Más Allá volvieron a ser  pueblos hermanos. Algunas  campesinas, algunos  panaderos, varios niños y todas las vacas  se despertaban  a las ocho en punto, junto con el  sol, buscando la ayuda de Dios. Otros, los perros y los más dormilones, se quedaban en la cama hasta pasado el mediodía convencidos de que no por mucho madrugar se amanece más temprano. En cambio la noche los encontraba a todos despiertos, iluminados como algodones, escuchando el murmullo de la luna.”

El autor:

Irene Goldfeder. Nací en Buenos Aires. De tantas vueltas que dí por el mundo se me hizo costumbre de hospedar viajeros, y ahora soy dueña de un hostel en la capital de Argentina. Crecí rodeada de libros y hace un tiempo se me metió un capricho muy bonito, dedicarme a escribir en distintos formatos pero siempre respetando el juego y el disfrute.

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