El último tango en París, Marlon Brando y el arte de masticar chicle.

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sensacine.com | fotografía: Bernardo Bertolucci

El estreno mundial ocurrió el 15 de diciembre de 1972 y la fusión de varios talentos proporcionó al filme su singularidad, provocando de inmediato reacciones bipolares, iras, polémicas y defensas exaltadas. Su director, Bernardo Bertolucci, fue acusado de obscenidad y pornografía, censurado por los sectores conservadores del catolicismo y, al mismo tiempo, celebrado como un cineasta audaz y provocador.

¿Qué tiene “El último tango en París” que otro filme de la época o de ahora no tenga?

En primer lugar, la presencia de un actor demasiado simbólico para pasar inadvertido en cualquiera producción cinematográfica en que interviniera. Formado en el mundo  teatral del Broadway de los cuarenta, Marlon Brando, ícono masculino por esos años, y con el transcurso del tiempo lo seguiría siendo pero a su pesar, fue el protagonista de la célebre pieza teatral “Un tranvía llamado deseo”, de Tennessee Williams, dirigida por Elia Kazan, quien la dirigió también en cine (1951). Brando impuso su recia personalidad de young angry man -después sería old angry man– desde el debut.

El mumbling que salía de una boca que no se abría del todo para modular, el manejo de la energía para dosificar las emociones, su cuerpo esbelto y su innegable carisma, recuérdese que pertenecía a  la generación de James Dean, hicieron de él una estrella y, poco a poco, rol tras rol, un ser atrapado en el personaje inventado. Iracundo con la prensa, ensimismado y de personalidad enigmática tuvo todo para tener un éxito arrollador.

Al momento del filme de Bertolucci tenía 48 años y una carrera de altibajos, con ascensos y caídas, había engordado, la pesadilla de los kilos lo persiguió desde una edad muy temprana, raleaba su cabello rubio en la frente y la coronilla, tenía canas y arrugas, nada anormal en un hombre de esa edad, pero la vanidad y el ego, que los tuvo y exhibió con creces, se veían lesionados.

sensacine.com | fotografía: Bernardo Bertolucci

Por otra parte, Bernardo Bertolucci nació y fue educado en una  familia italiana, que sobrevivió a la derrota de Italia en la Segunda Guerra y mantuvo en la posguerra su nivel económico y en especial las inquietudes culturales. Su padre,  poeta,  no obstaculizó la vocación artística de Bernardo ni  la profesión de cineasta. Bertolucci tenía a su haber la dirección de “El conformista”, basada en una novela de Alberto Moravia, y “La Estratagema de la araña”, sobre un texto de Borges. La historia de “El último tango en París” la concibió con poco más de treinta años y es su obra maestra. Fue escrita en colaboración por Bertolucci, Franco Arcalli y Agnés Varda, después se publicó, con la trama de la cinta, una novela adaptada al lenguaje cinematográfico. Aquí se hizo la operación inversa, primero la película y después un deslavado relato escrito.

De cualquier modo, la historia posee una dramaturgia impactante: dos seres que viven situaciones extremas se encuentran por azar, en el París de los setenta, a propósito de algo trivial: la búsqueda de un departamento.  Paul, para escapar de la atmósfera siniestra que le dejó el cuarto de hotel donde su esposa se suicidó;  María, porque es una novia a punto de casarse con un delirante cineasta que filma, teniéndola a ella como protagonista, un documental de nombre Portrait of a girl.  En el espacio vacío de la casa que aguarda a sus próximos huéspedes y donde quedan de los anteriores cajas vacías, muros sin pintar y ratas muertas, explota en ambos una pasión erótica desaforada. Se aproximan sexualmente desde el primer encuentro, sin diálogos ni conocimiento previo, casi sin hablar. No es amor, sino sexo a primera vista.

La actriz María Schneider aparece en el esplendor de su atractivo. Con cara aplanada y facciones más desafiantes que angelicales, de senos algo caídos para los poco más de veinte años que tenía y caderas de muchacho, cabellera crespa y expresión candorosa, hizo el rol de su vida. No era hermosa ni bella, sino carnal y de una sensualidad que convulsionó la pantalla. El vértigo entre un hombre a punto de ingresar en la madurez y una joven que se verá atrapada gustosamente en el torbellino de los juegos eróticos que comienzan a practicar, estalla en ese espacio de encuentro, al que llegan periódicamente sin haberse contado nada sobre sus orígenes, fragmentos de sus biografías o qué tipos de personas son; ni siquiera sus nombres. La joven descubre también su perversidad, su morbo, y no sólo se somete a los deseos de Paul, también ella lo manipula con su poder y su frenesí. Sólo importan las ceremonias sexuales y las llamaradas que surjan de esa alianza, tan precaria como adictiva.

sensacine.com | fotografía: Bernardo Bertolucci

Por otro lado, visualmente, “El último tango en París” es cautivador. El director de fotografía, Vittorio Storaro, dio a los ambientes de la cinta el tono crepuscular de una balada, predominio de colores sepias, semipenumbras, calles, rincones, esquinas, espejos, duplicaciones en los ventanales, en las aguas. Transparencias, planos de detalle, el registro fotográfico de la melancolía y la tristeza; el frío de la ciudad, los cielos amenazantes de lluvia, una cámara menos incisiva y aguda que contemplativa, testigo del deambular de los amantes. Ella nada le cuenta a su novio de la ardiente relación que vive con Paul; él, se retrae cada vez más y ahonda en la herida y en la culpa que le dejó el suicidio de su esposa. Brando lleva al paroxismo su estilo interpretativo y deja la impresión de vivir cada palabra y cada episodio de la historia. En varios momentos en que monologa frente a la cámara se muestra tal como estaba, con su imparable tendencia a la obesidad, su piel blanca ajada, con kilos de sobra, pero digno y en varios momentos deslumbrante. Habla de él como ser real,  escatológicamente, de su infancia, de sus amores y de la relación que tuvo con su madre actriz teatral y atada buena parte de su vida a severos desórdenes emocionales. Es más Marlon Brando que nunca y cautiva al espectador, sea cinéfilo o no, y  seduce a la audiencia. Muestra como nunca antes su intimidad, su atractivo masculino y su lado femenino, entrelíneas de su declarada bisexualidad, su inclinación a la crueldad y al sexo hard, su muerte y su anhelo de resurrección.

María no es el receptáculo del mito viviente de la leyenda que tiene a su lado. No solamente está a su altura como personaje, sino también como actriz y ofrece un rol inobjetable en expresividad y riesgo. Como si todo esto fuera poco, la banda sonora la compuso el saxo tenor más brillante del jazz de América del Sur, el argentino Leandro Gato Barbieri, que ha hecho toda su ruta musical en Europa,  imponiendo en su registro el tono de la fusión de la música negra norteamericana con ritmos latinoamericanos. La banda sonora adquiere también un rol de primer plano y no es sólo música incidental. Pocas veces se había asistido  en el cine a una compenetración mayor entre música e imagen. Storaro y Barbieri enmarcan y potencian una historia triste que termina mal, pero deja en el fondo del espectador una huella imborrable.

Otro aporte es, en la apertura de la cinta, la presencia de la pintura desencantada del irlandés Francis Bacon, un pintor maldito,  otro elemento de desesperanza que anima a la historia. Sus cuadros también subrayan el carácter amargo y transgresor de la obra de Bertolucci.

sensacine.com | fotografía: Bernardo Bertolucci

La secuencia final del filme, cuando Paul, ¿o Marlon Brando?, persigue a María que ya logró cortar en su interior el lazo que la ataba a su amante, por destructivo y funesto, y ella quiere vivir, casarse, ser madre y burguesa, cuando la cámara los sigue por un París mojado y hostil, muestra el modo en que ella se refugia en el departamento de su familia, donde el  padre fue un combatiente de la guerra de Argelia. Paul la persigue y arrincona, logra penetrar en ese espacio que ella le prohíbe, tratando de expulsarlo, pero sin poder impedirlo. La cámara serpentea en su búsqueda, en el seguimiento de la pareja en fuga, la música los envuelve, el corazón del espectador, sitiado en la butaca del cine que eligió, se acelera y bombea una sangre semejante a la que los protagonistas dejaron en la ilusión de la pantalla, sombras nada más, todos lo sabemos, sin embargo nos exaltan y aniquilan, intranquilizan y emocionan. ¿Qué más se puede pedir para una historia de final catastrófico como toda tragedia que se precie de tal?

María está al borde del colapso, Paul quiere ingresar en su vida, no como el violador anónimo, el sádico que la vulnera  y usa, el objeto de deseo que él manipula como compensación erótica del gran fracaso con la esposa muerta. Ahora, cuando ya es tarde, quiere revelarle su ser, su identidad y su anhelo de futuro. Antes, en la inolvidable persecución por las calles parisinas, concertaron su cita final y entraron a una sala de baile, donde las parejas danzan y concursan por un premio. Son dos seres indeseables que interrumpen y obstaculizan, con su problema puntual, el ambiente, fotografiado y coreografiado de una manera magnífica.  Paul lleva un chicle en su boca, se pone el quepís del padre de María, le habla de ser su héroe y profetiza sobre los hijos que tendrá con ella. María le grita: C´est fini!, C´est fini!, se acabó, se terminó todo, vete, desaparece, esfúmate, mal fantasma. Nada, él sigue avanzando, la gestualidad de Brando es conmovedora. Ella tomó un revólver y le dispara a la altura del vientre, sin que la cámara, en plano medio, lo muestre. Se oye sólo el ruido del impacto. Paul se tambalea pero logra caminar, herido  de muerte, hasta el balcón abierto del departamento. Se afirma en el borde, mirando hacia el cielo gris, balbucea algo, mastica el chicle. Se lo saca de la boca y lo pega debajo de la baranda. La cámara se detiene en las nubes borroneadas de azul y acto seguido, lentamente, desciende. Paul está ovillado en el suelo, muerto, en posición fetal. Se vuelve el hijo que jamás tendrá con María. Ella coge el teléfono y repite varias veces la coartada: me siguió, no lo conozco, quería agredirme, no sé quién es, me siguió, no lo conozco…

Cada vez que veo el filme, ya varias veces,  en contextos y estados emocionales y cronológicos diversos, pienso que a partir de esta película Brando comenzó su declinación como actor, hasta llegar a un estado físico de completa decadencia y morbidez extrema, haciendo papeles secundarios en producciones comerciales tal vez para solventar los gastos del juicio a propósito del asesinato del novio de Cheyenne, su hija, quien años después se suicidaría; quizás para no morirse de tristeza al verse cómo estaba, a lo que había llegado después de ser quién había sido. No optó por el ostracismo y el ocultamiento, prefirió la agraviante exposición pública de un ser que era ya un fantasma, una obesa silueta. Tal vez también, y de manera paradojal y autoflagelante, derribar desde sí mismo, desde su centro, el mito de Brando, pulverizar la leyenda y hacer surgir al hombre real que había detrás. Puede ser que también María Schneider, sin desearlo, lo mató de verdad en la cinta y allí quedó, el gran Marlon, sin chicle y ovillado en el suelo de un departamento ajeno.

http://lifevsfilm.blogspot.com

El autor:

Mario Valdovinos | No nací en Valparaíso ni estudié en el Instituto Nacional, como me habría gustado, sino en Santiago y en el Liceo N. 6, Andrés Bello, de San Miguel. Tuve una infancia solitaria y feliz en las barriadas de la capital y, especialmente, en los cines. Allí me (de)formé: en la calle, en los rotativos y en la U. de Chile, donde estudié literatura y filosofía, vale decir, vocación temprana y eterna por lo inútil. Escribo hace rato narrativa y teatro, crónicas y crítica literaria, doy clases en colegios y universidades privados. ¿Privados de qué?.Vaya a saber. Soy acuariano hasta la muerte, dramaturgo y actor. Lo demás, espero que harto, se hace día a día.

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