El primer libro que no leí

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Tras ingresar al aula, nos informaron que desde aquel día y por dos semanas daríamos lectura a nuestro primer libro. Previa instrucción de la metodología, a cada uno se le asignó una novela adecuada y diferente, y tan pronto como se repartió la última, la Madame ordenó comenzar.

Vivía junto a mis padres y abuelos en una casa que contaba con una biblioteca respetable, fruto de una recolección de medio siglo. Los lomos de nuestros libros, como los del colegio, anunciaban títulos tan confusos como herméticos: “Viaje al final de la noche”, “Sandokan, el tigre de la Malasia” y “La rebelión de las masas”. No importaba cuan grande era la letra o formidables sus dibujos, para mi los libros eran objetos estériles, acopiadores de polvo y guarida de arañas. Pese a todo, aquella clase comenzaba para nosotros como otro juego más: vociferando lo muy genial que eran nuestros personajes, yendo al basurero por minúsculos envoltorios, y al perchero, por objetos impertinentes. Al cabo de unos minutos las didácticas indicaciones de la Madame se convirtieron en secos golpes de pizarra.

En casa, prefería la compañía de mi abuelo que la de mis juguetes favoritos. A su lado hacía tareas y dibujaba, mientras él se extraviaba en los folletines de su infancia. Y era, para mí, suficiente atención suya verlo dar ocasionales señales de conciencia, con exclamaciones de sorpresa o hilaridad. Curiosamente, esas tardes de libros me devolvían abrigo y una perdida noción de lo imperecedero. Fue la época en que recibiría un libro ilustrado llamado “El divorcio”, en que descubrí la posibilidad de comerme la uñas; el tiempo en que se comienza a temer a la oscuridad y las pesadillas realmente tienen algún significado.

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La mañana siguiente se desarrolló en la vereda opuesta de la desconcentración; entre murmujeos y conteniendo la risa provocada por cualquier ruido en un silencio forzado. Cuando la Madame impuso orden, sentimos como nuestro compañero más lerdo golpeó su pupitre con la cabeza. Al declarar que se había quedado dormido, no pudimos sino repasar el hecho por el resto de la clase. En el recreo, ese mismo compañero contó que había escuchado de su padre que aquel ramo tenía por objeto probar nuestra inteligencia, y que los tontos serían expulsados.

Informado el Director del ambiente imperante, decidió reforzar la presencia de autoridad con el Monsieur que mejor tiraba las patillas de todo el colegio. Las vistas cayeron progresivamente a medida que cruzó la sala, y ni siquiera el lastimero rechino que produjo el último pupitre en que se sentó, pudo arrancarnos una sonrisa.

Confrontado a mi texto, no era capaz de recordar lo leído desde la última interrupción, y mientras recurría infructuosamente a páginas anteriores para encontrar el nombre de quién llevaba el diálogo o la situación que lo convocaba, no podía imaginar mayor tiranía que meter a alguien en un mundo ajeno contra voluntad.

Durante el resto de la semana, solo se oyeron toses secas, suspiros lastimeros y la pluma de la Madame documentando impresiones en una libreta. Para el Lunes el rumor dominante fue el producido por el lije del pasar de hojas. Mis cómplices de siempre habían abandonado la noble lucha contra el tedio, reemplazándola por un incesante pendular de ojos. La Madame recorría la sala acariciando las cabezas de algunos y golpeteándonos los libros al resto, mientras el Monsieur que mejor tiraba las patillas de todo el colegio, sentado a nuestras espaldas, batallaba contra el sueño.

Esa noche tras una reunión de apoderados, mi madre me habló de lo muy cansada que la tenía escuchar malas cosas de su hijo, que sin educación se era nadie y que la vida era difícil. De pronto, se detuvo -más bien, se contuvo-, restregó su frente por varios segundos y solo volvió a sacar el habla para hacerme prometer que daría mi mejor esfuerzo. Esa misma madrugada, me despertarían las caricias de mi padre y pese al sopor, lograría verlo salir de mi pieza en su fino terno gris.

El curso se había dividido entre aquellos que se lamían el índice a ritmo sostenido y los rezagados que batían una pierna compulsivamente. Excepto yo. Inerte. Avocado en proyectar vívidas fantasías sobre esa novela que solo me era útil a modo de telón. Mi evidente retraso y la promesa a mi madre pronto me hicieron tramar un plan inocente que básicamente consistió en mojarme el dedo, correr hojas y batir la pierna. Mi primer fraude. Lo que comenzaba como una idea desesperada a poco andar se convirtió en un plan maestro. Avanzaba de cinco hojas a la vez, cuando concurrían los ronquidos del Monsieur y las anotaciones de la Madame. En un par de mañanas alcancé al pelotón y recibí mi primera caricia, y pese a que ello me abrió el apetito de vencer a los aventajados, me frenó saber que mi lugar estaba con aquellos que entornaban los ojos y les sudaban las sienes, de haber hecho el intento.

El día final entregué mi libro en medio de la masa, pues había temido sobre el éxito de mi timo. La Madame pidió que nos reclináramos sobre los pupitres mientras nuestro compañero más lerdo terminaba su última página. No la última, sino aquella en que se había estancado. El pobre asentía pretendiendo entender lo que hace solo instantes le era enigmático. Bastó que diera dos resuellos consecutivos para que la Madame terminara con su tortura. De vuelta a su pupitre con el pelo revuelto y la expresión aturdida, nos contempló a todos, consciente que en el recreo nuestras miradas solidarias se tornarían en mofa.

Entonces, y antes de que nuestras expresiones alcanzaran a cambiar, la Madame volvió de su escritorio sosteniendo media resma de hojas. Mientras las repartía, nos solicitó que la llenáramos con las motivaciones del personaje que hubiese capturado nuestra atención. Aún lo recuerdo, me arrebató la impotencia de mi plan marchito. Escribí en tercera persona sobre como me sentía y lo que anhelaba, sobre mis sueños y temores; sobre la soledad, sobre mi fragilidad. En media plana saqué a flote toda esa carga que llevaba sobre mis hombros, y que por mi edad no era capaz de descifrar.

Me calificaron con nota siete, pues curiosamente mi relato calzaba con las tribulaciones del protagonista de mi novela. No obstante, ello me valió largas sesiones con el psicólogo del colegio, pues mi identificación coincidía con la etapa en que el autor nos mostraba lo muy equivocado que estaba su personaje.


 

 

 

 

 

El autor:

Zurdo/Capricornio/34/Abogado.

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