Correr es un arte

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Diego Vargas Gaete regala un nuevo texto para Revista Terminal. En esta ocasión, nos habla acerca de literatura, deportes, corredores de fondo y juegos olímpicos. Para acompañar el fin de Londres 2012, que ya se acerca.   

Etíope

Cuando niño, en el colegio, si alguien te llamaba etíope te decía flacuchento y alfeñique de un solo golpe. No sé por qué lo peor era parecerte a esos corredores de fondo que a veces salían en la tele. Por esto, apenas escuchabas la palabra etíope debías salvar la afrenta devolviendo un par de empujones. Entre tanto los corredores africanos lucían su indudable fortaleza en mundiales y juegos olímpicos.

Abril 2011: “Señor, usted tiene tortícolis”.

Haruki Murakami está de moda y sostengo que es un japonés con el cuello torcido hacia occidente. Llega a mis manos “De qué hablo cuando hablo de correr”, libro en el que cuenta sus experiencias como corredor de distancias largas. Al día siguiente desempolvo mis zapatillas y comienzo a machacar el pavimento.

Deja hablar a los que saben.

El corredor de fondo es un solitario. Escribir es un trabajo a solas. Ya tenemos una coincidencia. Acá las palabras del protagonista de “La soledad del corredor de fondo”, película inglesa de 1962: “…es difícil de entender: todo lo que sé es que hay que correr. Correr sin saber por qué a través de bosques y campos y correr sin una meta aunque la gente te esté vitoreando. Esa es la soledad que siente el corredor de fondo”.

No le ponga tanto color

Comienzo a correr tres veces a la semana. Luego añado una jornada más a la rutina. La idea es recuperar el tiempo perdido. Un día, sin metáforas de por medio, mis piernas dicen basta y me quedo botado en la punta de un cerro. Regreso cojeando mientras despiertan los grillos y a lo lejos la noche se apodera de los edificios.

La locomotora humana.

Los libros atraen otros libros. Así, aparece en el camino “Correr”. Escrita por Jean Echenoz, esta breve novela biográfica cuenta la vida de Emil Zatopek, corredor de fondo de la antigua Checoslovaquia que en los juegos olímpicos de Helsinski (1952) se colgó en el pecho tres medallas de oro -ganó los 5.000 y 10.000 metros planos y además el maratón-. ZATOPEK. Quitarse el sombrero antes de pronunciar su nombre.

Anote, anote.

Sigo el consejo de Murakami y llevo una libreta para mejorar mi desempeño. Cada jornada de entrenamiento, sin censuras, debe consignarse en el papel. Ejemplo: 21/10/2011 trayecto ida y vuelta Temuco a Labranza. Dos horas, tres minutos y doce segundos. Ojo al cruzar una solera. Los costalazos roban tiempo.

Números

Alguien se dio el trabajo de contar la distancia total que Zatopek recorrió durante sus años de corredor. Se supone que el atleta logró dar tres vueltas al mundo. Yo me retiro cuando sume, a lo ancho, unas tres vueltas a Chile.

Una idea

Decido participar en carreras populares. Todas gratuitas. Nada de desembolsar dinero por lucir en una polera el logotipo de una marca. En esos kilómetros de competencia me van pasando un montón de delgados atletas. Como tengo tiempo para pensar, descubrí la formula que algún día me llevará a obtener un lugar en el podio: los corredores, como en el boxeo, deberían competir de acuerdo a su peso. Yo sería un empeñoso participante dentro de la categoría crucero.

Pongámonos patriotas.

El suplementero Manuel Plaza obtiene nuestra primera medalla olímpica. Salió segundo en el maratón de Ámsterdam (1928). Apenas veintiséis segundos lo separaron del oro. Un mísero suspiro.

Marzo 2012: San Cristóbal Running

 Envío este cuento a un concurso:

“Ella sube por Pedro de Valdivia, reloj pulsómetro y calzas negras. Le gusta quemar las horas de trabajo, correr entre los árboles y que la noche la sorprenda con su rumor de grillos. Él sube por Pio Nono, short de algodón, idealmente a guata pelada y ojalá que sople un poquito de fresco. A veces se encuentran en el sector Tupahue, donde los caminos del cerro se abrazan. No hay palabras. Sólo sincronizan sus respiraciones, paso a paso, destilando el mismo empeño. Hasta que los recibe la cumbre y sus miradas otra vez se pierden en lugares distintos.”

Por supuesto, pasa sin pena ni gloria.

Epílogo: la vida es una carrera

1968. Primavera de Praga. Se busca democratizar Checoslovaquia. A la Unión Soviética no le agrada el asunto he invade el país. Zatopek, ya jubilado de las pistas, da un discurso de repudio. Los rusos lo castigan y se va a trabajar a las minas de uranio. Luego de seis años regresa a Praga como recolector de basura. Zatopek es un campeón olímpico que todas las mañanas corre detrás de un camión de desperdicios. Y lo hace con la frente en alto y sonriendo. Un grande.

Zatopek, en 1968. Imagen extraída desde http://www.ucjc.edu/blogs/index.php?u=inst.-ciencias-deporte

El autor:

Diego Vargas Gaete es escritor y guionista. Fue becario de la Fundación Pablo Neruda y de la Escuela de Escritores del Centro Cultural Ricardo Rojas en Buenos Aires, Argentina. Ha sido galardonado en más de diez concursos literarios.

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