Amor con gusto a ballena

Había más de una vezPortada

Amor, amor, amor… Cuando llega es tan difícil soltarlo que por eso decidimos abrazarlo un rato más. Puede ser esa brisa que se acerca despacio para hablarnos al oído. O ese vendaval que nos besa apasionadamente. En cualquiera de sus formas, el amor siempre merece una segunda parte y aquí no queremos excepciones…

 ¡A enamorarse con nuestras historias!

Para iniciar esta segunda entrega de la sección “Había más de una vez” ligada apasionadamente al amor, nada mejor que un bello cuento: Irene Goldfeder nos presenta “Amor con gusto a ballena”.

Además, en esta ocasión se agrega la opción de disfrutar del cuento leído por su propia autora. Estrenamos “audio cuentos” como opción. Al final de la lectura está la versión grabada, editada por Alejandro Baradit (a la cual también puedes acceder aquí).

¡Prendan sus parlantes! 

Ilustración: Vero Fradkin (www.veronicafradkin.blogspot.com)

 

 

Amor con gusto a ballena

“Cleta se puso los escarpines, los guantes de goma y se subió a su motoneta.

Del otro lado de la montaña la esperaba Ruperto con tres docenas de gladiolos,  un corazón rojo furia, bombones  y un cartel colgando de su puerta.

“Mi bella Cleta, te adoro por ser ballena sobre tu motoneta”

-Eso es amor- murmuró Rosita, la vecina.

-Doña, que va ser amor. Es sólo un pasatiempo- agregó Pepe, el almacenero.

Las palabras pasatiempo y ballena recorrieron todo el barrio y al rato nomas una muchedumbre se agolpó frente al cartel. Algunos eran altos, otros bajos, los había flacos y gordos. Pero todos, absolutamente todos, estaban ansiosos de pasar el tiempo junto a una ballena.

 

En ese mismo instante, al otro lado de la montaña, la moto de Cleta quedó atascada en mitad del transito.

Entre tanto ajetreo perdió uno de los guantes de goma y se le corrió el maquillaje.

Un hombre pelado se acercó  en  bicicleta.

-¡Qué lindos escarpines!- dijo.

Cleta, al escucharlo, cerró por un minuto los ojos.. Aprovechando el descuido el ciclista se aproximó más.

-Flaca ¿te puedo acompañar a algún lado?- preguntó.

 

Las horas pasaban volando mientras la muchedumbre, cansada de esperar, intentó robar los bombones.

-¡SOBRE MI CADAVER!- amenazó Ruperto

Al escucharlo se arrojaron sobre él como fieras hambrientas. Le vaciaron las cajas de bombones y rompieron el corazón rojo furia.

-Salamín con queso para engañar el estómago- ofreció  Rosita y logró que todo vuelva a la calma.

Ruperto se sentó en la vereda.

-Me quiere mucho, poquito, nada…- repetía mientras arrancaba los  pétalos de los gladiolos

 

-¿Flaca yo?

-Claro,   liviana como mariposa- respondió el ciclista.

Cleta se sentía delgada por primera vez en la vida aunque su motoneta no pensaba lo mismo. Es que los kilos de más de su dueña la aplastaban de tal manera que se le desinflaron las ruedas y  la carrocería se partió por la mitad,

-¿Y ahora cómo llego a lo de Ruperto?- lloriqueó Cleta.

El ciclista le guiñó un ojo y la invitó a subir.

 

-Mire, deje de deshojar gladiolos y de una vez por todas vaya a buscarla- dijo el más alto de la muchedumbre mientras el resto acompañaba la frase moviendo la boca.

-Acá se prometió ballena y no nos vamos a conformar con  bombones- resaltó Pepe, el almacenero.

Ruperto pensó en aclararles que Cleta no era ballena, o por lo menos no era una de esas ballenas   que nadan o llegan puntuales a las citas.

Pero decidió callar e ir a preparar unos mates.

-Si hay que esperar se espera- sólo eso dijo.

La muchedumbre se dividió al escuchar esas palabras.

Los altos y los flacos, excusándose en que preferían los delfines a las ballenas, se subieron a sus autos y partieron.

Pepe, el almacenero, volvió a su tienda.

En cambio los gordos y los petizos se quedaron a esperar.

-Venga Don, que si algo sobra acá es tiempo- dijeron con tono amigable.

Rosita, de una corrida, fue a la panadería y volvió con un kilo de bizcochitos de grasas.

-Los gustos hay que dárselos en vida- aclaró apoyando la mano sobre la espalda de Ruperto.

 

-Flaca, no puedo más- dijo el ciclista casi sin aire.

-¿Entonces?

-Pedalea vos.

-¿Te parece?

Cleta pasó adelante y pedaleó. Pero lo hacía tan lento que casi no avanzaban.

El ciclista le dijo un secreto que sonaba a trabalenguas y Cleta, sin entender por qué, pedaleó tan rápido que la bicicleta se despegó del suelo y siguió viaje por el aire.

 

Ruperto escuchó una voz finita, las palabras llegaban entrecortadas, no se entendía nada.

Rosita, su vecina, le prestó un enorme cono de papel.

“Ruperto: Ya no uso motoneta y me voy con mi ciclista a viajar en bicicleta”

Intentó descubrir quien hablaba. Se veía un  punto moviéndose entre las nubes.

Uno de los integrantes de la  muchedumbre le acercó un catalejo y Ruperto logró ver una mujer liviana, junto a un pelado, paseaban en bicicleta.

-La cara es igual, pero esté mucho más  flaca- pensó afligido.

El más gordo de los hombres le sacó el catalejo de las  manos y observó el cielo.

-Es sólo una gacela- dijo.

La muchedumbre tomó sus pertenencias  y partió desencantada.

La bicicleta  voló en línea recta hacia arriba y salió disparada  hasta que no se la vio más.

Rosita lo invitó a Ruperto a cenar pastas con tuco.

Juntos se dirigieron a la casa y fue en ese momento que Ruperto descubrió que su vecina  nadaba. Movía sus aletas y su cuerpo de forma esponjosa mientras  sus ojos salpicaban secretos del mar.

El autor:

Irene Goldfeder. Nací en Buenos Aires. De tantas vueltas que dí por el mundo se me hizo costumbre de hospedar viajeros, y ahora soy dueña de un hostel en la capital de Argentina. Crecí rodeada de libros y hace un tiempo se me metió un capricho muy bonito, dedicarme a escribir en distintos formatos pero siempre respetando el juego y el disfrute.

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