Otro policial inexplicable

Había más de una vezPortada

Un nuevo relato de la sección “Había más de Una vez” llega a Terminal. Esta vez es un cuento notable de Daniel Lopes -ilustrado por Vero Fradkin- que nos conducirá de la mano y sin descanso a resolver el misterio del perro de Asunta. Ojo: si empiezas a leer, no podrás parar. 

Otro policial inexplicable

Vero Fradkin. www.veronicafradkin.blogspot.com

 

A este pibe se le ocurre cada cosa.

Una vez agarró y dijo que había averiguado quien era Papá Noel. No, ya sé. Quiero decir, que dijo que el que estaba dentro del Papá Noel del shopping era Reinoso, el del quinto H. ¿Usted sonríe cuando le sacan una foto?, le preguntó cuando lo encontró en el ascensor.

No sé de dónde saca tanta imaginación porque lo que es el padre…. Pero bueno, esa es otra cosa. Lo que quería contar era lo que me vino a decir anoche.

Me dijo que iba a averiguar dónde estaba el perro de Asunta.

Asunta vive, mejor dicho, vivía justo enfrente de casa. Era una de esas viejitas dulces y buenas y siempre nos trataba bien. Se pasaba la tarde tomando mate en el jardín de su casa. Sacaba a su perrito, sentado siempre sobre las patas traseras, en la alfombrita verde; y éste la miraba así, quietito y torciendo la cabeza.

Nos dio mucha pena cuando se fue. Pero bueno, algo nos explicó Daniel, el papá de Martín, que siempre anda necesitando explicar cosas.

-Pero ¿y el perro?- preguntó Martín. Y su papá hizo un chiste y se rió. Él solo se rió. Como dice la abuela, alguien había tenido la maldad de convencerlo de que era gracioso y ahora no paraba de hacer chistes a cada rato.

-¿Qué hicieron con el perro?- volvió a preguntar

– No es asunto tuyo.

– Hay que averiguar qué hicieron con el perro de Asunta.

– Vos no vas a hacer nada- dijo Daniel

– Pero…

– Pero nada- dijo Daniel, sin sacar la cabeza del monitor de su computadora en ningún momento.

Pero a la noche, apenas se apagaron las luces, escucho a Martín que me dice:

– Voy a averiguar qué pasó con el perro de Asunta.

– Se lo habrán llevado, Martín.

– ¿Te parece?

– Seguro. Asunta no se iría dejando a su perro. Estaba todo el día con él de un lado para otro.

– Pero, ¿y si lo dejaron en la casa? Los hijos no venían mucho a verla, ¿Cómo van a saber que Asunta andaba todo el día con el perro por todos lados?

– Bueno, Asunta les habrá dicho.

– Pero, vos viste lo que dijo mi papá: Todo el mundo cree que Asunta está loca, mirá si le van a hacer caso.

– Pero son los hijos, ¿Cómo no le van a hacer caso, Martín?

– ¿Vos le hacés caso a tu mamá?

Y… no,  no siempre le hago caso a mi mamá, pero no puedo decirselo a este pibe, ahora soy su hermano mayor y merezco cierto respeto, ¿no?.

– Por ahí no querés ir porque tenés miedo –dijo con tonito sobrador.

Noooo, pensé. Error. Grave, gravísimo error.

No me dejó otra que aclararle que yo no le tenía miedo a nada. Bueno, a algunas cosas sí, pero no me iba a poner a contarle, ¿o sí?.

En realidad, en el fondo, lo que se dice, muy en el fondo, la idea me divertía. Porque, para empezar, teníamos que entrar a la casa de Asunta para sacarnos la duda de si el perro seguía o no ahí. ¿Cómo íbamos a hacer? Y, además, un poco de miedo me daba, para ser sincero. Pero a Martín no le iba a decir nada, claro.

Lo que pasa es que ya bastantes líos había tenido desde que vivíamos con Daniel y Martín. En el edificio, por ejemplo, los vecinos se quejaron porque jugaba en los pasillos, por el tema de la bici y las rayas en las paredes. Bueno, qué sé yo. Un montón de líos. Y no quería que nadie anduviese ahora tocándole el timbre a mi mamá porque estábamos metiéndonos en casas ajenas.  Además, siendo el más grande, seguro que me iban a echar la culpa a mí. Como pasa siempre. Tengo amigos con hermanos más chicos y es así. Son un plomo. Mi mamá me dijo que teníamos que querernos. Mi mamá dice cada cosa. Con decirles que se ríe de los chistes de Daniel. ¿Conocen ustedes a alguien capaz de querer a su hermano? Ya te vas a acostumbrar, escuché que Daniel le decía un día a Martín. Hablaba de mí, claro. O por ahí de las peleas. Soy muy bueno para eso, ¿no se dan cuenta?, no voy a lastimarlo, cómo se les ocurre?, es un juego. Ese sí que es un juego, pero esto, esto de entrar a una casa abandonada, no es un juego, esto es genial.

Martín ya tenía antecedentes. No querrán que les cuente, ¿o si? Bueno, está bien. Pero que quede claro que Ustedes me lo pidieron. Mi mamá me contó que Daniel le dijo una vez que Martín le había robado los dientes a su mamá, es decir a su abuela. En serio. Es que este pibe es así, hay que decir la verdad. Para mí que está loco.

Resulta que un día, mientras miraba un capítulo de El Chavo en casa de su abuela, Daniel preguntó por Don Ramón y la abuela dijo: ¿ese? Uf, hace cuanto que se murió. Bueno, algo así. Para qué. Martín se puso a llorar y no había caso. Se la agarró con la abuela. Ella, con tal de calmarlo y de que quiera volver a visitarla, un día lo llevó hasta el cementerio y frente a la tumba de que sé yo quién, le dijo: Acá está Don Ramón. Y ahí Martín se despidió, dejó unas flores y se quedó más tranquilo.

Tiempo después, fue el propio papá, es decir, Daniel, quien le dijo que era una pavada, que era una tumba cualquiera, que Don Ramón ni siquiera se llamaba Don Ramón y que murió en México y que no sea llorón.

Entonces, para vengarse de su abuela, Martín le robó los dientes postizos en una siesta. Bueno, en realidad no los robó, se los escondió en el freezer, nada más.

Martín desplegó una cartulina y dijo:

– Nos metemos por acá -señalando con un palito el dibujo de una estación de servicio que decía “estación de servicio abandonada”.

– De ahí pasamos al fondo de la casa de Asunta -y señaló el dibujo de una casa que decía “casa de Asunta”, con una  gnomo tomando mate que decía “Asunta tomando mate con el perro en el jardín”.

– Y de ahí vemos como entrar -y se quedó callado como esperando un aplauso.

Un plan genial.

En serio.

Sobretodo la parte de: ‘y de ahí vemos como entrar’

Ay, ay, ay. Dios le da imaginación al que no tiene mente.

– Pero Martín, cómo ‘de ahí vemos como entrar’, tenemos que saber cómo entrar. Y cómo salir. Mirá si después no podemos salir, ¿qué hacemos?

– Tenemos esta soga -dijo y dejó caer un hilito enrollado sobre la cartulina.

Los ojos le brillaban como quien dice: te sorprendí, ¿no?

Entrar a la estación de servicio no fue difícil. Fue sólo cuestión de correr el panel de madera que cubría la entrada. Una vez adentro, lo difícil fue soportar el fuerte olor a pis.

Saltar la pared de la estación hacia la casa de Asunta no fue difícil. Fue sólo cuestión de trepar al camión abandonado, cruzar al techo de los baños, atar la soga a un parante, bajar hasta el techo del galpón de Asunta y de ahí saltar al fondo.

Entrar a la casa de doña Asunta no fue fácil.

– Subimos por acá, de acá vamos hasta ahí y trepamos al techo y entramos por el altillo -dijo Martín.

Miren, ¿les cuento?

‘Subimos por acá’, decía Martín, ¿no?

Bueno. ‘Acá’ era un montón de sifones viejos y botellas del año en que Asunta tenía nuestra edad, apilados todos así nomás.

‘De acá vamos hasta ahí’, seguía el brillante de Martín, ¿si? Bien.

‘De acá’ eran las botellas y sifones, y ‘hasta ahí’ era el toldo metálico que estaba todo podrido, ¿entienden?

‘Y trepamos al techo y entramos por el altillo’, continuaba mi querido hermanito. En fin, las tejas parecían atadas con cinta de papel, y de papel finito, encima. Ya me veía en el hospital con la pata así, colgando.

– Buenísimo Martín -exclamé. Fui irónico, aclaro por las dudas.

– Entremos por el sótano -dije.

– Está cerrado con candado.

– ¿Y? Lo rompemos.

– ¿Cómo vamos a romper el candado? Entremos por el altillo.

– Vos anda por el altillo y yo voy por el sótano. Una vez que llegues al techo, yo te atajo desde abajo.

En caso de que estuviera en la casa, cargar al perro no iba a ser muy difícil. Chaco, se llamaba. Le habían puesto así porque el esposo de Asunta lo había encontrado en un viaje cuando trabajaba en el correo y se lo había traído en tren desde allá. Era un perro chiquito y fácil de maniobrar.

Martín iba a prender la luz.

– ¿Qué haces? ¿Querés que nos descubran acá adentro?

– Es que… no se ve nada.

Claro. Mi querido hermanito no había pensado en eso. En su hermosa cartulina, que asomaba enrollada en su mochila, no dejó lugar para el dibujito de una linterna o algo parecido.

No, es una cosa increíble, de veras.

¿Cómo íbamos a encontrar al perro ahora?

La poca luz que había, entraba por los postigos de la ventana. Parecían tajos en la oscuridad. Se veían los muebles, las lámparas, todas las cosas parecían más viejas. En realidad parecían lo que eran.

Un enorme reloj de pie marcaba las cinco y veinte vaya uno a saber desde hacía cuánto. Fue ahí, justo al lado del reloj que encontramos al Chaco.

Sentado en su alfombra, sobre las patas de atrás, los ojitos abiertos y la cabeza un poco ladeada. Parecía que nos estaba esperando.

Martín se sacó la mochila, la abrió y se acercó hasta el perro. Le dio un par de caricias y de a poco, despacito, lo fue metiendo en la mochila.

A mí se me vino algo a la garganta, polvo o algo así, nada especial, ¿eh?; tosí un poco y me sequé la transpiración.

Chaco quedaba bien en la mochila, con su cabecita afuera, parecía estar despidiéndose de su casa.

Salimos por el sótano. Yo le había prometido a Martín volver a saltar para reponer el candado roto.

Por suerte la soga seguía en su lugar.

Por desgracia, colgaba justo al lado del policía.

– ¿Qué hacen acá? –preguntó.

– Eh… se nos cayó la pelota –alcancé a decir – ¿No Martín?

Al darme vuelta descubro, no sólo que Martín se había hecho pis encima, sino que me estaba señalando a punto a llorar.

– Yo quiero ser detective – dijo Martín, clavándose el pebete de jamón y queso

Reinoso y yo nos miramos.

– ¿Qué tiene? – preguntó Martín en medio de un eructo.

Reinoso, nuestro vecino del quinto H, resultó ser un detective privado y nos explicó en el bar que los buenos detectives tienen un recurso que es la infiltración.

-Pasar al bando de los malhechores- dijo, bebiendo su chocolatada -A través de una identidad falsa. Es un ardid que nos permite acceder a información que, de otro modo, nos resultaría inaccesible.

– ¿Es decir que usted no es policía?.

– Shhh. No – dijo Reinoso, mirando para todos lados- estoy trabajando en un caso que requiere de un policía. Justo volvía para casa cuando los vi entrar en la estación de servicio abandonada y me dije: Mmm, están entrando a la estación de servicio abandonada… y sospeché astutamente que algo pasaba, por supuesto.

Nosotros le contamos de Asunta, de nuestras sospechas, de que no podía ser que se hubieran llevado a Asunta y que dejaran el perrito que ella tanto quería y que había sido su compañía.

Enseguida Reinoso se puso a llorar. Para peor quiso acariciar al Chaco –lo habíamos sacado de la mochila y estaba sentado con nosotros a la mesa- y se le cayó un ojito. El ojito del perro rodó por la mesa y fue a parar debajo de una mesa vecina donde comían dos señores de traje. Reinoso se acercó. Les quiso explicar que buscaba un ojo que se había caído debajo de la mesa. Los tipos lo miraban y se miraban entre ellos, dejaron de comer para mirarlo agachado. Nosotros también, entonces todos vimos cómo se le descosía el pantalón justo en medio del … ahí, bueno …, la cosa que todo el bar supo que los policías usan calzoncillos floreados.

– Esta profesión demanda frialdad –recitaba Reinoso- firmeza de carácter, entrenamiento. Es muy, muy arriesgado. No es para cualquiera, no. ¿Qué pasa? Vieron algo sospechoso. Lo sé, lo sé. Puedo olfatearlo.

– No, Reinoso, ya llegamos- dijo Martín un poco aburrido de escuchar al otro. Me pareció que algunas cuadras después ya no quería ser detective.

La cosa es que estábamos en la puerta del hogar donde, desde hacía unas semanas, vivía Asunta junto a otros abuelitos.

-¿Es acá?– preguntó Reinoso con voz quebrada.

Toqué el timbre y al rato apareció una mujer vestida como enfermera. Preguntamos por Asunta y ella preguntó que quiénes éramos. Reinoso dijo que era un asunto importante y no sé qué otra cosa más. Martín y yo nos distrajimos viendo a ver si podíamos descubrir a Asunta entre los abuelitos que se asomaban a la puerta. Nos sorprendió la voz de la enfermera que nos decía que pasaramos. Reinoso entró caminando de costado, con la espalda pegada a la pared diciendo que había sufrido un accidente.

Nos hicieron esperar en ratito en un jardín. Reinoso se despegó de la pared y se asomó a un aljibe. Volvió diciendo que no había agua y que era sospechoso. Lo anotó en la libretita donde antes había anotado nuestros nombres, el de Asunta, el de Chaco y el de los señores del bar. Entonces fue cuando a Martín se le ocurrió la idea. Mientras esperábamos que viniese Asunta, se sacó la mochila. Despacito sacó a Chaco. Revisamos que su ojito haya quedado bien pegado –lo hice yo porque  Reinoso dijo que le daba impresión- y lo dejamos sentado, quietito, asomando la cabeza detrás del aljibe.

Y nos fuimos.

 

El autor:

Nació en Avellaneda y se gana la vida trabajando en una editorial, entre otras. Ha hecho de todo, hasta llegar a escribir. Incluso fue a talleres literarios (Julio Diaco, Graciela Repún, Juan Diego Incardona, pueden dar fe, si se animan). Hubo quienes le han publicado cuentos en diversas antologías. La más reciente “Borges Cortázar, ad litteram”, en Colisión libros.)

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