Un aljibe llamado recreo

Había más de una vezPortada

Nuevamente la sección “Había más de una vez” abre sus puertas a las letras de amigos dispuestos a compartir sus historias, algunas tan fuertes que representan acciones heroicas y otras tan mágicamente dulces que ni siquiera producen caries. Hoy es el turno de  Daniel Lopes, quien nos ofrece el cuento “Un aljibe llamado recreo”.

“Un aljibe llamado recreo”

 

Ilustración: Natalia Gallardo

Primer Acto:

Asunta era una vecina que nos cuidó cada vez que nuestros papás no pudieron. Desde hace un tiempo vive en un hogar frente ala estación. Esuna casa vieja con jardín y techos altos y un patio. En el patio hay bancos de cemento y un aljibe que parece de juguete.

Miguel y yo la visitamos cuando vamos al club y mamá a veces se aparece de sorpresa al volver del súper.

Nadie sabe cómo, pero dicen que los abuelos amigos de Asunta se las ingenian para juntar toda esa comida rica que les prohíben. No se sabe dónde la guardan.

Segundo Acto:

Al llegar nos recibe alguno de los enfermeros. Son dos y nunca tienen cara de contentos. Se la pasan tomando mate junto a un televisor, en una sala.

Asunta siempre está sentada junto a otros abuelos alrededor del aljibe.

A veces se pelean por los lugares. Se dicen “me toca a mí” o “No, nene, ayer estuviste vos”. Nene se dicen, como nosotros.

Los días que llueve no se despegan dela ventana. Miranpara el patio, hacia el aljibe, tristes, y es un misterio saber qué les pasa porla cabeza. Escomo si Miguel y yo no estuviéramos.

Pero lo normal es que estén alegres y jueguen con nosotros.

– Adiviná qué tengo acá –dicen, sentados contra el aljibe, con las manos atrás.

Las adivinanzas son su juego favorito. Nosotros ya estamos grandes para eso, pero nos divierte así que jugamos igual.

– Un anillo.

– Frío, frío

– Un reloj.

– Frío, frío.

Hasta que aparecen los enfermeros y miran con cara de pensar en una suma muy complicada.

– Shhh –dicen los abuelos.

Y el juego es quedarnos callados y hacer como hacen ellos, como que no entendemos nada.

– Ya vamos a descubrir dónde esconden la comida –dicen los enfermeros.

Y después hablan entre ellos como si los abuelitos no estuvieran ahí. Pero ellos escuchan y entienden todo. Cuando los enfermeros se van, otra vez nos ponemos a jugar y al final nos convidan con nueces, salame, dulces, morcilla o caramelos. Y comen con entusiasmo, riendo con la boca llena y el aljibe parece temblar con sus risas.

Cuando nos vamos Asunta nos despide y nos habla del cielo.

– Parece que tendremos lluvia mañana –dice, mirando para arriba. Siempre lo hace y nos dice lo que ve. Miguel y yo no mirábamos nunca al cielo hasta que la conocimos.

Y ahora nos gusta verlo y escuchar lo que nos dice ella.

Tercer Acto:

Yendo a visitar a Asunta conocimos al señor Centeno que fue capitán de un barco llamado “Paraná”. Viste siempre un traje azul que le brilla en los codos y cada vez que puede se pone a hablar de su barco y del río. No conocíamos un barco por dentro hasta escuchar al señor Centeno. Dice que hay noches en las que le parece escuchar el motor y que siente ganas de irse a cualquier parte. Miguel le hizo un dibujo y se lo dio. El señor Centeno lo pegó en el espejo.

La señora Elba, en cambio, fue maestra, profesora de matemáticas y directora de colegio. Le gusta juntarnos a todos en el patio, que formemos file y tomemos distancia. El otro día  nos largó un discurso sobre no robarnos las vainillas ajenas, aunque Miguel y yo no sabemos de qué vainillas hablaba.

También está el señor Conde. Se llama Quiroga pero dicen que es conde.

– ¿Usted es conde? –preguntamos con Miguel

– Shh…¿Quién les dijo? –preguntó, mirando para todos lados- es un secreto.

El señor Conde se la pasa durmiendo junto al aljibe. Él dice que está de guardia pero nosotros lo vemos refunfuñar hasta que lo agarra el sueño.

Una tarde se nos ocurrió llevar a Cartucho, nuestro perro. Pero no funcionó. Cartucho es un pedigüeño que enseguida se hace amigo de todos. No paró un segundo de dar vueltas y vueltas alrededor del aljibe. Y Elba nos dijo que estaría mejor si lo poníamos allá en la mesa, así todos podían ver mejor la calidad del animal. Nosotros no sabíamos que Cartucho tenía pedigree. Hasta le sacamos una foto donde parece ladrarle al aljibe.

Cuarto Acto:

Hoy nos dijeron que íbamos a actuar en una obra de teatro y nos vendaron los ojos mientras el señor Quiroga, digo, el señor Conde vigilaba la puerta de la sala de los enfermeros.

Justo cuando nos sacaron las vendas apareció mamá. Asunta nos estaba hablando del cielo, señalaba constelaciones a ver si nos acordábamos sus nombres, en el momento en que a nuestra espalda se escucha un ruido como de arrastrar muebles. Nos dimos vuelta y vimos ala señora Elbay al Señor Conde al lado del aljibe, pero parecía que lo habían corrido;  y el señor Centeno con su traje azul, agachado con una bolsa del súper donde va siempre mamá.

Enseguida aparecieron los enfermeros.

– ¿Qué están haciendo? –preguntó uno.

Nadie sabía qué responder.

– Estamos ensayando –dijo Miguel- ¿no se da cuenta?

– ¿Ensayando qué? –preguntó el otro.

– Una obra de teatro –respondió Mamá.

No sabíamos que ella también sabía lo de la obra.

– Para mí que están escondiendo algo –dijo uno de los enfermeros a su compañero.

– Así que teatro, ¿eh? –dijo el primero– Y… díganme ¿Cómo se llama la obra?

El autor:

Nació en Avellaneda y se gana la vida trabajando en una editorial, entre otras. Ha hecho de todo, hasta llegar a escribir. Incluso fue a talleres literarios (Julio Diaco, Graciela Repún, Juan Diego Incardona, pueden dar fe, si se animan). Hubo quienes le han publicado cuentos en diversas antologías. La más reciente “Borges Cortázar, ad litteram”, en Colisión libros.)

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