El Principito para adultos

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En el invierno del 2006 un grupo de personas decidió llevar el celebre cuento de Saint-Exupéry al teatro. El reto: transformarla en una versión para adultos intentando decodificar su lenguaje. Esta es la crónica de esa aventura.

 

Los espectadores comenzaron a llegar por decenas, la mayoría familiares y amigos de la Compañía, que es la forma como en Chile se llena un teatro para un estreno, cuando la obra no cuenta con alguna figura destacada, o como en este caso, con directores de renombre. Ambos directores habían sido contratados por el gerente de una empresa de iluminación para eventos, quien en varias reuniones sociales había oído sobre las geniales ideas de la dupla, generalmente tras varias copas de alcohol. Una noche, ese gerente, soñó que la última adquisición de su empresa, (un equipo de rayos láser), tenía el rol protagónico en una obra teatral: en ella, la máquina dibujaba en un blanco telón, animaciones que hacían las delicias de un público obnubilado. La próxima reunión en que se topó con los realizadores, les relató su sueño y les preguntó si era factible hacerlo realidad.

El invierno es la peor fecha para dar comienzo a una “temporada”, las salas por lo general son húmedas y frías, y la gente prefiere esperar las primeras críticas positivas para tomar el coraje que requiere dicho trance. En las afueras del teatro, mecido por el viento nocturno de junio, colgaba un pendón ilustrado: en el se podía apreciar la silueta de un soldado en medio del desierto, con su arma en ristre, a contraluz de atardecer. Al tope, en letras destacadas, la siguiente leyenda: “la respuesta al escritor… que solo su obra podría dar”. -mientras bajo el dibujo- “Hombrecillo”, adaptación para adultos, basada en el cuento Pequeño Príncipe, de Antoine de Saint-Exupéry.

Desde el día siguiente a la ambiciosa y descabellada propuesta, se podía ver a los jóvenes directores caminando por horas en el sendero del Parque Tobalaba. Intentaban resolver cuál libro sería indicado para dar vida a tal aberración. Luego de algunas pruebas con el primer actor, (el aparato láser), y tras comprobar que su capacidad de emular dibujos de alta complejidad era tan improbable como aquel sueño, el Principito llegó inmediatamente a sus cabezas. Parecía ideal: dibujos al borde de lo rupestre, desprovistos de volumen y sombras. El “aparatejo” ya no necesitaba ser el protagonista de la obra -pensaron- sería más bien un recurso visual encargado de  guiar, a interpretes de carne y hueso, por el abstracto mundo del rubio viajero interestelar. Esa noche, los directores brindaron por su futuro éxito y por la buena dupla que hacían.

Lamentablemente los artistas no creen tanto en el valor de lo funcional como en la perfección. Era la opera prima de ambos, por aquel trabajo serían recordados u olvidados, por lo que se vieron en la obligación de ir más allá. Mientras uno de los directores se encargó de discutir con el mecenas, aspectos del presupuesto, el encargado de escribir la obra se dirigió a la biblioteca Nacional para indagar sobre la vida de Exupéry. Buscaban una señal, algún hecho desapercibido, intrigante e iluminador que les permitiese dar un giro dramático a la manida interpretación -usualmente tan solo literal- que desde varias décadas se hacía de aquel libro. El nóbel “dramaturgo” tenía ciertas referencias del literato francés: que fue piloto de paz y de guerra, que desapareció en un vuelo de reconocimiento, que jamás encontraron sus restos, y sobre la resistencia que el cuento provocaba en el círculo de intelectuales a quienes el Principito solo les parecía lectura digna de Siloistas.

Consciente de lo anterior, el realizador comenzó por su biografía, recapitulando solo hechos significativos en la vida del escritor: su primer trabajo en las alturas como cartero, acerca de su amada esposa argentina y de sus infidelidades, sobre los records de vuelo que intentó batir y como casi le cuestan la vida, pero sin duda, los antecedentes que más llamaban la atención, eran los aspectos personales del francés, como por ejemplo su carácter maniático y compulsivo que le obligaba a realizar repetidamente la misma conducta a modo de ritual, su dependencia de la consejería de adivinos, de su obsesión con la muerte y cómo cada vez que emprendía un nuevo vuelo pensaba que inefablemente su avión se estrellaría, pero por sobre lo anterior, resaltaba un hecho en particular: su infertilidad, aquella que lo privó de ser padre. Si bien, en ninguna de las biografías a las que el dramaturgo tuvo acceso, se hacía mención a la causa de dicha imposibilidad, los romances paralelos que sostuvo el francés a lo largo de su vida, hacían presumir lo anterior. Una vez acabados los textos biográficos, la investigación dio paso a los estudios sicológicos de la obra, que en lo grueso anunciaban lo evidente: el principito era el hijo que Exupéry nunca pudo tener, y que el piloto no era más que el propio autor.

Aprobada la idea por el otro realizador, citaron al mecenas para contárselo integramente: la escena transcurre en medio de la segunda guerra mundial, en un avión de paracaidistas que debe liberar un pelotón en medio del desierto. Exupéry encarna al capitán de la nave, atormentado por la reciente noticia de que jamás podrá concebir. El segundo de abordo será el Bebedor, quien constantemente se da maña para beber a expensas del adusto y estricto Capitán.  El encargado de armas lo encarnará el Ególatra, quien por lo obvio, estará encargado de poner la cuota de humor a un acto inicial cargado de tecnicismos ingenieriles, dialogos cripticos y silencios (detalles que obviaron para no perturbar la complaciente sonrisa que a esa altura del relato ostentaba el mecenas).

La historia seguía así: en el momento que el avión penetra el punto fijado para liberar a los paracaidistas, y mientras el meditabundo Exupéry se dispone a abrir las compuertas para el salto, se escucha (porque no estarán en escena), a un sargento regañando a un conscripto, lo increpa por no llevar su uniforme ni equipo de salto. Ante el enervante mutismo del joven, el militar intenta tirarlo con el grupo, pero en el forcejeo el joven cae contra unos bultos en la cola de la nave, logrando safar, pero perdiendo el conocimiento. Las compuertas se cierran y el Ególatra, testigo de lo sucedido, auxilia al maltrecho joven… ese joven será el principito.

El mecenas se puso de pie extendiendo su mano en señal de acuerdo, sin necesidad  de continuar escuchando el relato. La máquina de rayos láser pasó, natural y afortunadamente, de primer actor a representar estelas de balas enemigas en batallas aéreas. El trio, pues desde esa noche el gerente se transformó en uno de ellos, se dispuso a sacar adelante aquel inédito proyecto.

El Principito para adultos (1era. Parte).

 

El autor:

Zurdo/Capricornio/34/Abogado.

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