Partir por el final

Historias de Lectura

¿Tiene algo que ver Natalia o la Caperucita Roja con que Nicolás León ya no lea?

No me acuerdo del primer libro que leí, pero sí me acuerdo de la primera niña de la que me enamoré, que era la Natalia, y de la Natalia me enamoré cuando estábamos ella y yo en tercero básico. Así que podemos concluir que mi primer libro lo leí antes de empezar el tercero básico.

ilustracion – Alen Lauzan. alen-lauzan.blogspot.com

Me acuerdo, eso sí, de haber ganado una edición de la Caperucita Roja cuando era bien chico. Entró a la sala de clases una persona que no conocíamos y nos hizo una adivinanza cuya respuesta era, a todas luces, el viento. Yo dije “el viento” y la persona respondió que yo estaba en lo cierto y que podía pasar a la biblioteca del colegio a buscar mi premio. Mi premio era, creo haberlo dicho, la Caperucita Roja en una edición ilustrada (¡qué tipo afortunado!). Sin embargo, los dibujos eran horribles y la versión de los acontecimientos, sospechosa (el Lobo terminaba siendo amigo de la Caperucita, un dramático error de continuidad).

También recuerdo que cuando chico leía un montón. Quiero decir que la gente se asombraba de cuánto lee este niño y yo leía cada vez más rápido para asombrarlos todavía más. Por supuesto, privilegiaba la cantidad por sobre la calidad, pero basta que uno lea cientos de libros de manera completamente aleatoria para que se tope con uno o dos que son buenos y esos van a marcar tu vida y/o serán convertidos en película muchos años más tarde, como fue el caso de las Crónicas de Narnia. Y si de Natalia sólo guardo en mi memoria un borrador tan frágil que a veces me hace dudar de que alguna vez ella haya existido, como existen las bicicletas o los McDonald’s (ni siquiera en Facebook la encuentro, a la Natalia, porque en tercero básico uno no toma nota de los apellidos), las imágenes de la Travesía del Explorador del Amanecer, el tercer libro de las Crónicas de Narnia, permanecen intactas, latentes, límpidas y estoy seguro de que cuando vea la película me va a defraudar.

Mucho después vino el período de los Dolores de Cabeza que No Puedes Soportar, por ahí cuando tenía diecisiete. El único problema es que ahora nunca termino los libros. Sólo los comienzo y me demoro tanto en llegar a la página cien que pronto pierdo el interés y me pongo a hacer otra cosa. Y con esos dolores la rapidez de lectura que asombraba a muchos se convirtió en lentitud de lectura que no asombraba a nadie. Pero tal vez no fue tan malo que eso sucediera, porque a los diecisiete ya era suficientemente grande como para buscar más calidad que cantidad y además a esa edad no asombras a nadie aunque tragues fuego y tires bengalas. El único problema es que ahora nunca termino los libros. Sólo los comienzo y me demoro tanto en llegar a la página cien que pronto pierdo el interés y me pongo a hacer otra cosa (lavar la ropa, por ejemplo, es una actividad que toma mucho tiempo). A fin de cuentas, ¿por qué estos autores escriben tanto?, suelo preguntarme. ¿Acaso hay alguna verdad de la vida que pueda decirse en doscientas páginas y que no pueda comprimirse a cien de ellas? O quizás deba empezar a leer los libros por el final y hacia atrás, hasta llegar a la página donde el autor o la autora dice lo realmente interesante. Tantas preguntas.

El autor

Nicolás León. Ingeniero industrial, curacavicano o curacavinano, no entraremos aquí en la estéril discusión sobre cuál es el gentilicio apropiado, a ratos hipocondríaco, mal lector (muy a mi pesar), no fumo, sí tomo y bailo apretado, escribo cuentos, a veces, pero no escribiría si pudiera tocar blues.

Dejanos tu comentario

El contenido que lees en este sitio puede circular libremente, sólo basta que se cite, junto al link, así: © 2012 revistaterminal.cl