8.8 El confort inútil y asustado

Crónicas

Una crónica del terremoto en Chile

A las 3:34 de la mañana del sábado 27 de febrero de 2010 yo estaba sentado en un sillón del living de mi abuela, en Valdivia. Afuera corría viento pero dentro de la casa se estaba bien: la estufa a leña llevaba encendida desde la tarde. A veces yo me sentaba frente al vidrio ahumado a contemplar el movimiento de las llamas y a escuchar los chirridos que hacía la madera al partirse en pedazos. Podía entonces perderme en alguna ensoñación idiota, con el sonido de fondo de los maullidos de los gatos que se peleaban sobre los techos de lata de la casa. Pero a esa hora estaba ocupado en otra cosa: mi mano derecha empuñaba mi pene y lo sacudía con frenesí. La televisión ponía una película porno —softcore— en la que la joven y hermosa esposa de un aburrido diplomático sueco destinado en Barcelona conoce a una adolescente exótica que la erotiza (la esposa también era aburrida) y la guía por la ciudad Condal a punta de todo tipo de excesos. (A punta de todo tipo de puntas, dirá algún gracioso.) Era —recuerdo, o pienso ahora— una masturbación acuciada por el aburrimiento y la oportunidad, como solían —suelen— serlo la mayoría de mis masturbaciones. La imagen se me viene ahora con toda la fuerza de su patetismo: me veo sentado en ese sillón de un solo cuerpo, las piernas peludas pero blancuzcas, pálidas, semi abiertas, el pantalón de buzo a la altura de las rodillas, la polera y el polerón arremangados, apenas cubriéndome el ombligo, mientras un trozo de papel confort reposa en el apoyabrazos del sillón haciendo las veces de delator, testigo y evidencia. No recuerdo haber estado cerca del clímax cuando sucedió. Me imagino que no, que no lo estaba; me parece que la interrupción no fue frustrante. Pero tampoco acababa de comenzar la faena, porque la erección tardó en desvanecerse —eso sí lo recuerdo— y yo en principio no supe qué hacer, si seguir o si parar. Así que ahora que lo pienso mejor, supongo que estaba más cerca de lo que la evocación me dice de correrme.

 

*

Ese viernes amaneció respirable. Por lo general Valdivia huele a pasto húmedo y a humo y ceniza. (Llueve mucho.) A veces el olor es tan intenso que uno cree que lo percibe no sólo con la nariz sino que también a través de los ojos. Estos lloran, entonces, o a punto están de hacerlo, cuando se enfrentan con esa pátina azulosa casi tan densa como la niebla que se apodera de las calles angostas de la ciudad. Pero esa mañana Valdivia amaneció inodora. Llena de ruidos que no parecían dejarle huella. Como el paisaje de una película que vemos pero no nos es posible sentir. Me levanté y caminé hasta la entrada de la casa, enclavada al final de un pasaje que nacía de la calle Bulnes, casi al llegar a González Bustamante. Subí las persianas y miré el pasaje, vacío de humo, y luego la calle, también transparente, a excepción de la fumarola negra que exudaba la chimenea de una de las casas del frente. Un cielo azul, que no era lapislázuli, más bien celeste Dumbo (¿o era Dumbo gris?, ya no recuerdo bien al animal), se alzaba sin nubes sobre el verde furioso de los árboles y el rojo sangre diluida en agua, amarillo ocre y café mierda de las casas, esa amalgama de colores roídos y gastados por la lluvia, la pintura barata y el paso del tiempo que es —para mí, para todos— Valdivia.

Algo raro estaba ocurriendo.

 

*

 

Lo que pasó entonces no es confuso. La ordenación de los acontecimientos está clara en mi mente. Así he venido contando la historia —a unos pocos elegidos— desde el día mismo en que sucedió. Y pretendo seguir contándola sin que medien cambios en ella. Hay quienes no me creen, o dicen que altero el orden de los sucesos. Hay quienes aseguran que es imposible que haya pasado todo como yo lo cuento. Me da lo mismo lo que piensen o lo que digan. Me da lo mismo si me creen o si no lo hacen. Sé que sucedió como digo que sucedió porque no podría haber sido de otra manera. Y si escribo esta historia no es para hacerla más verosímil; tampoco para compartirla ni para que la gente me crea (es muy difícil dudar de las letras negras en cualquier superficie blanca). La escribo porque ya me cansé de contarla. Para exorcizarla de mis recuerdos y así dejarla para siempre encerrada en un archivo, a la distancia de un doble click.

 

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No había llovido en más de siete días, cosa extraña pero no del todo infrecuente en Valdivia, en verano, y yo me encontraba pensando en esta circunstancia según veía la calle Bulnes e intentaba infructuosamente oler el cielo aquella mañana. El vecino alcohólico que había enviudado recientemente sacaba en una dolorosa marcha atrás su Buick celeste: los pensamientos de mi abuela pasaron a mejor vida. (Me refiero, por supuesto, a las plantas que llevan ese nombre. Mi abuela —la pobre— nunca fue muy dada a pensar.) Un camión de reparto de leña estaba en la esquina, descargando troncos húmedos en la casa de la señora Clote, una vieja tía mía a la que habíamos dejado de frecuentar e incluso saludar cuando a su marido lo despidieron del banco y temimos que su pobreza fuera a mancharnos la reputación. A lo mejor habrá un terremoto esta madrugada, pensé mientras veía estas cosas y no conseguía oler nada, presa de uno de esos momentos proféticos que suelen acometerme cada veinte o veinticinco años. Luego procedí a olvidar este pensamiento, a olvidarlo por completo, a desterrarlo de mi mente de manera que no volviera a ella sino hasta ahora, lunes doce de diciembre del año siguiente, momento en el que pienso en él como si se me hubiera ocurrido hace tan solo un instante y mi pluma no hubiera podido hacer otra cosa que escribirlo.

 

*

Mi mano sacudía mi pene, esto ya lo hemos dicho. La tele ponía una película porno; esto también. Creo —aunque puedo estar inventando un recuerdo, aquí— que en ese momento la adolescente exótica se dejaba follar por un torero mientras se la chupaba al mesero del local en el que se encontraban. La aburrida esposa del aburrido cónsul observaba todo oculta tras una cortina, tocándose las tetas y la entrepierna por encima del vestido largo —de fiesta— color vino que llevaba puesto. La escena sugería que quien se follaba a la adolescente —el torero, como ya hemos señalado— lo hacía por el culo. Pero por supuesto que la cinta no mostraba nada de esto. Tan solo había habido un amague de sacar algo de una parte para meterlo en otra, así como un par de miradas cómplices, una de las cuales traslucía luego un dolor placentero (o el placer del dolor). De hecho, durante toda la película —lo que alcancé a ver de ella, por lo menos— apenas si uno era capaz de imaginarse las vaginas a partir de breves flashes de vello púbico. (Ahora que escribo esto pienso en la presencia o ausencia de vello como símbolo del carácter de la pornografía: cuando se muestra más, mejor que haya menos; cuando menos, más. Me pregunto si a alguien se le habrá ocurrido esta ley, que me imagino no escrita, o si ésta habrá ido asentándose paulatinamente en la industria, casi por casualidad. Me pregunto si hay un ascenso o descenso de las actrices porno; si el afeitarse el pelo de la vagina significa que han escalado un peldaño —monetario, de status, no lo sé—, mientras que dejárselo crecer —o no haber llegado nunca a hacerlo desaparecer— viene a confirmar que están mancilladas, o a mancillarlas, cual letra escarlata.) (Ahora pienso que la disminución del vello y su separación en las vertientes hard y softcore pueden explicarse a través de la historia de la pornografía: que tal vez analizándola diacrónicamente podemos entender no sólo la moda de los distintos tiempos, desnudada —nunca mejor dicho— en las formas y abundancias de pelos, sino que también esta derivación de estilos, a lo mejor reflejo de una época en la que se mostraba menos y se ocultaba más.) No me importaba tanto que no aparecieran los penes, aunque sí resultaba algo molesto a la hora de ver la representación de una mamada: no conseguía calentarme la imagen del trasero del mesero y el movimiento vertical y acompasado de la silueta de la adolescente exótica. Me daba por pensar —y supongo que no estaba equivocado— que no se estaba llevando nada a la boca, la muy guarra, y yo lo sentía, lo sentía profundamente, por el pobre tipo. Se me venía a la cabeza una analogía lerda y no del todo feliz: una novia que tuve que no sabía mamarla. Suponía que compartíamos, con el actor, frustraciones similares.

Lo que pasó entonces —que, como ya dije, no fue entonces ni es ahora confuso— fue lo siguiente: se cortó la luz.

 

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Salí a comprar pan. A cuatro cuadras de la casa de mi abuela hay un Líder que pronto, cuando la venta se consolide, pasará a llamarse Wal-Mart, pero que antes fue un hospital de no más de tres pisos, pintado de amarillo y donado por John Fitzgerald Kennedy a la ciudad (y sus habitantes) después del terremoto de 1960 que destruyó el sur de Chile. El nombre del hospital —los chilenos somos así de ocurrentes— era John F. Kennedy. (El Jota Efe Ca, le decíamos, en otro de nuestros arranques.) Recuerdo cuando lo demolieron. Yo suelo visitar Valdivia cada verano, y durante tres o cuatro no había allí más que escombros, habitados por gran cantidad de gatos y ratones, en los que podía leerse aún un tenue color amarillo en una pintura ya completamente descascarada. Además de visitar Valdivia cada verano, salgo a correr por Valdivia cada verano. La ruta que acostumbro emplear bordea el hospital (perdón, bordea el Líder) (perdón, bordea el Wal-Mart). Así que tengo todavía patente la sensación que me embargó cuando no vi más los restos, cuando adiviné lo que se erigiría en ese hoyo. Por alguna extraña razón me deprimí la primera vez que entré al supermercado. Añoraba algo que estaba a medio camino de la visión de ese hospital sesentero y la de sus escombros. Era algo a qué asirse, curiosamente.

En esas cosas pensaba mientras caminaba las cuatro cuadras que me separaban del pan: en que la ciudad que yo había conocido estaba destinada a desaparecer del todo, estaba desapareciendo ya (entre desastres naturales acuciados por el hecho de vivir en el culo del mundo y desastres inmobiliarios acuciados por el hecho de vivir en el culo del mundo y que este se hubiera vendido al mercado); en eso y en que los chilenos somos muy ocurrentes.

Me crucé con dos vecinos y los saludé con gran afectación. Vengo saludándolos así los últimos veinte años de mi vida, pero nunca he sabido sus nombres ni he cruzado más de veinte palabras con ellos. Recordé que en La carretera no hay saludos afectados ni tampoco vecinos. Ese viernes los hubo por montones, a ambos.

 

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Se cortó la luz y yo pensé que se trataba de algo generalizado. A veces ciertos cortes de luz dan esa impresión, me imagino que porque traen consigo un silencio profundo que viene a descartar la presencia de televisores encendidos a la distancia. Giré mi cuello y lo comprobé: las luces del alumbrado público no alumbraban, y las del vecino —aunque esto podía deberse a la hora— tampoco. Me sentía confundido y por lo tanto me quedé paralizado, como si hubiera querido incluso dejar de respirar para poder concentrarme en la situación. Curiosamente, mi mano seguía moviéndose, ajena a la oscuridad y a mis pensamientos. Mis ojos no veían nada. Escuché a un perro o a dos aullar a lo lejos. La casa permanecía en silencio. Mi novia y mi abuela dormían en sus respectivas habitaciones. Empecé a distinguir el contorno del pedazo de papel confort. Adiviné la silueta de mi pene. Aunque no le llegaban ya estímulos de ningún tipo, seguía duro y de la punta del glande se asomaba una gota que por alguna razón vi brillar. Entonces pensé en lo que estaba haciendo, en ese movimiento mecánico de mi mano, que no había disminuido su velocidad crucero. ¿Debía parar, dado lo ridícula de la situación? ¿Debía seguir y terminar lo que había empezado?

En eso se puso a temblar.

 

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En el supermercado no pasó nada que revista algún interés literario y tampoco pensé yo nada que pueda hacerme quedar bien ante un lector potencial.

 

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Apenas si se trató de un vaivén que hizo crujir a las vigas del techo y las maderas de las paredes, y sonar a la lámpara de lágrimas del comedor. Un remezón gutural pero insignificante. Como si la tierra se hubiera pedado. Le siguió a ese pedo un silencio incómodo (suele suceder). Ni siquiera se escuchaba —cosa rara— a los gatos pelear. Yo me quedé como estaba, petrificado, sentado en el sillón, con el pene ahora sí abandonado a su suerte, esperando a ver qué sucedía, si es que algo iba a suceder.

En un principio nada aconteció.

(Siempre he querido usar esa frase.)

El silencio, que no parecía intensificarse, tan solo sostenerse en el tiempo, nos envolvía a mí y a la casa como si de una burbuja se tratase. No recuerdo si era capaz de escuchar mi propia respiración pero me atrevería a afirmar que sí, ya que sentía la respiración de la casa, esos murmullos estructurales, fantasmagóricos, que nadie sabe a ciencia cierta qué los motiva. (Probablemente más de alguien sabe. Yo mismo o el lector, si nos ponemos a pensar en ello. Pero no lo haremos; tenemos cosas más importantes en las que ocuparnos.) Un atisbo de pensamiento cruzó mi mente, mas no llegó a concretarse. Un segundo temblor lo interrumpió, más fuerte que el primero; un segundo temblor que ya no paró y que yo pensé que acabaría con mi vida.

 

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No recuerdo qué pasó durante el resto del día. Hay un vacío en mi memoria hasta el momento en el que me encuentro haciéndome cariño a mí mismo, protagonizando la masturbación más memorable de mi vida. Ahora sé que mientras tanto, mientras mi pene crecía y crecía como si no hubiera un mañana, el astronauta japónes Soichi Noguchi me observaba desde la Estación Espacial Internacional. Y yo ni me enteraba.

 

*

 

Ok, eso último que dije, que debido a la fuerza del segundo temblor temí por mi vida, es una exageración. Me pareció necesaria y pertinente para efectos narrativos. Lo que no desmerece que el temblor —que empezaba a devenir terremoto, digamos las cosas por su nombre— haya sido fuerte. Lo más fuerte que yo he sentido en todos los largos años que he vivido, en los que he estado sometido a más de un movimiento telúrico. Pero me doy cuenta de que eso significa más bien poco. Añadiré, pues, un intento de prueba, un hecho irrefutable: mi alrededor estaba borroso.

Mi pene seguía fuera de su envase, ahora pequeño e infantil. Me puse de pie trastabillando, como reza el lugar común de los terremotos, guardándolo como me fue posible, guardando de paso el confort, arrugado pero sin usar, en un bolsillo del pantalón de buzo. El movimiento se hizo en ese momento algo más intenso. Recuerdo que casi tropiezo, que ahora las lágrimas chocaban entre sí con escándalo, que se escuchaba de fondo el ruido de mil cerámicas cayendo de una pared y haciéndose pedazos contra el suelo. Busqué la puerta que daba a mi pieza y descubrí una cosa que me puso los pelos de punta: no era capaz de distinguir la puerta. Todo mi horizonte se encontraba emborronado por las sacudidas que azotaban la casa. Pensé en alguna lejana pero no olvidada experiencia con drogas alucinógenas.

Al alcanzar lo que sólo era capaz de inferir que era la puerta —el descubrimiento, o la comprobación, llegarían más tarde, al encontrar el picaporte, al tocarlo más bien—, escuché los gritos de mi abuela y de mi novia llamándome. Después escuché los gritos de mi abuela y mi novia llamándose entre sí. Luego grité yo los nombres de ambas. Me pareció lo correcto.

Entré en mi pieza y abrí la cama y desordené las sábanas como mejor pude (me caí en el intento), para que pareciera que había dormido allí. Un par de caballos de plata, pesados, que funcionaban como sujetalibros en mis estantes de libros, se encontraban donde se habrían encontrado mis rodillas. Me di cuenta de que cada vez que jugara al fútbol tendría que agradecerle mi suerte a la pornografía.

Abrí la puerta de la pieza de mi novia y la encontré sentada en la cama. No había prendido todavía la luz, así que yo lo hice. La luz rebotó contra las partículas de polvo que se habían levantado a lo largo de toda la casa. Mi abuela no tardó en llegar. Las vi a ambas en la cama (yo me quedé de pie en el umbral de la puerta). Ellas me miraron de vuelta y no parecían sorprendidas de que tuviera la cara enrojecida ni las manos sudadas. Yo me sentía culpable de algo. La tierra temblaba.

Mi abuela se hizo un ovillo y empezó a balancearse de adelante hacia atrás, como hacen algunos niños cuando están asustados. Ella lo estaba y yo sabía por qué: recordaba el terremoto del sesenta. (Más tarde habría más razones para recordarlo: sabríamos que el epicentro había sido en Concepción, y recordaríamos que la noche anterior al terremoto de hace cincuenta años, que sobrepasaría los nueve grados en la escala Richter, hubo otro, también en Concepción y a la misma hora: a las tres y media de la mañana. Por si fuera poco, cincuenta años después, apenas si habría réplicas durante la noche, al igual que en 1960. De ahí el pavor de mi abuela, y de ahí el de todos a la mañana siguiente, convencidos como estábamos de que lo peor todavía no había llegado.) Traté de consolarla acariciando su espalda, pero luego de un rato paré. Me sentí ridículo. Metí las manos en los bolsillos y sentí el confort arrugado entre mis dedos. Pensé en mi abuela. ¿Qué podía hacer yo por ella? Nada. ¿Qué puede hacer uno por nadie? Nada. Estaba sola con sus recuerdos, con su dolor. Yo sólo era capaz de decirle que estaba allí para ella, abrazarla, seguir acariciando su espalda. Consuelos torpes, que a punta de repetir creemos que valen algo. Pero no valen nada, y yo me di cuenta de eso ahí. Sentí asco de mí mismo, de lo inútil que podía llegar a ser, y dejé a mis dos mujeres atrás, sentadas en la cama.

Mi abuela murió diez meses después, esperando una llamada mía que nunca llegó. A mi novia le pedí matrimonio en octubre de ese año. Confeccionamos una lista en sucio de los invitados, elegimos un local para la fiesta y contratamos a una banquetera. Rompí el compromiso en diciembre. No he vuelto a verla. No he vuelto a Chile. No me ha vuelto a temblar el piso. 

 

Imagen: lastres14.com

El autor:

Autor de dos novelas desconocidas: Antología del cuento nuevo chileno (Forja, 2009), que nadie leyó, y El hombre sin acción (Forja, 2011), que probablemente nadie leerá. Ganador de premios inútiles, traductor de traducciones anónimas, crítico de críticas estériles.

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