Guerra

Había más de una vezPortada

Una nueva entrega de la sección “Había más de una vez” llega hoy a Terminal. Laura Monti nos cuenta de una guerra en la que todos, alguna vez, hemos combatido. Picados y colorados hemos salido de ahí. Acompaña al texto una hermosa ilustración de Fernanda Bragone. ¡Comienzan aquí los fuegos! 

Hay distintas formas de hacer una guerra y siempre dependen de los propósitos de los combatientes. Que los juguetes de mi vecino, que las picaduras de mosquitos, que la sopa de mamá, que la figurita número 51 o que la novia de Andrés antes era mía.

No hacen falta más que bolitas de alfalfa masticadas, velas de lavanda y una pisca de imaginación… 

 Guerra

A las tres de la mañana de un verano en Santa Fe, un mosquito se esmera en desvelarme (y lo consigue).

¿Es uno o una? Porque dicen que son las hembras las que pican.

Chupa mi sangre, toma las proteínas que necesita para producir sus huevos. Huevos que serán larvas que serán luego, cientos, miles y millones de soldados listos para dar batalla. Agazapado en un rincón se relame de antemano, espera que me duerma y elige la estrategia y el momento de su ataque. No lo ahuyentan ni el ventilador, ni las bolsas llenas de agua en la ventana, ni las velas de lavanda, ni el té de limón con el que froto mi cuerpo cada noche. No lo asustan mis maniobras. Afila su trompa, atraviesa la almohada y taladra mi oreja con la precisión de un cirujano.

Enciendo la luz, apoyo la espalda y la cabeza en la pared. Me quedo quieto. No lo veo entre los pliegues de la cortina, su escondite favorito. Estoy cansado. Acomodo las rodajas de cebolla sobre el colchón y me atrinchero bajo la sábana. Me envuelvo como una momia, dejando sólo la nariz al descubierto.

Apago la luz.

Sabe que sigo aquí, usa su sentido del olfato para detectar en la oscuridad el ácido láctico de mi transpiración, olor que no he podido borrar con los tres dientes de ajo que he comido, por tratarse dicen de un repelente natural. Percibe mi calor y enviste como un toro a la altura del tobillo. Perfora la piel hasta el hueso, succiona insaciable y me inyecta su veneno. Paso saliva por la picadura. El aroma a tomillo y romero de los ramilletes enganchados a la manija de la puerta me ahoga.

Enciendo la luz.

Preparo una crema con aceite de caléndula, clavo de olor, hojas enteras de eucalipto y albaca, cubro la cama con ella. Tomo dos litros de vinagre y manzanilla. En una botella pongo: agua caliente, azúcar negro y levadura. Hago guirnaldas con naftalina.

Para reforzar el zinc, consumo: un pedazo de milanesa de la noche anterior, un vaso de leche y una cucharada de brotes de soja. Cambio el pijama rojo por el blanco.

Apago la luz.

Me concentro en el alivio que me traen sobre la zona afectada: unos paños perfumados con esencia de almendras, hielo, una pasta grumosa de bicarbonato de sodio, el esmalte transparente de uñas y el interior de unas cáscaras de banana.

Me duermo.

A las seis de la mañana de un verano en Santa Fe, el sol sobre mi cara y un zumbido, se esmeran en despertarme (y lo consiguen).

Ilustración: Fernanda Bragone | http://fernandabragone.blogspot.com/

El autor:

Mi nombre es Laura Monti, nací en la ciudad de Santa Fe (Argentina) el último día de verano. Me mudé a Buenos Aires en el año 1986 y desde entonces he transitado por varias escuelas de arte, talleres y seminarios. Mayormente he trabajado como mimo y titiritera, en diferentes teatros y escuelas de la ciudad de Bs As. y el interior del país. Entre los años 2010 y 2012 concurrí al taller de la escritora Graciela Repún, donde me reencontré con lo creativo, con el juego y la palabra. Desde principios de 2012 la escritora y maestra de taller Iris Rivera es quien me ayuda a garabatear, borrar, volver a escribir, tachar, leer, volver a borrar, hasta encontrar "mis palabras".

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