Aráoz y la verdad

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Entre el venidero día del padre y la Eurocopa, Clasificatorias a Brasil 2014, Copa Libertadores y Play Offs en desarrollo, Gonzalo Castillo nos trae una recomendación para futboleros, el libro “Aráoz y la verdad” del escritor argentino Eduardo Sacheri. ¡Terminal está padrísimo en junio!   

Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral

y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol

Albert Camus

“Lo que me importa es saber lo que pasó con Perlassi. La verdad. Eso quiero saber. La verdad.”

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La verdad, aquel concepto tantas veces analizado y desmenuzado por, filósofos, religiosos, políticos y otros personajes de la fauna humana, reflota en esta obra de Eduardo Sacheri, autor argentino que se hizo mundialmente famoso por la adaptación cinematográfica de su primera novela, “La pregunta de sus ojos”, que en la pantalla grande se transformó en “El secreto de sus ojos”, dirigida por Juan José Campanella, confeso admirador del autor. En esa historia ya se vislumbraba una temática que cruza toda la obra de Sacheri: el fútbol.

En “Aráoz y la verdad”, su segunda novela, es un partido de fútbol jugado en la década del 70 el que desencadena los hechos. Ezequiel Aráoz viaja hacia un pueblo perdido en la Patagonia argentina llamado O’Connor, intentando contactar a Fermín Perlassi, centrojás o volante defensivo,  una especie de Mario Lepe, Kalule Meléndez o Luis Musrri (para dejar contentos a la mayoría), del Deportivo Wilde, equipo del barrio donde nació y creció Aráoz.

La verdad buscada por Aráoz es lo que ocurrió en el partido en que su Deportivo Wilde –los futboleros, desde pequeños, entendemos lo que significa el derecho de propiedad-, descendió a segunda división tras perder el partido contra Lanús. La verdad de lo que ocurrió en una jugada a cinco minutos del final del partido, aquella en que el delantero del equipo rival, el Tanque Villar, escapó en demanda del arco con la pelota dominada, mientras Perlassi, figura e ídolo del Deportivo, lo perseguía en una loca carrera.

Una carrera que Aráoz, que tenía ocho años en ese momento, recordaría toda su vida, cada detalle, cada palabra dicha por los hinchas que lo acompañaban en el tablón. Su padre, su tío y sus primos, el humo de los cigarros nerviosamente consumidos. Todos preguntándose por qué Perlassi, sencillamente, no bajaba de una certera patada a Villar para evitar que convirtiera el gol que a esa altura, era el tiro de gracia para el equipo.

Aráoz viaja hacia la Patagonia no sólo para buscar esa verdad. Ezequiel Aráoz, es un hombre que ha vivido toda su vida bajo el manto del miedo, lo que le ha convertido en un reprimido. La figura paterna ejerció sobre él un profundo trauma. A pesar de que a la edad de 14 años su padre desapareció de su vida, los recuerdos no le dejan de perseguir. Frases dichas por su progenitor como: “No sé para qué le habré hecho caso a tu madre” o “Estábamos mejor los dos solos”, resuenan en su memoria.

Además Aráoz viene de perder recientemente a Leticia, su esposa, quedando solo rozando los cuarenta viendo, cómo y sin remedio la vida ha pasado por su lado. Por lo que la decisión de tomar sus cosas y viajar a ese pequeño pueblo, marca un profundo cambio de actitud.

El protagonista está determinado a encontrar a Perlassi. Pero no es sólo eso. En su interior, anhela encontrar a un hombre nuevo, un nuevo Ezequiel Aráoz, distinto al que dejó allá en Buenos Aires: “Entre las decisiones que ha tomado en los últimos meses está la de dejar de ser una buena persona”. No tiene nada que perder, ya que lo ha perdido casi todo.

Lo paradójico es que Perlassi, jamás se hace presente en el relato. Es como una presencia fantasmal, que es nombrada y de la que se habla, pero nunca se materializa. En los cinco días que Aráoz pasa en O’Connor, sólo logra contactar a Lépori, empleado de la bencinera que el ex jugador administra. Es a través de él que el protagonista logra armar el rompecabezas.

Finalmente, la historia se desarrolla en torno a la convivencia entre estos dos personajes, quienes terminan convirtiéndose en entrañables para el lector a medida que avanzan las páginas. Un Aráoz que, casi desesperadamente, busca sacarle las palabras que necesita como el aire, y un Lépori que a cuentagotas se las va entregando. Porque él sí sabe la verdad de lo ocurrido en ese partido.

De cómo Perlassi no pasa un día en que no recuerde esa jugada, esa desgracia que logró prever porque “siempre tuvo como un ojo especial para anticipar las desgracias, sabés. Como un don, pero un don inútil, porque siempre se las rebuscó para detectarlas pero nunca para esquivarlas”,  le dice Lépori a Aráoz.

Perlassi sólo podía observar cómo el número de la camiseta del Tanque Villar se iba haciendo cada vez más pequeño, inalcanzable, cuando segundos antes lo pudo haber cortado en dos de una patada, para evitar ese gol infame.

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Aráoz y la verdad es una narración en la que se entrecruzan los hechos del presente inexorable, con el peso de un pasado que oprime al protagonista provocándole un incurable insomnio, y convirtiéndolo en un ser temeroso que, a pesar de hacer honestos esfuerzos por intentar sacudirse de ese estigma, sólo logra acabar tal como empezó. Con esa imagen de hombre seguro de sí mismo, avasallador, hecha trizas frente a Lépori, que ha hecho las veces de psicólogo para Aráoz. Sin embargo, esa misma escena, es expuesta como una oportunidad el protagonista de comenzar una nueva vida, ahora que ya sabe la verdad. Algo es algo:

-“¿No tengo un carajo, no?- le dice Aráoz a Lépori.

-Bueno (…) No sé si es tan así.

-¿Ah, no? ¿Y qué me queda?

-Capaz… capaz que te queda Perlassi corriendo (…) No sé… para arrancar… en una de esas es suficiente”.

El autor:

Gonzalo Castillo Becerra. Leo de (casi) todo y escribo a cuentagotas. Licenciado en Historia, ex profe (por ahora) y actual estudiante de Periodismo. Hincha irracional de la Universidad de Chile. Apacible ciclista.

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