Mi historia de lector

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Encontrarse con un libro, abrirlo y viajar con él es una invitación para abrir otro y continuar el viaje. Los caminos para la lectura son variados. Cada lector tiene su historia. Mario Valdovinos tuvo la gentileza de compartir la suya con nosotros.

Mi historia de lector

Para mis maestros: Irma Alvarez, Róbinson Millie, Ernesto Livacic, Hernán Loyola.

Ilustración: Natalia Gallardo

En mi caso, el encuentro con los libros fue, como tantas cosas, por azar, si bien en las casas que compartí con mis padres y mis hermanos había una biblioteca que contribuía a disminuir la pobreza en que vivíamos. Sin saber cómo, porque el dinero no abundaba, llegaban a nuestro hogar las revistas Ecran, de cine y espectáculos, y Estadio, de deportes; también la deslumbrante Life en español. Mi madre escuchaba discos LP de música clásica y leía novelas de amor, mientras mi padre prefería las biografías de personajes históricos, Yo, el menor de cinco hermanos, coleccionaba revistas de historietas, Roy Rogers y Gene Autry; Leyendas de América y Vidas Ejemplares; Batman, y Superman; y las intercambiaba en quioscos habilitados para ese efecto, en los que, por una pequeña suma de dinero, se cambiaban. Llovía en Santiago y había desórdenes y huelgas en las calles, por el alza del pan y la locomoción; por la cesantía y la política antiobrera del gobierno de turno, reaccionario, se leía en los graffitties políticos pintados en los muros, ¡Basta de alzas!; ¡Fin a la política contra la clase trabajadora! ; ¡Paro estudiantil!

 Asistía casi todos lo días a un liceo fiscal, el N. 6 Andrés Bello de San Miguel, digo casi porque varias veces al mes, con mis compañeros, nos íbamos a ver películas pues los programas dobles y triples de los cines capitalinos nos parecían más educativos e interesantes que las impenetrables clases de química y física. Éramos, sin duda, cimarreros, escapados de los deberes escolares. Mientras tanto nos enamorábamos perdidamente de las alumnas de los liceos de niñas circundantes, el N. 8 y el N. 6, en este último había sido directora, nada menos que Gabriela Mistral. En los innumerables paros estudiantiles las íbamos a sacar de clases, raptándolas, para irnos a insultar y apedrear la embajada norteamericana, ubicada en el Parque Forestal, y tras ese rito en que participaba con la misma furia nuestra la policía, encarnada en el llamado Grupo Móvil, nos quedábamos tendidos  en los prados el resto del día, el reposo de los revolucionarios de opereta, mientras se evaporaban en el cielo gris de la ciudad los vapores de las bombas lacrimógenas arrojadas por los pacos.

Mi Liceo tenía laboratorios, un gimnasio, una sala de actos y una biblioteca cuyos volúmenes los proporcionaba la Dirección de Aprovisionamiento del Estado, lo mismo que los textos de estudio para los alumnos pobres, como yo, que no podían comprarlos. La fauna estudiantil era heterogénea, hijos de empresarios y familias ricas, junto a alumnos provenientes de la pequeña burguesía y del proletariado. En la biblioteca había varios tesoros, tal vez el más fascinante era la bibliotecaria, la señorita María Antonieta, rubia y angelical, quien se aburría en un sitio poco visitado por nosotros que preferíamos el fútbol, las pichangas y las mil formas que inventábamos para agredirnos y hacernos, con los rivales de otros cursos, la vida insoportable.

¡Cállense, cerebros de arveja!, nos gritaba el maestro Livacic en sus clases de Castellano, para que guardáramos el silencio mínimo que permitiría escuchar sus discursos memorables sobre el clérigo Gonzalo de Berceo, el pícaro sacerdote Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, la locura del hidalgo de la Mancha, el aullido existencial de Segismundo, la exortación de Laurencia a los cobardes pastores de Fuenteovejuna para que castiguen al vil Comendador, Fernán Gómez de Guzmán, el caminar polvoriento de los juglares que habían compuesto las tiradas del Cid Campeador, el de Medinacelli y el de San Esteban de Gormaz.

Recitaba con su voz de varón varonil y se nos caía la mandíbula. Tenía algo más de treinta años, nosotros, doce, trece, y no podíamos creer que no estuviera, a esa inalcanzable edad, en silla de ruedas; usaba bigotes, ternos y corbata. Nosotros éramos descomedidos y chascones, beatlemaníacos y rockeros, enamoradizos y traviesos, iracundos y atolondrados. Nadie nos trancaría el paso. El futuro era nuestro, el presente, de lucha.  Esto ocurría en la enseñanza media; en la básica, nos habían hecho clases maestros que salían de la Escuela Normal José Abelardo Núñez, eran en su mayoría radicales socialistas y comunistas, con un claro pensamiento social y nos hablaban de la lucha de clases, no de nuestra resistencia a entrar a clases, de las masacres producidas en el territorio del país, la de la escuela Santa María de Iquique, la de Ranquil; de los eternos desaparecidos de la historia de Chile, pero también en su formación los capacitaban para tocar un instrumento y ser insignes bailarines de cueca. Nadie se libraba del Chile Lindo y del Trote Tarapaqueño.

Así fue que, atraído por los bellos volúmenes que repletaban los estantes de la biblioteca y por la cercanía de quien debía prestármelos, me hice cliente habitual del recinto. La bibliotecaria, al verme interesado en la lectura, me pasó una tarde, a la salida de clases, una antología de Pablo Neruda, editada por Nascimento. Yo podía tocar el libro donde ella había depositado sus manos. Leí sin parar, me subí  a un bus de la Empresa de Transportes Colectivos del Estado y desemboqué otra vez en el Parque Forestal, donde acabé el libro, de noche, sentado en un escaño por el que merodeaba la pareja que solía pololear allí. El libro me volteó el corazón, para mi asombro tenía, en particular la Oda al hígado. ¡Era posible, en literatura, cantarle al hígado!

Un poco antes, por los años de la enseñanza básica, había tenido de maestro a otro profesor iluminado, don Róbinson Millie. Él tocaba el violín y a la hora de los atardeceres sangrientos, antes de que nos marcháramos, con noche cerrada en el invierno, hacia las desgarradas orillas de mi ciudad, en las micros Ovalle Negrete,  Recoleta Lira, Vivaceta Matadero, hacia los barrios periféricos, los arrabales y los márgenes, interpretaba su instrumento sobre nuestras cabezas fatigadas. En otras ocasiones, cuando nos portábamos bien, no más de dos veces por año, nos leía fragmentos del libro Corazón, de Edmundo de Amicis. Me quedó enredado en la memoria el episodio de la madre de Garrón, un integrante del curso cuya historia describe el relato que tiene la forma del diario de un alumno.  Corazón es eso: la historia de un curso básico en la Italia del siglo XIX, la que aún lucha por su unificación política.

El niño ha estado faltando debido a su madre enferma. Reaparece tras varias semanas de ausencia y llega atrasado. Todos se dan vuelta a mirarlo cuando abre la puerta del salón escolar y se dirige hacia su banco. Nadie se atrevía a llorar, habíamos crecido, como colegio de hombres, bajo el rigor del látigo: los hombres no lloran. Me marchaba a casa, con el alma en un hilo. ¿Y si mi madre había muerto esa tarde? Retardaba mis pasos para no encontrarme con ese espanto: un ataúd en medio del living, todos llorando…Compraba en la panadería cercana a mi domicilio -oh Dios, se llamaba La Chilenita y repartían el pan en un carretón con caballo-,  berlines con mermelada de ciruelas y me desplazaba como un caracol a mi casa, con el pelo revuelto, la nariz helada y mi bolsón de cuero con los libros y cuadernos. Había luz en la casa, mi madre por suerte no había fallecido,  me recibía el olor de la estufa de parafina, con cáscaras de naranjas sobre el fuego para ahuyentar el olor de la pobreza. Me besaba en la mejilla y nos intercambiábamos fragancias: ella me envolvía con el aroma del jabón Flores de Pravia que usaba para lavar sus mejillas y yo le traspasaba desde mi boca el olor de la mermelada de ciruelas de los berlines.

El rector de mi liceo, un insigne latinista, don Manuel Villaseñor, había escrito un romance antologado en el libro Páginas Chilenas, cuyo autor era nuestro profesor, Ernesto Livacic, años después Premio Nacional de Educación. El romance aún me conmueve, se llama Mi caballo de palo y todavía lo veo a él escapándose del liceo, igual que nosotros, para no dirigir un establecimiento de muchachos indomables. Va por la Gran Avenida, cabalgando feliz en su caballo de madera.

Por primero medio, o miedo, tuve que leer la novela Patas de Perro, de Carlos Droguett. Es  la historia de Bobi, un niño de cuerpo y mente normales, vestido como nosotros, con una cotona de obrero, con su nombre bordado en el pecho, con hilo rojo. Padece de una particularidad por la que es discriminado: tiene patitas de perro. Su historia me dejó pegado en los muros de mi pieza. Despertaba de noche para levantar las sábanas  y mirarme  las piernas y el modo en que éstas terminan, como lo haría de adulto tras leer el poema Ritual de mis piernas, de Pablo Neruda. Seguían allí, blancas, cilíndricas y espesas,  como siempre, coronadas por pies  humanos.

Este nivel de impacto me provocaba la lectura, la asimilación con la vida. Leía como lo hace un niño pobre: para no morirme de pena en los desolados inviernos, en los días muertos, en los veranos sin huella. Bobi se movía por el mismo barrio que yo, comuna de San Miguel, esquina de Salesianos con Gran Avenida. Seguí, varias veces, como alucinado,  en el polvo de las veredas, las huellas de Bobi.

En mi pobre y vital Liceo nos formaban en uno de su dos patios como conscriptos.

 -A ver, jóvenes: ¡a discreción, atencíón fiiiirr¡; ¡A la iz… quier, a la de…  ré¡.  Y nos lanzaban el sermón matinal. Este es un colegio de va-ro-nes, que forma hombres útiles a la patria. ¿Qué era eso? ¿El territorio, el cuerpo del país, las montañas, el océano, America, los desaparecidos?. Yo había ingresado a la educación en un pequeño colegio particular de nombre… Patria y debía ser un ciudadano útil a ella. Era tal vez la tierra donde enterrarían a mis padres y a mis hermanos, a mis compañeros, a mis amadas, al caballo del carretón de la panadería La Chilenita y al del poema de don Manuel Villaseñor. También a mí.

Así, los libros estaban incorporados a mi ser. Seguía lloviendo en Santiago y áun me veo, en un atardecer sangriento, de vuelta  a casa, mi madre no ha muerto, compraré un berlín con mermelada de ciruelas, mi hígado funciona perfecto, mis pies no son los de Bobi; voy al trote en mi caballo de palo, mientras en mi interior se desgaja, hoja a hoja, el libro Corazón

El autor:

Mario Valdovinos | No nací en Valparaíso ni estudié en el Instituto Nacional, como me habría gustado, sino en Santiago y en el Liceo N. 6, Andrés Bello, de San Miguel. Tuve una infancia solitaria y feliz en las barriadas de la capital y, especialmente, en los cines. Allí me (de)formé: en la calle, en los rotativos y en la U. de Chile, donde estudié literatura y filosofía, vale decir, vocación temprana y eterna por lo inútil. Escribo hace rato narrativa y teatro, crónicas y crítica literaria, doy clases en colegios y universidades privados. ¿Privados de qué?.Vaya a saber. Soy acuariano hasta la muerte, dramaturgo y actor. Lo demás, espero que harto, se hace día a día.

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