Otro lunes

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Es lindo juntarse con amigos, reconocernos en los ojos y las manos. Prestarse palabras, compartir letras y darnos un abrazo con gusto a cuento.

Nuevamente “Había más de una vez” es visitado por escritores amigos, quienes, a su vez, nos traen relatos de amistad. Algunas tan fuertes que representan acciones heroicas y otras tan mágicamente dulces que ni siquiera producen caries. 
Comenzamos esta nueva entrega con “Otro lunes”, de Héctor Di Gloria. 

Otro lunes

Apenas sonó el despertador lo apagó con un golpe. Estaba transpirando. Un calor insoportable subía hasta el colchón enroscado en las patas de madera de la cama. Era el mismo calor que aparecía todos los lunes, sobre todo durante los meses de invierno. Julián sacó un pie de la cama y lo apoyó sobre la alfombra, pero solo por un segundo. Lo tuvo que levantar, y no porque lo haya decidido. El primer reflejo fue abrazar la pierna y soplar fuerte, escupiendo aire con gotitas de saliva. Se tocó el dedo gordo. Lo tenía mojado con un líquido espeso que ya había cubierto la uña, y que avanzaba por el empeine, quemando todo a su paso.

Sin pensarlo dos veces se limpió con la sábana y prendió el velador. La luz blanca se tiñó de naranja por un intenso reflejo rojo que se elevaba desde el piso. Julián estaba al borde de su universo de una plaza, y más abajo, a lo lejos, casi en el infinito, corría un río de lava que tenía origen y final desconocidos.

Retrocedió hasta golpearse la cabeza contra la pared opuesta al abismo. Se abrazó a la almohada; era suave al tacto y exhalaba con olor a pan tostado. Juntos se acercaron nuevamente al borde. Era cierto: el río de lava estaba ahí; serpenteaba entre pares de zapatillas y autos a control remoto. Entonces vieron el humo. La lava había encontrado en su camino una revista de historietas y empezaba a chamuscar el papel. Fue un brote gris, al principio, con dos pequeñas hojas, pero pronto se estiró por el aire hasta enredarse en una nube que impedía ver el techo. Muy cerca de allí, la mochila, perfectamente a salvo arriba del escritorio, mostraba esa repugnante sonrisa de cierre abierto.

Julián y la almohada tosieron, y se miraron a los ojos. El río de lava era cada vez más ancho y no iba a pasar mucho tiempo hasta que empezara a derretir el colchón. En un momento de desesperación, el despertador saltó de la mesa de luz y se hundió en la lava, con las agujas extendidas al cielo entre espirales de humo oscuro. Julián y la almohada se miraron otra vez y, en silencio, compartieron una verdad que no era necesario poner en palabras: no tenían tiempo para salvarse los dos.

Para despedirse, Julián hundió el rostro en el cuerpo de su amiga y lo mantuvo allí hasta que necesitó respirar de nuevo. Sobre la superficie de algodón quedó un dibujo de humedad. El aire se había vuelto irrespirable y la pintura empezaba a formar pequeñas burbujas en las paredes, debido al calor.

Julián cerró los ojos, apretó los dientes y lanzó a la almohada tan lejos como pudo. La mandó a la escuela para salvarla de aquel infierno.

Ilustración: Marcelo Blú

El autor:

Héctor Di Gloria nació en Buenos Aires en 1980. Es Diseñador de Imagen y Sonido (UBA) y profundizó sus estudios sobre discursos audiovisuales con un posgrado en “Educación, Imágenes y Medios” (FLACSO). Desde el año 2008 fue premiado en varios concursos, entre los que destaca un primer premio en cuento infantil para “La mancha”, en el Certamen Literario Gonzalo Delfino, Chubut. Su libro de cuentos se titula Todos tenemos algo para proteger de la tormenta.

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