La última vez que vi un dragón

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Hoy llega a Terminal el cuento “La última vez que vi un dragón”, de Seba Burecovics, una nueva entrega de la sección “Había más de una vez”. Y si prendes tus parlantes, accedes a la versión en audiocuento, narrada por Juan Manuel Colomer.  

 “La última vez que vi un dragón”

Ilustración: Hernán Cucho Cuño

 

La última vez que vi un dragón… creo que fue en el 37, 38. No me acuerdo bien el año, pero estoy seguro de que en esa época se podía conseguir tres kilos de alfalfa por cinco centavos. La alfalfa se masticaba durante horas y después, la pelota blanda y ensalivada que quedaba, la usabas pasar armar soldaditos. Con dejarlos una mañana al sol, a la tarde ya podías jugar con ellos.

Llegué a tener como ciento cincuenta soldaditos. Los ponía, uno al lado del otro, delante de la casa de mi vecino y lo amenazaba con mandarle el ejército sino me regalaba el monopatín o la pelota. A la noche, sin que él se diera cuenta, iba adelantando alguno de mis hombres y así parecía que se preparaban para la batalla. Mi vecino se despertaba tan asustado que, durante meses, conseguí que me diera todos los juguetes que le pedía.

El pequeño Schuster era el menor de tres hermanos. Había llegado al barrio un par de años atrás. Nunca supe de dónde venía su familia, el acento que tenían no lo había escuchado en ningún lado y tampoco lo volví a escuchar. Sólo sé que Schuster vivía con la mamá y el papá. A los hermanos no los conocí. Mi vecino me hablaba de ellos, me decía que cuando regresaran lo iban a defender y aplastarían a mi ejército de alfalfa. Pero los días pasaban, ellos no volvían y yo seguía usando los soldaditos para llevarme barriletes, bolitas o títeres de tela. Además, para reforzar las tropas, había conseguido armar unos cañones con caña de azúcar, cinta adhesiva y cáscaras de naranja.

Fue en ese mismo verano cuando a Schuster le regalaron un auto a cuerda. Iba y venía por toda la vereda. Festejaba cada viaje como si estuviera mandando un cohete a la luna.

Si mi vecino tenía un auto a cuerda, pronto este pasaría a ser parte del cajón donde yo escondía los demás juguetes.

Esa noche desplegué los soldaditos por el campo enemigo. Ocupé la mayor parte del jardín y llegué a tener algunos de mis mejores hombres casi al lado de la puerta.

A la mañana siguiente, me levanté de la cama muy temprano. Apenas con un pantalón corto y una camisa arrugada, salí corriendo a esperar el nuevo botín de guerra.

La última vez que vi un dragón… También fue la primera…

La tropa aplastada volvía a ser alfalfa húmeda, el rocío derrumbaba los pocos soldaditos que todavía quedaban firmes. Pisadas enormes, agujeros que provenían de dedos más grandes que mis brazos, pasto chamuscado y una pequeña brisa con olor a azufre. Schuster me miraba desde la entrada de su casa, tenía en las manos un par de escamas multicolores y una gran pezuña.

– Si querés, después te muestro el resto del dragón que me mandaron mis hermanos -dijo sonriendo – ¿Te interesa?

Esa tarde mi vecino la pasó jugando con el auto a cuerda y los juguetes que había recuperado. Hacía mucho calor para salir y preferí quedarme en mi cuarto, masticando jazmines para hacer perfumes y embotellarlos en damajuanas.

El autor:

Sebastian Burecovics nació un 6 de noviembre de 1976 en Bs. As., Argentina. Comenzó a escribir cuentos en la escuela primaria, pero de grande quiso pensar en imágenes y se recibió de Director de cine. Trabajó como Educador no formal, tuvo su propia Productora, colaboró en varias Películas, fue Redactor publicitario y Guionista en distintos programas de TV. Hasta que un día, de forma casi mágica, se reencontró con su primer amor: la Literatura. Es el autor de “Drácula va al dentista” (Editorial Maya - 2011). Lo encuentras también aquí: http://www.ahora-despues.blogspot.com.ar/

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