La canción rota

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El cuento “La canción rota”, de Boris Sánchez Elchiver, nos muestra una de las facetas del espanto, el absurdo desatado en la nación  el 11 de septiembre de 1973. 

La canción rota

Cuando le supliqué que no me rompiera los discos, recibí como respuesta un feroz culatazo en pleno rostro. Ubiquémonos. 13 de septiembre de 1973.

Al doblar por Alameda con Concha y Toro divisé la agitación que se producía al fondo de mi pasaje, que por esos días, había sido declarado monumento nacional, ya que allí se conjugaban distintos estilos arquitectónicos muy sui-generis, donde antaño, rancias familias vascos- castellanas tenían sus dominios, pero que ahora habían emigrado al barrio alto, por lo que sus edificios estaban semi abandonados, convertidos en pensiones, piezas en arriendo a estudiantes, pintores, fotógrafos, etc.. Pero, no es de estructuras arquitectónicas, ni de vivienda y decoración de lo que quiero hablar hoy.

Mi edificio estaba siendo sitiado por una patrulla militar. Pregunté que estaba sucediendo. Este pasaje, me responden, está infectado de extranjeros, guerrilleros disfrazados de estudiantes; hemos allanado toda la cuadra y ahora le corresponde a este edificio. Precisamente, yo tengo mi pieza ahí, en el segundo piso, dije nerviosamente, para luego tranquilizarme, al darme cuenta que yo no era extranjero, ni menos, remotamente guerrillero. Subí las viejas escaleras en un santiamén. La puerta de mi pieza ya había sido forzada y lo primero que vi fue a un militar, descolgando de la pared mi charango e intentando hacer algunos acordes, y diciéndole a otro que también pretendía infructuosamente sacarle un sonido a una quena: “Cuando yo hice el servicio militar en Iquique, nos mandaron a la Tirana, ahí yo me compré uno de éstos, pero el mío era de quirquincho”. Ante tan ameno y melodioso diálogo, pensé graciosamente decirles, si falta uno yo los puedo acompañar con el bombo.

Ilustración: Marcelo Videla | http://www.facebook.com/pages/Videbujante/105847052791657

Rápidamente mi pieza se fue inundando de soldados que venían de vuelta de las otras habitaciones, compitiendo y comentando quién había encontrado los enseres más extravagantes, más curiosos o ridículos. Con respecto a mí, parecían ignorarme, estaban más entretenidos y concentrados en pretender sacarles sonidos a los instrumentos vernaculares, que buscar a un potencial terrorista. Me llamó la atención uno, indiferente y silencioso, con un extraordinario parecido a Dustin Hoffmann, en la película “El graduado.” Era realmente emocionante la similitud con el actor. Quizás lo único que lo diferenciaba de éste y lo convertía en un mortal cualquiera, era un inconfundible lunar sobre la ceja izquierda. De improviso se alejó del grupo, dirigiéndose a mi velador, y antes de abrirlo me dio una mirada, como diciéndome, yo vine a esto, no a manosear o acariciar instrumentos. Alzó el velador vaciando su contenido, quedando esparcido por el piso el cuerpo del delito.

Ve mi capitán, aquí no hay ningún disco, por ejemplo, de los Quincheros, todos estos son puros comunistas, mire, Quilapayún, Patricio Mans, los vi en un acto de la CUT., y sin pedir autorización al superior, se acercó desafiante, preguntándome: ¿Por qué no tenís música de los Quincheros? Porque no tocan charango, respondí desconcertado; y que tiene que ver el charango, insistió, es que yo toco charango en el BAFUTE, le contesté. Y qué es eso del BAFUTE, es el Ballet Folklórico de Universidad Técnica del Estado, respondí, creyendo con esto darle un carácter más formal, más académico a la situación. Así es que sos de la Técnica. Mira lo que hago con tu música, concha e’ tu madre; y en un arranque de ira emprendió un verdadero ritual, zapateando, saltando con furia sobre mis discos, pateando pedazos en todas direcciones. Por allá divisé un trozo de la cabellera desgreñada de la Violeta, justo a mis pies un “Te recuerdo Amanda”. En un rincón se estaba escapando la Cantata Santa María de Iquique. La Cantata, no, por favor, que está con dedicatoria, grité, abalanzándome sobre Dustin, que con un culatazo frustró mi intrépido rescate. Y como para cerciorarse, recogió el trozo de la dedicatoria, y se lo fue a mostrar al capitán. Mire, el huevón, tiene hasta el nombre ruso, se llama Boris, y ¡zas! otro culatazo por las costillas, y pensar que mi madre quiso inmortalizar ese nombre en homenaje a un apuesto piloto ucraniano. No importa pensé, algunas carátulas, las recupero en el Persa Bío-Bío. Y otras se pueden salvar. Pero el bizarro soldado pareció adivinar mis pensamientos, y en un nuevo arrebato, recogió las pocas portadas que se podían recuperar, rasgándolas con violencia, lanzándolas al aire, como quien tira papel picado en un carnaval. ¡Levántate mierda! me grita, al ver que pretendo recoger los trozos esparcidos por el suelo. Justo en el momento en que se dispone aplicarme otro culatazo, un milico entró gritando que saliéramos todos con las manos en alto.

Ahí estuvimos como dos horas, tendidos en la calle. Finalmente, al no encontrar armas o terroristas deciden abandonar el pasaje. El que había estado en la Tirana, me pasa a decir al oído “No le haga caso, siempre ha sido así, medio atarantado para sus cosas… a veces se la pasa la mano, pero en el fondo no es mal chato.” Al subirse al camión, el Dustin me miró y en un gesto ambiguo levantó y agitó su mano derecha, dejándome para siempre la duda si eso era una gentil despedida o una evidente amenaza.

Rápidamente retorné a mi cuarto e inicié la amarga tarea de pretender ensamblar el puzzle que había quedado inconcluso y desparramado. Intenté con los fragmentos quebrados armar un nuevo disco. En una especie de collage se me mezclaban la sonrisa de Víctor con los cabellos de Ángel Parra, los ojos de Pato Mans con la nariz de Rolando Alarcón, los ponchos del Inti con la falda de la Mercedes Sosa….las barbas de los “Quila” con la frente de Héctor Pavez…. Qué sabes de cordillera….Para hacer esta muralla.. Voy hacer un cigarrito… Gracias a la vida…

 

EPILOGO

Muchos años después… Muchos años después haciendo clases en un colegio de Avenida Matta, en una reunión de apoderados creo reconocer al Dustin Hoffmann. A pesar de los años no había perdido el parecido con el actor. Ya no tiene, por supuesto, el aire del protagonista de “El graduado”. Ambos han envejecido en forma paralela.

Ahí estaba. Sin la protección del uniforme militar parecía sentirse desnudo. Su figura tan bizarra en otros tiempos, tenía ahora rasgos caricaturescos.

Carolina, su hija, me dice que su papá quiere venir a conversar conmigo con respecto a ese 3.8. Con un 4 ella estaría pasando de curso. Que qué me costaría, son sólo dos décimas. Le digo que no hay problema, que lo espero el miércoles. Por el momento llévale este presente “La Cantata Santa María de Iquique” de parte del profesor Boris, el del nombre ruso. Carolina, sorprendida, me pregunta qué desde cuándo nos conocemos… Desde hace bastante tiempo, para ser más exacto desde el 13 de septiembre de 1973. Chao. Que no falte el miércoles. Lo espero…

Aún lo sigo esperando…

El autor:

Boris Sánchez Elchiver. Profesor de Castellano, Escritor, Fotógrafo y Folclorista; Ganador del Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura 2006, con su libro Ligero de Equipaje; Vive en Concepción.

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