¿Hace cuánto que no compra un libro chileno?

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En serio.

La firme.

¿Hace cuánto que no compra un libro chileno, ya sea para usted (¿consumo personal?) o para regalárselo a alguien más?O, si vamos más allá de la compra y el vil mercado y sus “tentáculos”, ¿hace cuánto que no lee a algún chileno? Y me refiero a alguien nuevo y no a la novela de Bolaño que le falta o la última de Carla Guelfenbein u otro best seller del estilo.

Y es triste, uno va a una librería en Chile y, si pide alguna recomendación, te llevan rapidito al mesón donde están los compactos Anagrama, los brillositos de Alfaguara y usted compra alguna novela que haya ganado hartos premios; de preferencia algún escritor de nombre exótico.

Es triste. En nuestro país hay un montón de editoriales independientes con apuestas buenísimas, pero sus libros quedan en el estante de “autores nacionales” y en inevitable orden alfabético (para que encuentren el libro solo los familiares y amigos del escritor, me imagino).

Tal vez en Septiembre debería haber solo autores nacionales en el mesón de Destacados de las librerías. A ver qué pasa…

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En fin, todo esto para hablar de Voces -30 una antología que, como su nombre lo indica, reúne a 21 escritores chilenos que no superan la treintena. Se trata de voces dispares, como en toda antología, voces que, también, hablan con distintas intensidades: algunas llegando al grito/aullido, otras hablando como entre murmullos.

Cuentos valientes todos. Dolorosos, también.

Relatos que conjuran a un Santiago violento e indiferente, de perros y animales atropellados (como en el cuento de Maorí Pérez) o que se despliega como una incesante caminata, hablando de todo y de nada (como en “Resbalín” de Daniela Acosta); historias donde la cultura pop logra permear hasta las intimidades más tristes, con canciones que hacen estallar recuerdos traumáticos (“De cuando conocí a Salas (y me rompió el corazón)” de Francisco Díaz Klaassen), películas tontas que hacen de tema de conversación entre dos posibles amantes (en el relato de Begoña Ugalde), o teleseries y reality shows que sirven de correlato para las siempre personales pérdidas amorosas (como en “Juan y Marta” de María Paz Rodríguez). Relatos en los cuales el arte llega hasta límites insospechados, y como empañados por la ambigüedad y un lenguaje a una velocidad distinta, (como en el caso de “Nevada” de Juan José Richards Echeverría) o en los cuales, del pedestre contemplar de una chica que sirve café en un Starbucks de El Golf germina toda una mitología literaria de consecuencias geniales (como en “Vida y obra de Gaspar Krupp” de Pablo Toro Olivos).

Hay historias, en este libro, que no llegan a ninguna parte. Y está bien que así sea. Uno se deleita en el vaivén, en el recoveco, en la delicia de perderse, sin que importe realmente a donde se quiere (o no) llegar. Hay crímenes que se investigan sin que importe realmente el resultado o la solución de éste (“Matar peces” de Juan Pablo Roncone); niños que se caen en piscinas mientras un par de estudiantes de periodismo intentan, en vano, reportear la noticia (“El idioma del cielo”, notable cuento de Diego Zúñiga); o la historia de una escritora chilena que se pierde en el desierto y alguien que la busca, o, más bien, va rastreando sus ecos, un poco resignadamente (es el caso de “Perdida” de Antonio Díaz Oliva).

Historias que no saben a dónde van pero que se mantienen siempre en movimiento. Poniendo un pie frente al otro, como en el cuento de Macarena Fabry (aptamente titulado “Pie Izquierdo, pie derecho”)

Pero, en defintiva, pasos todos hacia un futuro bien-bien interesante.

El autor:

María José Navia (Santiago, 1982) | Lectora y cinéfila compulsiva; escritora en proceso de aprendizaje. Publicó su primera novela SANT (Incubarte Eds.) en 2010 y espera publicar su segunda novela, Lost and Found/ Objetos Perdidos, a fines de este año. Sus cuentos han aparecido en diversas antologías. Twitter: @mjnavia Blog: ticketdecambio

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