La tarde en que fui esclava de “la Geisha”

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¡En Terminal nos pusimos Kitsch! Creemos que hay muchas formas de llegar a la lectura y lo pop, lo masivo, ¡también es cueca! Se puede ingresar a lo literario desde iconos populares, especialmente cuando nos ofrecen textos y material narrativo variado. Es el caso de Anita Alvarado, la “Geisha” chilena, famosa por sus memorias e historias ampliamente difundidas por la televisión y revistas del corazón. Hoy, Constanza Iglesias nos ofrece una sabrosa crónica, el relato de la tarde en que fue esclava de la Geisha. 

Cuando se es practicante no hay ninguna tarea a la que uno se pueda negar. Es una ley tácita que algunos confunden con la “formación de carácter”. Entré a The Clinic junto a otros 12 aspirantes a periodistas, los que provenían nada menos que de las 12 regiones de nuestro país. Coincidencia numérica que me dejó rápidamente como la representante de la Metropolitana junto a una rubia que, años después, terminó siendo una de mis mejores amigas y la mejor periodista de todos nosotros. Digámoslo: más que una práctica, esto parecía un reallity en el que se luchaba por la atención de los editores. Si lo lograbas, pasabas a la prueba física del reporteo, el que podía concluir con tus palabras impresas en algún bendito espacio del pasquín taquillero. El ganador no se llevaría ningún monto millonario (ni la práctica se pagaba), sino que se aseguraba la estadía permanente y el uso de un computador en la sala de redacción, que no era más que el living de un viejo departamento ataviado con seis escritorios en los que los periodistas tenía derecho a fumar y dejar las cenizas esparcidas sobre el teclado. Así lo hacía Pedro Lemebel y era mi deleite verlo escribir, llenando la pantalla con líneas rojas que indicaban los errores ortográficos que él dejaba pasar a favor de la inspiración galopante. Jamás me dirigió la palabra, excepto el día en que nos topamos en el funeral de Gladys Marín. “Hola”, me dijo.

Pero volviendo a lo nuestro, los 12 del patíbulo fuimos relegados a un cuarto al fondo del pasillo, justo al lado del baño. Como en todo reallity, los productores siempre incitan al conflicto y esta vez la carnada fue la siguiente: un computador para los 12. Pero no cualquier computador, sino un PC de los ochenta que sin previo aviso se apagaba, haciéndonos perder lo que nosotros ingenuamente considerábamos maravillosas piezas periodísticas. Hubo un mes en que la cosa se puso densa, debe haber sido el segundo, cuando en una borrachera un compañerito destapó la olla y nos acusó a tres compañeras de tener los mejores reportajes porque éramos “minas”… ¡Metalero seboso! Todavía me arrepiento de no haberle sacado la cresta cuando me desperté durmiendo de cucharita con él, en un claro abuso a mi ingesta de alcohol. Lo putié eso sí, peor que la Paty Jofré, tanto que después me arrepentí, sobre todo cuando lo vi salir del departamento. Pero al rato volvió con pan caliente para todos y la misma sonrisa care’raja. En fin. La acusación no había sido justa, ni para nosotras, ni para varios de los practicantes que nunca habían escrito, ni para los que jamás les aprobaron un tema. Muchos hacían sacrificios por pagar un departamento o una pensión en Santiago en busca de “la oportunidad”. Romántica idea que se iba al carajo en una pieza oscura al fondo del pasquín.

El repunte llegó con el número de aniversario, el que prometía más páginas y tareas. Pero sólo agravó la situación. Muchos se convirtieron en productores en busca de columnistas famosos, a quienes perseguían por cielo, mar y tierra. Y nuevamente el trío acusado se salió con la suya. A la rubia le dieron un tema y a la Montse y a mí nos encargaron la tarea de encarar a los personajes que había sido portada del pasquín, con ejemplar en mano para mostrarles el titular, casi siempre bochornoso, y preguntarles su opinión. La tarea nos llevó a viajar a Valparaíso -región de Montse- para sacarle las primeras palabras que Pablo Longueira concedía al medio y a correr tras varios políticos, esperando que salieran del hemiciclo del Congreso. Recuerdo con cariño la vez en que entramos a una clase que Andrés Allamand daba a un selecto grupo de magister en una pituca universidad del barrio alto y cómo tuvimos que salir corriendo cuando llamó a los guardias. Montse y yo éramos un team a prueba de balas. Bendita arrogancia juvenil…

Fue esta estampa la que nos hizo merecedoras de una difícil misión. Nadie había podido contactar a Anita Alvarado, la Geisha chilena. Uno de nuestros editores -que siempre nos trataba de “chica”- me pidió ir a su condominio en La Florida, ordenándome que le pidiera a una de las periodistas estables que me entregara la dirección exacta. Así lo hice, pero dicha colega me negó la información. Por supuesto, yo pensé que estaba bromeando, pero cuando me dejó hablando sola, me acordé de esa estupidez del celo profesional. El editor la obligó a cantarme la dirección y la chica lo hizo de mala gana, balbuceando. Como sea, invité a mi amiga Montse a esta nueva aventura, y las perlas fuimos en radiotaxi a la casa de la Alvarado. Fue un verdadero lujo asiático, digno de una entrevistada experta en las artes amatorias orientales. ¡Es que en ese pasquín nunca nadie se rajaba ni con plata pa’ la micro! Al llegar, tocamos el timbre pero no nos abrió nadie. No podíamos volver sin la respuesta de la Geisha, a quien se le pediría escribir una columna sobre Ricardo Lagos. Eso sí, Montse, se fijó que desde el segundo piso una cortina se movía. Era una escolar.

Nos sentamos en una banca cercana, en una especie de plaza del condominio, no recuerdo con exactitud. Con Montse ya teníamos muchos temas que conversar, así que no nos costó nada esperar una media hora. La cortina desde el segundo piso de la casa de la Geisha se volvió a mover. Retomamos el ataque, estaba oscureciendo, y esta vez nos abrió la escolar que terminó siendo Angie Alvarado. Desde ese entonces, la pequeñita ya mostraba su destreza para hablar con los medios de comunicación. Luego de explicarle a qué veníamos, nos hizo pasar. Y ahí estaba ella: Anita Alvarado, la Geisha chilena, en buzo. Nos sentamos en su living, ella relajadísima, confiada, porque ¡qué amenaza éramos nosotras al lado de la Yakuza o su propio ex marido, Yuji Chida! Fuimos al grano, se hizo de rogar con la petición, pero sólo un poco. Aceptó de buena gana y luego nos dijo: “ya chiquillas. Va a pasar el camión de la basura”, particular forma de despedir a tan nobles invitadas de piedra. Entonces me paré y le dije: “¿Te ayudo?” Fue así como terminamos la Montse, Anita y yo en su pequeño patio, sacando su basura, que no era más que un número considerable de botellas de cerveza. Había hecho “una cosa chica”, nos dijo la Geisha, mientras dejábamos sus restos fiesteros en la calle tras una buena suma de viajes. Fue la noche en el que el team cumplió su misión más compleja, antesala de lo que nuestros compañeros de práctica nos gritaban en la cara: nos quedamos trabajando en el pasquín, fumando sobre los computadores, esparciendo las cenizas sobre el teclado.

El autor:

Constanza Iglesias. 32 años, periodista, ex redactora radial.

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