Ser hijo. Ser padre

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Francisco Valdés nos recomienda el cuento Nadar de Noche, del escritor argentino Juan Forn. En él, un hijo y un padre se encuentran. Y aunque no es el día del padre ni una celebración, la reunión permite reescribir la historia común. 

Ser hijo. Ser padre

Durante su vida, un ser humano alcanza distintos estados, según los hechos por los que atraviesa, los actos que comete y los logros que obtiene. Pero si hay una condición natural que obtenemos con el sólo requisito de nacer, ésa es la de ser hijos.

El protagonista de Nadar de Noche, cuento del escritor argentino Juan Forn, se encuentra cuidando la casa de un amigo, a las afueras de la ciudad, cuando tiene un encuentro póstumo con su padre. Póstumo, pues el padre lleva cuatro años muerto y desde entonces su vida marcha del modo que marcha la vida de la mayoría de los hombres de edad mediana: está casado, tiene una hija pequeña y requiere encontrar un trabajo que no lo haga sentir esclavo y le entregue la estabilidad económica necesaria.

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El encuentro no tiene el matiz fantasmal que quizás podríamos suponer. Padre e hijo se saludan, se sientan y comparten una conversación a la orilla de una piscina. No hay sorpresa en el hijo, sólo un sentimiento de recuperar ese estado inicial de todo ser humano: ser hijo.

Mientras ambos hombres conversan, se percibe una tensión. El hijo manifiesta que ha hecho cosas por el padre, mientras éste ha estado ausente. Le reprocha el no reconocerle esos méritos. El padre le aclara que desde el lugar donde está no puede ver sus actos, y que, enterándose ahora, tampoco le importa demasiado. Si lo hizo, ya está hecho, y la causa por la cual haya decidido hacerlo no debería importar tanto. El hijo entiende que su reproche es injusto y desiste de éste, se considera cobarde por exigirle a su padre algo que no puede revertir en su estado actual.

La relación entre un padre y un hijo es siempre asimétrica. El padre suele tener una estatura moral e intelectual superior y el hijo, como un aprendiz, debe callar y someterse. El único momento en que la relación recupera la paridad es cuando el hijo se convierte también en padre.

El protagonista acaba de ser padre. La paternidad es su carta para emparejar el combate. Apenas tiene oportunidad le enseña su escudo al padre (‘Marisa y la beba’, le menciona en algún momento). Aquí el hijo impone distancia:le informa al de mayor estatura que ya no existe tanta diferencia entre ellos, le advierte que  ahora está frente a un par.

El padre ha venido a informarse, a obtener una actualización desde el momento en que partió hasta el día en que, por alguna razón desconocida, ha podido visitar el mundo de su hijo. No requiere una síntesis de actualidad, lo que quiere es conocer la vida de su familia sin él.

Es aquí donde el padre mostrará una debilidad. Cuando el protagonista le pregunta: ‘¿Por qué no has visitado a mamá?’, el padre le responde que no sería tan fácil, que en su estado actual está impedido de sentir, por lo que sería injusto para ella enfrentarse a esa situación. Es por eso que acude al hijo, por su distancia con los sentimientos, porque nunca se había mostrado necesitado del afecto, porque siempre había vivido en su propio mundo.

La relación vuelve a ser asimétrica. El padre necesita al hijo. Reconoce en él algo que se le asemeja: una capacidad de no sentir o “no necesitar” sentir. Esa cualidad lo hace el candidato perfecto para recibir una visita desde el mundo de los que ya partieron sin pedir demasiadas explicaciones.

Cabe recordar que todos hemos nadado, al menos una vez en nuestras vidas, en la completa oscuridad

Al correr del cuento, sentimos que la búsqueda del padre es la búsqueda del hijo. Es el hijo quien está desvelado. Es el hijo quien requiere volver atrás y revisitar su historia. ¿Qué ocurrió desde que no está el padre?¿Quién soy yo desde ese momento?¿Qué padre soy ahora?.

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El protagonista da vuelta el tablero cuando hace una última pregunta al padre: ‘¿Y cómo es (el estado en que estás)?’ El padre responde: ‘Como nadar de noche, en una pileta inmensa, sin cansarse’.

El acto de nadar siempre implica entregarse. Entregarse a un estado líquido y desplazarse en él. Nadar de noche agrega a esa entrega la completa desorientación de no saber hacia dónde vamos. No tener referencias y sólo avanzar sin dudar.

El cuento finaliza con el inicio de la noche más larga y secreta de su vida, donde el protagonista narrará al padre su historia, comenzando, por supuesto, por el estado que hoy los une, su vida de padre.

Cabe recordar que todos hemos nadado, al menos una vez en nuestras vidas, en la completa oscuridad. Claro, en el mismo momento y en el mismo lugar en que se nos regala nuestra primera condición: la de ser hijos.

El autor:

31 años. Ya no fui Don DeLillo.

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