Viajando en blanco y negro

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“Martín Warp” te pega.

La primera lectura que di a esta novela gráfica -escrita por Enrique Videla e ilustrada por Abel Elizondo- fue de un tirón, sin pausa. Su estética y ritmo no me dejaron soltarla hasta el final. Terminé algo mareado y diciendo ¡qué buena!, ¡muy buena! ¡muy muy buena! 

La segunda lectura la hice pensando en escribir esta recomendación. El libro se llenó de post-it con marcas, que en la tercera lectura fueron cayendo uno a uno. Y en cada lectura encontré un nuevo detalle, otra idea para darle vueltas, otra arista a destacar. Al cierre de cada visita al comic persistió mi primera impresión: ¡qué buena!, ¡muy buena! ¡muy muy buena!

Ilustración: Abel Elizondo

 

¿Qué es lo que me gustó de “Martín Warp”? No es fácil explicar esto. Cuesta describir la experiencia estética resultante, tras sumergirse en sus viñetas blanco y negro. Falta lenguaje para eso o al menos a mí me falta. La referencia a lo que es un “warp”, ofrecida por uno de los personajes, puede servir: un lugar en el espacio “que a veces está y otras veces no, que cuando estás dentro no sabes dónde estás”. También sirve una de las definiciones que se entrega al comienzo del relato. “Warp: mover, deformar, distorsionar”.

La novela mueve tramas que hacen eco entre sí; deforma, distorsiona escenarios y eventos, y aún así conduce con un sentido claro la articulación de la historia en su conjunto. Con todos sus recursos desplegados, el relato provoca la impresión de estar bordeando algo frágil, que te descoloca a cada giro, aún cuando su principal línea argumental transcurra en lugar y tiempo concreto: Los Ángeles, Chile, en el marzo post terremoto 2010. La sensación de estar leyendo un texto que parece dejar cabos sueltos y que, sin embargo, los enlaza sin que tomes cuenta de ello, frente a tus ojos, fue una de las cosas que más me gustó de “Martín Warp”. El caos ordenado.

La historia se inicia en Los Ángeles, nuestro “elei”. El adolescente Martín Quintero y Juan Elal, los personajes que matan el tiempo en una plaza, nos resultan conocidos (los hemos visto o hemos sido ellos alguna vez). Todo va ceñido a lo cotidiano y, sin embargo, bastan un par de páginas para que se desencadenen eventos extraordinarios, aún en un contexto sacado del orden común, como un país fracturado por un 8.8 (si lo vivieron, sólo traten de recordar cómo fueron esos primeros meses tras el terremoto: la tierra agitándose a diario, apagones que hacían esperar una nueva sacudida, y en el sur, toque de queda).

La historia juega con el tiempo y el espacio. La historia te arrastra en saltos temporales que se acompañan vivamente de cambios en los trazos. La historia nos lleva a galope a distintas épocas. Desde una tribu de cazadores antediluviana, pasando por la “tragedia del humo” en la mina El Teniente (355 mineros muertos por asfixia en 1945), hasta el ajusticiamiento de un bandido que defendía a los proletarios, el “cóndor herido”, “Katri Mánqui”, en 1968.

Todos esos tiempos se ligan con 2010.

Los eventos se unen en torno a los personajes principales, y en especial sobre el protagonista, Martín, y una huella digital: su propia huella, estampada con sangre en dos cartas idénticas, ambas escritas a máquina, con similar mensaje, en dos épocas diferentes. Las cartas probarían la participación de Martín en un crimen ocurrido antes de su propio nacimiento. Se instala así el desconcierto. La lógica y el sentido común no nos ayudan a entender, pero las pistas que da la trama ayudan a crear hipótesis sorprendentes, pero posibles dentro de la novela.

Esto fija uno de los primeros nudos que dan fuerza y sostienen la historia.      

www.viceral.cl

No quiero contar más de la trama. La idea es que bajen la novela gráfica -que se entrega gratis desde www.viceral.cl– y puedan ahí, en su propia inmersión, descubrir los caminos que toma este viaje, donde además de Martín y Juan, otros dos personajes cobran vida y relevancia: Olivia, compañera de liceo de Martín (con rasgos físicos parecidos a Muerte, de Sandman, y la extraña capacidad de narrar la historia escrita por el guionista a través de sus sueños) y Marco Nibiru, niño que puede ver lo que no todos ven. Él sabe cómo captar los sutiles mensajes de la naturaleza, la ciudad y las mascotas virtuales desechadas. Él entiende lo sabido por los antiguos respecto a las fuerzas superiores -lo que hoy llamamos mitos con moderna soberbia- y las maneras en que éstas  siguen presentes en lo que entendemos por realidad.

Vale la pena adentrarse en la novela. Cada lectura deja nuevas sorpresas. La primera impresión se mantiene, sigo pensando que es un muy buen trabajo, pero la valoración aumenta en densidad, se colma de nuevos detalles regalados por el guión o por las ilustraciones. Y dan ganas de leer más desde estos jóvenes autores.

Una frase del protagonista para cerrar: “si no hay un pedazo de pasado al que agarrarse, no vamos a poder llegar a ninguna parte”. Sobre ésta voy a especular (un ejercicio saludable).

Sospecho que esa frase retrata el punto de partida que deben haber tenido en mente los autores al construir su obra. Creo que los guiños a Themo Lobos y a Pepo tienen que ver con ofrecer sus respetos a los maestros, para proyectarse así al futuro. “Martín Warp” se enlaza con los grandes, dialoga con ellos, quiere avanzar sobre esa huella. El saludo a los Súper Campeones (¿Colegio Franco Canadiense?) lo tomo más como un eco generacional que a muchos nos toca.  

Creo también que el ejercicio de rescatar pedazos de nuestro pasado como nación (la tragedia del humo) o como especie (una tribu cobijada bajo el alero de una caverna), tiene relación con iluminar trazos de la historia que la Historia por mucho tiempo olvidó. La herencia de las mayorías no se encuentra en los palacios, ni en los fastuosos salones donde se reunían los caballeros y mercaderes. La mejor herencia es la memoria, el patrimonio de todos es recordar, realmente, desde dónde venimos y dónde están nuestros muertos. Sólo así podremos llegar a alguna parte y no perdernos en lo absurdo, en modas pasajeras, como, por ejemplo, la compra masiva de mascotas virtuales, “tamagotchis”, que finalmente terminarán olvidadas y hambrientas en un tarro de pelotas de tenis, esperando que alguien las repare.

Stencil: Abel Elizondo

El autor:

Gonzalo Gallardo. Psicólogo educacional y profe. Hay días en que quiero escribir. Los más, me dedico a leer, disfrutar y aprender.

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