Silvia y Bruno

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Silvia y Bruno viven en el mismo condominio. Como suele suceder en las grandes ciudades, aunque ambos vivan a pocos metros de distancia, nunca se han visto, y no es que no se hayan visto a los ojos, se trata de dos personas que por meses han trazado su camino diario sin toparse en el mismo lugar, en el mismo instante, pese a vivir en el mismo edificio, en el mismo condominio.

Silvia sale a trabajar temprano en las mañanas. Generalmente riega las plantas en la ventana, mientras admira la ciudad que aún esta en proceso de despertar y en ese desperezarse  de las calles, a veces pide deseos al sol saliente para el día que comienza.

Bruno trabaja hasta tarde en la noche, así es que duerme en las mañanas hasta que el calor se lo permite. Luego de muchas vueltas entre las sábanas, una vez que ha decidido a salir de la cama, abre la cortina y se encuentra con una ciudad bullente, ruidosa con más de treinta amenazantes grados de temperatura. Se ducha  y tararea… prepara un almuerzo y tararea… come algo a la rápida, escuchando su nuevo disco de jazz. Admira las bellas plantas de los vecinos de al frente; a los que nunca ha visto.  Cuando son las tres de la tarde sale de su departamento, lleva sobre su hombro su bicicleta y único medio de transporte.

A las 3:30 pm, Silvia vuelve del trabajo con bolsas de supermercado en las manos. Prepara algo para comer y se instala en su mesa frente a la ventana rodeada de plantas. Mira hacia al frente: la ventana ha quedado abierta y se puede observar un cuadro gigante, una fotografía de un músico y de fondo la ciudad nocturna. Silvia piensa si será solo una foto o un retrato de su vecino -a quien como ya sabemos- nunca ha visto.

Ilustración: José Luis Tagle

Afortunadamente la calurosa tarde da paso al frescor de la noche, las luces se encienden y la brisa da alivio a los cuerpos transpirados de los habitantes. Silvia toma un vaso con agua y juega a tintinear los hielos. Cierra la cortina semitransparente de su departamento y su silueta se marca como una pantalla de sombras. Da un par de vueltas por la casa, antes de decidirse a ir a la cama.  El calor le ha quitado el sueño.

Finalmente se rinde ante el cansancio. Cuando se gira para dormir más cómoda, se oye el sutil ruido de la cerradura que se abre en el departamento del frente; parece que Silvia lo hubiera escuchado, pero solo es un movimiento al azar. Silvia cae en un semisueño inquieto.

Bruno llega cansado, abre el refrigerador, destapa una cerveza helada y se sienta en la ventana. Mira la luna que ya pronto desaparecerá entre los edificios. Apaga la lámpara y se queda con la luz de la luna bañándole el cuerpo, respira profundo y mira hacia el horizonte. Él a veces le pide deseos a la luna, antes de ir a dormir.

La misma luz que baña la cara y los sueños de Bruno aún despierto, se encarga de iluminar la vigilia inquieta de Silvia quien apenas abre los ojos, cruza los brazos sobre la cabeza, juega con los dedos de los pies entre las sábanas arrugadas y  resistiéndose a los rayos del sol que comienzan aparecer tras las montañas, deja que su cuerpo baile enredando piernas, almohadas, sabanas y sueños.

El día siguiente comienza con la bulla de los miles de habitantes de la ciudad, los días transcurren uno tras otro y si pudiéramos adelantar los hechos observaríamos que la rutina se apodera de la ciudad una y otra y otra vez. Silvia se toma una taza de café en la ventana, Bruno sale con su bicicleta, Silvia llega con bolsas del supermercado a su casa, Bruno ensaya con su guitarra, Silvia trabaja en el computador, Bruno se ducha cantando, Silvia riega las plantas, así una y otra vez en un monótono, rítmico  y caluroso verano… y cuando cae la noche y sale la luna, se produce el silencio, un respiro profundo, el hielo en el agua tintineando con notas alegres y agudas. Tanto Bruno como Silvia descansan el día sobre sus camas bañados de luz azulina; Bruno tararea, Silvia sueña.

El teléfono suena temprano y luego de hablar, Bruno se levanta rápidamente y se dirige a la ducha: esta vez no hay tiempo para poner música y está demasiado dormido para tararear. Silvia como siempre toma un café en la ventana. Al terminar se dirige a la ducha. Bruno sale a medio vestir y pone la cafetera. Corre de un lado para otro, toma un café a la rápida, mientras decide si salir en bicicleta o no. Finalmente decide salir sin la bicicleta y antes de salir busca sus documentos para ponerlos en su mochila. Silvia sale lista desde el baño, toma la cartera preparada con anticipación que esta colgada en la silla. Bruno cierra la mochila y sale.

En el pasillo la puerta del ascensor esta a punto de cerrar, Silvia corre para alcanzarlo. La puerta golpea suavemente su brazo y automáticamente se detiene. Bruno aprieta tardíamente el botón de abrir las puertas y acto seguido aprieta el de cerrar las puertas, las que se cierran más lentamente de lo que él quisiera. Y así es como Silvia y Bruno, por primera vez,  habitan un mismo momento y lugar.

El ascensor baja lentamente desde el piso diez al nueve, Silvia de reojo ve la carpeta que Bruno lleva en su mano, en la portada reconoce la foto del departamento de enfrente, la del músico y la ciudad nocturna. Ella aún se pregunta si será un afiche famoso o una foto de su vecino. Trata de mirarlo para ver si lo reconoce, su mirada sube tímidamente desde el brazo con la carpeta y busca su cara. El ascensor ya va en el piso siete. Bruno se siente observado y responde la mirada. Sus ojos se encuentran y todo se detiene. Pero no es solo la sensación, el ascensor ya no avanza, no baja ni sube, simplemente no funciona. La luz se ha ido y queda solo una leve lucecita de emergencia. Ambos tienen en la retina la imagen del otro. Silvia torpemente se concentra en conseguir saber si el rostro del hombre que tiene en frente es o no el del afiche; siempre ha hecho lo mismo, concentrarse en detalles para no ponerse nerviosa cuando algo diferente sucede. Bruno, también torpemente, intenta ver la hora en su reloj; no quiere llegar tarde a su entrevista. Su reloj es herencia de su abuelo, no tiene luz por lo que solo queda el gesto reflejo sin información. Silvia saca su teléfono celular y solo consigue ver la hora ya que no tiene señal para llamar, ni recibir llamadas.

– ¿Qué hora es? -pregunta Bruno

– Diez para las nueve.

– Ah…

– ¿Dónde está el botón de emergencia?

– Eh… aquí. Ya está.

Bruno aprieta el botón de emergencia y suena un timbre de alarma, pero no suena como un timbre alarmante, y, claro, tampoco era necesario que sonara como un carro de bomberos pero Silvia se queda pensando si alguien más lo habrá escuchado, si servirá de algo o quedará para siempre allí encerrada. Silvia se concentra en el contenido de su cartera: cuaderno de anotaciones, la agenda, varios lápices, un plumón de pizarra. A Bruno el timbre le ha hecho recordar su bicicleta y piensa en el maldito momento en que creyó que llegaría antes si se iba en metro. Nunca más dejaría su bicicleta de lado, estaba decidido. Silvia sigue inmersa en su cartera: el estuche de maquillaje, un pañuelo, el programa del municipal, millones de boletas que ya debería haber sacado hace meses… Bruno se pregunta si tendrá señal su celular, tal vez pueda hacer la entrevista por teléfono o al menos disculparse… el libro de cuentos para leer en el metro, el cargador de pilas que se trajo ayer de la oficina, dos encendedores que ya no funcionan… Bruno saca su celular del bolso. Se dirige a Silvia pero no logra verla

-¿Tú tienes señal?

-No, no tengo.

-Yo tampoco.

Bruno comienza a inquietarse y tamborilea con los dedos en la pared metálica del ascensor, Silvia retoma el listado: la billetera, el monedero, las llaves, la crema para manos… se detiene;  la melodía metálica de sus dedos, se le ha metido en la cabeza… la reconoce.

-Esa… esa… ¿Qué canción es?

-¿Ah?

-La canción que estás tocando ¿cuál es?

-Ah, no, no la conoces.

-¿Cómo sabes? –Bruno reconoce un tono femenino… ¿Desafiante? Admite que le gustaría poder ver su cara.

-Porque es mía y la acabamos de grabar, no la puedes haber escuchado –Silvia reconoce un tono tajante.

-Esa melodía…estoy segura que ya la he escuchado… a veces…en la noche.

Bruno escucha como Silvia se apoya en la pared del ascensor. El movimiento de su cuerpo ha despertado aún más curiosidad. La imagen ya difusa de Silvia en su retina da paso a su perfume en el espacio encerrado, Bruno intenta dilucidar que sentimiento es más fuerte: si el orgullo por la melodía reconocida, ese saborcito a triunfo, o el quiebre de toda posibilidad de sentirse en intimidad, en su propio departamento.

El autor:

Soy Actriz, Titiritera, Dramaturga y Cronista. Ahora vivo en Valparaíso. Aprendí a escuchar historias por mi padre y a escribirlas por mi madre. Me apasionan las historias reales contadas por personas que comparten un pedacito de sus vidas.

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