Un I° medio, “El Prado” y Ray Bradbury

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Isabel Gálvez nos relata el mejor homenaje que un escritor puede recibir: ser leído y ser capaz de atrapar a sus lectores con su pluma, generando en el proceso una complicidad inquebrantable. Ray Bradbury era capaz de hacer eso. Y lo seguirá haciendo, más allá de su partida.   

La situación es esta:

A los jóvenes no les gusta leer, por lo tanto en la sala de clases la profesora les lee cuentos de su autor favorito.

Ella comenzó hace dos semanas a leerles en voz alta y los jóvenes deben seguirla atenta. Cuando ella hace una pausa, deben seguir la lectura tratando de imitar el entusiasmo con que la profesora lee, según las marcas paralingüísticas que en el relato aparecen. Todo, con la finalidad del porque sí, por gusto, sin nota.

Primero fue El Peatón, al día siguiente Bordado, al otro El Ruido de un Trueno y hoy El Prado.

Siendo las 10:10 de la mañana del día miércoles 06 de junio, doce años después que John Black comandara la tercera expedición a Marte, los 32 jóvenes del I° Medio F abren sus libros, ordenan sus fotocopias o miran atentos el cuento escrito en sus cuadernos (sí, escritos a puño y letra) esperando que la profesora comience a leer.

– ¿De qué tratará la lectura? Pregunta ella

 De un prado – responde uno. Todos ríen.

– ¿Habrán árboles?

– Sí, y pasto y una laguna – responde otro jóven.

– ¿Quiénes serán los protagonistas? ¿Qué estarán haciendo en un prado?- pregunta la profesora incitando predecir el argumento. Los jóvenes cuchichean y responden:

 Una pareja de enamorados que están haciendo un picnic, ¡no! Están jugando una pichanga.

La profesora comienza la lectura.

“Un muro se derrumba, seguido por otro y otro; con un trueno apagado, una ciudad se transforma en un montón de ruinas.

Sopla el viento de la noche.

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El mundo yace en silencio.

Londres fue demolida en un día. Destruyeron Port Said. Arrasaron San Francisco.

Glasgow desapareció.

Se fueron, para siempre.

Las maderas golpean suavemente en el viento, la arena gime y se eleva en pequeñas tormentas en el aire tranquilo. Por el camino, hacia las ruinas descoloridas, viene el viejo sereno a abrir el portón en el alto alambrado de púas y mira adentro.

Allí a la luz de la luna yacen Alejandría y Moscú y Nueva York. Allí a la luz de la luna yace Johannesburg y Dublin y Estocolmo. Y Clearwater, Kansas, y Provincetown, y Río de Janeiro.

El viejo lo vio todo aquella misma tarde, vio el coche que rugía fuera de la cerca de alambre de púas, vio los hombres delgados y tostados por el sol en el coche, los hombres con sus lujosos trajes de franela negra, y sus centelleantes gemelos de oro, y sus deslumbrantes relojes pulsera de oro, y que acercaban a sus cigarrillos de boquilla de corcho unos encendedores con monogramas…”

 

La profesora hace la pausa y la lectura continúa como estaba prefijada, los jóvenes siguen atentos la historia que tiene como lugar un antiguo estudio hollywoodense que es azotado por una tormenta que destruye los antiguos escenarios. El señor Douglas, el dueño del 51% del terreno y el estudio, se hace presente junto a una cuadrilla de 50 hombres  a quienes les da la orden de demolición completa pues la propiedad será utilizada para otros fines.

Por la noche, el señor Smith, el nochero del lugar, arma todo lo que había sido demolido. Vuelve, junto a su martillo y clavos sin cabeza, a darle vida a las ciudades caídas, las que desde 1920 había visto fundar con bailes, espectáculos y obras de teatro. Por más de treinta años presenció cómo crecía ese mundo, su mundo, sobre lo que anteriormente fue un prado.

La profesora retoma la lectura. Es su turno.

La cuadrilla de demolición al regresar a la mañana siguiente para comenzar con el trabajo, se encuentra con un mundo reconstruido y al ver que el nochero se resiste a dejarlos hacer su trabajo, llaman al dueño de todo. El viejo nochero sube a lo alto de la imitación de la torre de la iglesia de Notre Dame esperando pacientemente la llegada del señor Douglas; él, por ningún motivo dejará que el mundo sea arrasado. El magnate sube armado a discutir con el viejo, quiere terminar cuanto antes con el tema pues la fiesta que tuvo que dejar, lo espera.

La puerta se abre de golpe y la inspectora se excusa, pero debe asegurarse que la lista haya sido pasada. Cuenta a los niños y contrasta con los números del libro de clases; les recuerda que los apoderados citados deben presentarse a firmar el libro de atrasos. Nadie responde. Da las gracias y se va. – ¡Ya poh profe! siga, quedamos en creador – pide uno.

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“- Quiero hablar con el Creador. Es decir con usted, señor Douglas. Usted creó todo esto. Usted vino aquí un día y golpeó la tierra con una mágica libreta de cheques, y gritó: “¡Que se haga París!” Y París se hizo: calles, bistrós, flores, vino, puestos de libros al aire libre, y todo: Y golpeó las manos otra vez: ¡Que se haga Constantinopla!” Golpeó las manos mil veces, y cada vez hizo algo nuevo, y ahora cree usted que golpeando las manos una última vez puede convertir todo en ruinas.

Pero, señor Douglas, no es tan fácil.

– ¡Soy dueño del cincuenta y uno por ciento de las acciones del estudio!

– ¿Pero el estudio le pertenece realmente? ¿Se le ocurrió alguna vez venir aquí alguna noche y subir a esta catedral y ver qué mundo maravilloso creó usted?”

 

Ahora, la lectura de los jóvenes.

El hombre le explica al creador, quien ya ha dejado un poco la antipatía, el por qué no puede destruir el mundo que ha creado. Con lentitud y ejemplos le muestra que este mundo ha logrado la paz.

En este mundo, como las ciudades estaban tan cerca y las gentes tan apretadas debían de vivir tranquilas, pues bastaba un incendio para destruir el mundo completo sin importar quién lo había iniciado. Lo interpela a utilizar la inteligencia de un hombre de negocios y la imaginación, y al poco andar le confiesa que tiene razón, que le dará una oportunidad más al mundo, llamará a los más importantes escritores para que hagan un guión y se estrene una película ambientada en todo el mundo y sus países.

Mientras comparten un vaso de café junto al portón del mundo, el nochero se recuerda de una antigua canción que cantan los que viven a ese lado:

“Todos vamos a casa por el mismo camino, una misma colección, en una misma dirección, todos vamos a casa por el mismo camino. Así que no hay por qué separarse, y subiremos juntos como las hojas de la hiedra por la pared del viejo jardín.”

Acaban de beber el café en medio de Port-au-Prince.

– ¡Eh! -dice el productor de pronto-. ¡Cuidado con ese cigarrillo! ¡No querrá quemar todo el diablo mundo!

Los dos hombres miran el cigarrillo y sonríen.

– Tendré cuidado -dice Smith.

– Hasta luego -dice el productor-. Llegaré realmente tarde a esa fiesta.

– Hasta luego, señor Douglas.

La aldaba del portón se abre y se cierra, las pisadas mueren, la limosina se pone en marcha y se aleja a la luz de la luna dejando atrás las ciudades del mundo y la figura de un viejo que se alza entre las ciudades del mundo, y saluda con una mano.

– Hasta luego -dice el sereno.

Y luego, sólo el viento.”

Ningún libro se cierra.

Todos permanecen en silencio.

La profesora toma un sorbo de agua y les pregunta a quiénes representan los personajes. Un joven levanta la mano y tímidamente dice:

A Dios y al hombre.

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¡Muy bien! dice María Isabel —. ¿Quién es Dios y el hombre, respectivamente?

Douglas es Dios y el viejo un viejo responde otro joven con un tono de obviedad.

¿Y qué le reclama el hombre a Dios?

El poder de crear el mundo y destruirlo cuando él quiera responde Catalina.

¿Y quién es el dueño del mundo según el relato?

Dios.

No, no, no. Piensen bien ¿Quién es el dueño del mundo? vuelve a preguntar la profesora sentada en la mesa.

¡Ah! Ya sé interviene Kevin—. Los dos, porque Douglas tiene el 51% de las acciones y el viejo el resto.

¡Excelente! Dios tiene el poder del poder absoluto ¿qué poder tiene el hombre? ¿Gracias a qué consigue su propósito?

Los jóvenes comentan con sus compañeros y responden al unísono sin que ella escuche claramente una respuesta. Les pide que levanten la mano y selecciona a uno, este contesta:

 El don de la palabra poh profe, lo convence dándole buenos argumentos; utiliza la razón.

María Isabel aplaude y todos cierran la lectura con un gran aplauso. Ella toma su teléfono para ver la hora y calcular cuánto tiempo queda para la próxima actividad. 11:05. Los jóvenes conversan, guardan sus libros y abren sus cuadernos.

Se durmió para siempre Ray Bradbury lee en un mensaje de texto.

Cae una lágrima.

De a poco comienza a inundar el silencio la sala. Los jóvenes se pegan codazos y uno pregunta:

Profe ¿Qué pasó?

Acaba de morir Ray Bradbury, chiquillos.

¿Recién?

– Déjenme revisar las noticias- dice María Isabel-. Sí, hace 25 minutos que se dio la noticia.

– Léanos la noticia- pide Gregor -¿De qué murió?-

Foto: Ralph Nelson. Fuente: www.wired.com

Les leo dos noticias y les informo que la próxima clase no podremos leer porque tengo que seguir con los contenidos de la asignatura. Me piden que no lo haga pues prefieren seguir leyendo y más ahora con lo acontecido. Busco en el índice de Las Doradas Manzanas del Sol (el libro que contiene los 20 cuentos que disfrutan los jóvenes todas las clases de lenguaje) el próximo título, pero uno pide que sea El gran Juego blanco y Negro y yo acepto.

Sin querer, por una cosa del destino, cuando el mundo (este mundo) conocía la triste noticia del fallecimiento de Ray Bradbury, en una sala de clases 32 jóvenes y yo, una profesora, le dábamos la más célebre de las despedidas. Leíamos el cuento en que él, un hombre de Illinois interpela al creador por sus decisiones omnipotentísimas. Leímos, sin darnos cuenta, una de las historias que resume el motivo de su creación literaria: “No estaba prediciendo el futuro, estaba intentando prevenirlo.

El autor:

Isabel Galvez. Profesión: Vieja de castellano. Vicio: Leche con plátano. Mata por: una siesta al lado de Cam. Pasatiempo: Jugar con el gato Moloko. Sueño frustrado: Nacer en la antigua Aquitania.

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