“Violeta se fue a los cielos” de Ángel Parra

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La mirada de Ángel sobre su madre, Violeta Parra, y la búsqueda de la compositora de madres-maestras.

Se inventarán incontables historias para hablar sobre Violeta Parra, pero ninguna de ellas tendrá una imperfección tan verdadera como la descrita por su propio hijo. Violeta “en su desmesura genial y brutal quería todo al instante”, cuenta Ángel. Difícil, entonces, seguirle el paso a esta madre que no da consejos; da ejemplos. Como el de esa mañana, cuando al mirar la taza de té traída por su hijo, la deja caer al suelo una, dos, tres veces, hasta que el niño descubre, entre la loza quebrada, que el agua hervida no contiene espuma blanca.

Portada del libro "Violeta se fue a los cielos".

Ángel describe su vida junto a Violeta como un “largo romance”. Tal vez se debe a que, al igual que con sus amantes, ella exige disponibilidad total, disciplina, esfuerzo y discreción. En sus recuerdos, el autor se describe como el hijo capaz de aventurarse en cualquier misión y cualquier oficio con tal de facilitarle la vida a la Violeta compositora. Por su parte, ella escogerá la transparencia: necesita libertad para cumplir su misión y le otorgará la misma autonomía a sus hijos ¿Juzgada? Siempre lo ha sido, pero en este libro caben miles de palabras para agradecer su infatigable lucha contra la pobreza y a lo que a ella más temía: la ignorancia. Se nos ha impuesto la creencia que son las madres las que deben ver crecer a sus hijos, pero en Violeta se fue a los cielos es el descendiente quien no solo es testigo, sino ayudante en el nacimiento de la gran folclorista. No podría ser de otra forma con una fuerza de la naturaleza como es la Parra, esa mujer que le escribe un telegrama a Dios el día del gran terremoto de 1970.

El autor -que digámoslo de una vez, tiene la pésima costumbre de interrumpir sus relatos para disculparse con el lector por sus antojadizos recuerdos ¡Vaya forma de romper el encanto de un relato íntimo!- se da el tiempo de contarnos cómo es la cotidianidad con Violeta, pero más importante aún, reconstituye las experiencias que la convierten en la iluminada compositora. Es aquí, donde el hijo ve a su madre ser hija. Una curiosa discípula de mujeres que llevan en su vientre la tradición campesina.

La primera madre-maestra de Violeta será “la Pelusita”, abuela de su esposo Luis Arce, quien descubre en Violeta la capacidad de “componerle los huesos” a canciones quebradas por el tiempo. Unos cuantos versos recordados por “la Pelusita”, más la habilidad de la Parra para inventar estrofas, hacen posible canciones como “Qué pena siente el alma” y “Casamiento de negros”. Los viajes al Alto Jahuel para ver a esta anciana serán sus inicios como recopiladora.

Otra gran influencia para Violeta: Rosa Lorca. La arrendataria de una pieza, en la casa de su madre, le enseña distintas formas de tocar y afinar la guitarra. Mientras le traspasa todos los secretos de una “arregladora de angelitos”, costumbre chilena que hizo a Violeta “entrar en religión” para ir en la búsqueda definitiva del patrimonio del pueblo. Es una cruel paradoja que Rosa Lorca, encargada de hacer parecer vivos a niños muertos, también fuese la partera que trajo al mundo a Rosita Clara, la hijita de Violeta que fallecería en los días en que su madre participa en un festival europeo. ¿Habrá recordado Violeta las lecciones de Doña Rosa? Los padres no lloran en el velatorio, porque sus lágrimas humedecen las alas del angelito y le impiden elevarse a los cielos. Los asistentes a la ceremonia pueden bailar una cueca sin pañuelo. “Ninguna demostración. Ni de alegría ni de tristeza”. Ninguna palabra de Ángel para hablar sobre el dolor profundo de su madre, solo la trascripción de los atormentados “Versos para la niña muerta” que Violeta escribe desde Paris. ¿Quién podría condenar el pudor del dolor?

Ilustración de Rodrigo Hurtado.

Curiosamente, la profunda conexión de Violeta con Rosa Lorca se hace presente en otro nacimiento. Mientras la cantora realiza sus primeros viajes al sur en busca de los cantos de una machi, conoce a sus vecinos Luisa y Juan, una pareja de mapuches que prontamente serán padres. Para ayudarlos, la “mamita Violeta”, como le dice la pareja, invita a Luisa a trabajar en las labores domesticas de su humilde casa. Y en una noche, despertada por los gritos de Juan, la “mamita Violeta”, al igual que Rosa Lorca, asume la responsabilidad de partera para traer al mundo a una niña. Entre el sufrimiento de Luisa, la rabia y el dolor de Violeta ante esta miseria, escribe “Yo canto a la chillaneja”. “Esa noche vino al mundo la inmensa compositora Violeta Parra, abriendo las compuertas de su talento, al servicio del pueblo”, relatará Ángel.

Violeta se fue a los cielos está escrito de la misma forma en que se conoce a las personas: por trozos inconclusos, descubriendo en los gestos, construyendo sobre detalles. Hay espacios vacíos, rincones inexplorados, relatos que de seguro dan más satisfacción a la nostalgia del autor que a la curiosidad del lector. Pero entre todo eso, hay amor incondicional por la mujer que quiso enseñarle a sus hijos a ser honestos, solidarios y autónomos. Ángel lo describe como “aprender a estar solos”. Es difícil comprender esta lección cuando proviene de una madre que emite “un sollozo bíblico” por las injusticias que sufre su pueblo. Un “lloro” negro, tan profundo, que a su hijo le daba miedo escuchar.

El autor:

Constanza Iglesias. 32 años, periodista, ex redactora radial.

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