Por partida doble

Historias de Lectura

Después de recibir una cachetada, Matías quiso hacerse el cool leyendo. ¿Le habrá resultado?

Yo aprendí a leer no una, sino dos veces en mi vida. Aprendí a juntar las palabras para superar la humillación a los 6 años y reaprendí después, a los 12, cuando me confesé a mí mismo de que era mejor leer libros en la biblioteca que hacer la pantomima de ser un buen arquero de fútbol.

El año que aprendí a leer la compañera de curso más bonita, matea y mañosa de nuestro primero básico me pegó una sonora cachetada cuando, jugando, me subí a una silla en la sala, un amigo me empujó y me caí encima de ella. Se puso roja de furia (todo lo enojada que puede volverse una niña de 6 años), no alcanzó a oír mis razonables explicaciones y plaf!, me abofeteó sin miramientos la mejilla derecha. Me volteó toda la cara.

Ilustración de Pablo Fuerte - http://www.flickr.com/people/pofuerte/

Ha sido la única cachetada que me han pegado en la vida.

La profesora de Básica estaba boquiabierta; no lo podía creer. Yo lo creía porque me dolía. Me dolía el pómulo, me dolía la humillación enfrente de mis compañeros de curso, me dolía la injusticia de ser castigado por los errores de otros. Aunque la retaron, el objeto de copuchas y burlas fui yo.

Por eso me inicié en la lectura. Para demostrarle a esa compañera -Camila se llamaba- que más allá de ser uno de los payasos de la clase podía aplicarme con alguna materia. En esos tiernos años leer bien era cool. Entonces practicaba con el mítico Silabario los círculos de las o y las olitas de las a, aunque también intuyendo lo que decían las sencillas oraciones de las historietas de Condorito o de Barrabases.

Meses después aprendí a leer de forma más fluida, pero no me alcanzó para dedicarle una poesía a la niña engreída para que me perdonara, ni para leerle una etiqueta de un perfume. Sólo me alcanzaba para deletrear las etiquetas de las calles cuando volvía del colegio en la micro con mi mamá. Cuando ella nos pasaba a buscar al colegio, después de su trabajo en el centro, nos íbamos en el recorrido 239 ó 341 hacia la casa.

Reaprendí a leer en quinto básico, cuando pasé de un colegio mixto a uno de puros hombres y en donde todos mis talentos parlanchines y artísticos se encontraron con la muralla de que era malo para la pelota. Así que de castigo y para no caer en el ostracismo, me refugié en la biblioteca.

Cuando salía del colegio, iba en la micro camino a casa practicando mi lectura, leía los nombres de todas las calles porque me ponía ansioso que nos pasáramos de paradero.  Mi madre hacía sonar el timbre de la micro mientras yo sonreía al leer finalmente el nombre de la calle donde vivía: Ronda. Entonces, me olvidaba de la vergonzosa cachetada de Camila y me acordaba de la carbonada tibia que nos esperaba al llegar a casa.

 

El autor:

Matías Montenegro. Leo un poco y escribo menos que poco. Antes quería ser profesor de castellano, estudié psicología y hoy intento colaborar con que construyamos un país más justo. Se supone que soy el computín de Terminal.

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